Resumen: En la fortaleza de los mortífagos hay un prisionero especial. Indescifrable y orgulloso. Valiente y testarudo. A uno de los mortífagos le supone todo un enigma. Y un reto.
Categorías: Harry Potter Personajes: Harry Potter, Draco Malfoy
Géneros: Romance, Tragedia
Advertencias: Violacion/Non-Con, Tortura
Desafíos: Ninguno
Series: Ninguno
Capítulos: 4
Completo: Sí
Palabras: 25706
Lecturas: 7180
Publicado: 16/06/06
Actualizado: 15/09/06
1. Capítulo primero por Magical Us
2. Capítulo segundo por Magical Us
3. Capítulo 3 por Magical Us
4. Epílogo por Magical Us
Capítulo primero por Magical Us
Esta historia no tiene nada que ver con Violín del Cielo, excepto que ha surgido de la imaginación de las mismas personas, Eire y Hojaverde. Por eso se sube aquí. Queremos avisar que es un poco fuerte.
De todas formas, esperamos que os guste. Se subirá en dos partes, creemos. Si no se alarga y cobra vida por su cuenta, como suele suceder.
Nada más... si os gusta, ya sabeis, a nosotras nos encanta recibir vuestros comentarios .
Un besito enorme a todo el mundo.
E&H
EL PRISIONERO
La fortaleza de Voldemort era un castillo imponente, lleno de corredores helados y enormes salones de piedra a duras penas caldeados por chimeneas tan grandes que dentro cabía un troll y por gruesas alfombras también de proporciones gigantescas.
El prisionero se preguntaba a menudo por qué no lo calentaban con magia si tan poderosos eran, o creían ser, todos sus habitantes. Supuso que era simplemente por dejadez. Por eso y porque desde que le habían cazado hacía ya más de un mes según sus cálculos, disponían de un esclavo, él por más señas, al que endosar la faena de encender y mantener el fuego en las doce chimeneas del castillo además de cargar con carbón cada mañana la inmensa caldera que alimentaba las decenas de estufas repartidas por los aposentos privados de los mortífagos. Calefacción muggle. Inaudito. Seguro que en vida de Voldemort aquel castillo se calentaba de otra forma, pero ahora… los sanguinarios secuaces de su doctrina que aun vivían allí, no estaban dispuestos a desperdiciar su precioso potencial mágico para menesteres tan prosaicos. Para eso, además de para unas mil cosas más, ya le tenían a él.
En su mayoría, eran una pandilla de pendencieros y bravucones que simplemente coexistían juntos desde que su Señor fue abatido por Potter. Se dedicaban al saqueo y al vandalismo, mortificando indiscriminadamente a magos y muggles y procurando dar enormes quebraderos de cabeza al escuadrón de aurores del Ministerio.
En honor a la verdad, no todos malgastaban su tiempo en guerrillas urbanas sin fundamento ni meta. Algunos todavía defendían los antiguos ideales mortífagos y pretendían hacer resurgir el movimiento, por lo que aspiraban denodadamente a entronizar a un nuevo líder que tuviera el suficiente carisma o les diera tanto miedo como para servirle ciegamente, al igual que habían hecho con Voldemort. Entre estos últimos se encontraba Draco Malfoy. Y entre los primeros, sus viejos amigos de colegio, Vincent Crabbe y Gregory Goyle.
El prisionero servía de diversión a esos dos descerebrados cada día cuando acudía al sótano para su ineludible cita matutina con el carbón y la caldera. Siempre a espaldas de Malfoy, su superior inmediato en el círculo de los “jóvenes”, y a espaldas también de los “adultos”, los mortífagos más veteranos, entre los que se contaban Malfoy padre y otros supervivientes de la guerra, como Alecto y Amycus, Dolohov y una decena más de representantes de aquella generación de leyenda. La juerga del sótano transcurría en la más estricta clandestinidad, pues a los jóvenes les estaba expresamente prohibido tocarle. El privilegio de usar al preso con fines… carnales, se reservaba, exclusivamente, a los mayores que apetecieran de él. Y el de disfrutarle como criado personal, era únicamente del hijo de Lucius, Draco, como distinción al heredero del más que probable nuevo Lord.
No en vano, el rehén era alguien de alcurnia.
Auror, arrogante como el que más y… asesino de Voldemort. El día en que cayó en manos de los mortífagos, víctima de una calculada y bien pagada traición, hubo tal algarabía en los fríos salones del castillo, que a muchos se les olvidaron los malos tiempos actuales y planificaron la venganza sobre su, hasta ahora peor dolor de cabeza, como un néctar dulce, que va cayendo gota a gota desde el panal y del que poder disfrutar larga y pausadamente. Así que, en lugar de matarle, le reservaron para pasar lo que le quedara de vida a su entero servicio.
Le empleaban como criado para todo, y todo significaba “todo”, como enseguida pudo comprobar en su propia carne. No se olvidaban de humillarle y golpearle cada vez que le tenían a tiro, lo cual venía a ser a todas horas. Le despojaron de su varita y de toda esperanza haciendo creer al mundo mágico que había muerto, abandonando estratégicamente una copia exacta de su cadáver en el mismo lugar donde le habían capturado. Copia conseguida gracias a unos cabellos que el traidor les había suministrado hacía tiempo y a la poción multijugos, un cadáver lo suficientemente reconocible como para saber de quién se trataba, pero tan maltratado que cuando sus compañeros le encontraron, estremecidos por el horror se limitaron a recoger el cuerpo y enterrarlo lo más rápido posible, acobardados tan sólo de imaginar los terribles tormentos que habría tenido que padecer antes de su muerte.
Así malvivía Harry Potter, el Elegido, sus últimos tiempos. Cautivo, doblegado y mordiendo el polvo.
Aparentemente.
Porque para irritación de los que más le odiaban y desconcierto del resto, el preso no daba la impresión de acusar las humillaciones y seguía pareciendo igual de inaccesible, digno y orgulloso que cuando se le capturó. Cumplía sus penosas obligaciones y resistía cada nueva vejación sin un gesto, sin una sola queja y cuando no guardaba un incomprensible silencio, era porque de su boca salían dardos envenenados, nunca ruegos o súplicas; y su mirada era tan desafiante y llena de serenidad, que las más de las veces resultaba turbado precisamente aquel que pretendía avergonzarle.
~*~
Aquella mañana, como todas desde que habían descubierto que Potter bajaba a las calderas siempre solo y a la misma hora, y haciendo caso omiso de la consigna expresa, Crabbe y Goyle le esperaban ya con una sonrisa lobuna en los labios y las braguetas semiabiertas. Y con toda la imprudencia del mundo como consejera.
- Llegas tarde, estúpido.
- ¿Preparado para tu chequeo médico, Potter?
Harry suspiró y se dirigió a la pila de carbón, sin mirarles siquiera. Vestía un pantalón vaquero roto por las rodillas y una camiseta gastada de indefinible color, que en algún tiempo fue azul. La túnica de auror había sido destrozada y quemada entre cánticos y grandes risotadas la misma noche de su captura. Aun a pesar de lo pringoso de su trabajo, se mantenía limpio gracias a un obligatorio baño diario, de agua fría por supuesto, dado que el delfín Malfoy no hubiera soportado en su alcoba a alguien mugriento o apestando a humo, por muy esclavo o muy Potter que fuera. Harry se enfrentó a los matones, a pesar de saber que no serviría de nada.
- Si alguien se entera de esto… se os va a caer el pelo.
- Me temo que a quien se le va a caer algo es a ti, gilipollas. Ahora mismo y sin ir más lejos, los pantalones.
Los bravucones se envalentonaban al estar juntos, y aun así, no soportaban mirar a Potter a los ojos. Una sola vez que Goyle le había encontrado estando solo, sin la compañía de Crabbe, se había limitado a balbucear incoherencias para terminar casi disculpándole por haber irrumpido en el salón mientras Harry trabajaba en la limpieza de una de las chimeneas. Pero la unión hace la fuerza, y donde uno se cortaba, el otro se crecía. Y como nadie parecía enterarse de lo que ocurría en el sótano y Potter no se iba a ir de la lengua, el miedo daba paso a la irreflexión y ésta a la osadía.
- Vamos, date la vuelta, no tenemos toda la mañana para joderte, héroe. – clavándole la varita en las costillas, Vincent estampó a Harry de bruces contra la caldera, todavía apagada y de un tirón le despojó de los tejanos – Te cedo el honor, Gregory…
- ¿Cuánto tiempo crees que van a tardar en saberlo, Crabbe? – jadeó Harry apretando los dientes mientras era penetrado sin ningún miramiento por Goyle – no sois más que unos niñatos jugando a verdugos. Os cagareis en cuanto descubran que habéis sido desobedientes.
- ¡Calla! – una embestida salvaje, producto más del miedo que de la excitación, hizo a Harry partirse de dolor y le obligó a morderse los labios.
- Date prisa, Greg. – pidió Vincent lanzando miradas temerosas hacia la puerta, repentinamente asustado por las palabras de Potter – Supongo que no habrás dicho nada, mestizo.
- Supón... lo que… quieras. – maldijo Harry trabajosamente, entre violentos empujones.
Goyle se corrió dentro de él, y sudoroso y sofocado se apartó enseguida, dando paso a su amigo.
- Tu turno, Vincent. No sé de qué te asustas, seguro que Malfoy se lo tira cada noche y nadie dice nada. Como es el consentido de los mayores…
- ¿Eso es cierto, Potter? ¿Malfoy te folla en la intimidad? ¿Eres su puta particular?
- Vete a la mierda, Crabbe. No tienes ni idea…
- Se lo folla, Vincent, te lo digo yo…
- Vigila, no me fío del mestizo. – Crabbe se lanzó hacia el cuerpo semidesnudo de Potter y con la urgencia que da el temor, lo invadió también, sin dejar de notar que un sudor frío que aumentaba por momentos, le resbalaba por el pecho impidiéndole gozar como había imaginado antes de que el bastardo abriera la boca.
A pesar de todo, tener a Potter desnudo y sometido era un placer tan diabólicamente perverso que no tardó en correrse y en unos pocos empellones se vació en su interior. No bien hubo terminado se apartó y se subió los pantalones, de nuevo irritado y con precipitación. Harry respiró hondo y empezó a vestirse en silencio. Dándose la vuelta mientras se abrochaba el botón del vaquero, les miró.
- ¿Habéis terminado? Tengo trabajo que hacer, calentar vuestros cubiles, por ejemplo.
Un derechazo impactó en su mandíbula. Un hilillo de sangre resbaló por la comisura de sus labios.
- ¡Vincent! No deberías haberlo hecho…
- Es insoportable. Acabamos de joderle y aun le quedan humos. – murmuró Crabbe cada vez más nervioso, frotándose el puño de espaldas a Harry – y así todos los días… ¿Cuándo se te van a pasar las ganas de fastidiar, capullo? – gritó girándose hacia él.
- Cuando os corten la polla a pedazos, ese día me voy a reír tanto que no creo que tenga necesidad de incordiaros más.
Goyle sujetó como pudo a Crabbe, que hubiera alimentado la caldera con Potter en lugar de con carbón ese día. Le apuntó con un dedo amenazante y escupiendo rabia y saliva, ladraba mientras era sacado a la fuerza del sótano.
- Te voy a matar, Potter, te voy a matar a polvos. ¡Te voy a follar hasta que revientes! No te vas a librar de mí ni un solo día de tu jodida vida. ¡¡Suplicarás!! Rogarás que te dé un respiro, implorarás clemencia, maldito fanfarrón. ¡¡ACUÉRDATE DE ESTO!!
Harry se quedó solo después de que Goyle consiguiera dominar algo a la fiera de Crabbe y llevárselo de allí, soltando maldiciones y escupitajos. Se apartó el largo flequillo de la frente y cogió la pala. El color negro del carbón era ya tan familiar para él como antes el escarlata. Y el olor acre que emanaba y que le inundaba las fosas nasales y la garganta, tan cotidiano como los aromas de las pociones o el de la hierba de los terrenos de Hogwarts.
Amparado por la soledad y ya libre de testigos, se permitió liberar el dolor que sentía. El dolor físico, intenso y punzante en la parte baja de su cuerpo y sordo en los múltiples hematomas y magulladuras que relataban su calvario en brazos, espalda y tórax, y el espiritual, más hondo y más difícil de soportar. La certeza de que nadie iba a ir a sacarle de aquel infierno. La infinita desesperanza, solo tolerable gracias a su inquebrantable coraje.
~*~
- ¿Dónde está Potter? – preguntó Bellatrix –¿Te ha preparado ya la cama y ha recogido tu ropa sucia?
- Acabo de verle limpiándole las botas a Dolohov. - contestó Draco con desgana.
- ¿Con la lengua?
Malfoy hijo dio un respingo.
- Tía…
Bellatrix soltó una carcajada y levantó la mirada del ejemplar de “El quisquilloso” que hojeaba indolentemente repantingada frente a la chimenea. Draco estaba a su lado, acariciando el plumaje de uno de los halcones reales de la fortaleza, posado con docilidad en el brazo de su sillón. Las poderosas notas de la melodía de un tal Wagner resonaban en el ambiente y Draco bostezaba aburrido, tirado de cualquier manera sobre un orejero de piel granate. La noche cerrada se asomaba por los enormes ventanales.
- No me niegues que no sería una escena memorable, Draco. Potter agachado lamiendo las botas de un mortífago. Esta pandilla de blandos le tratan demasiado bien en mi opinión. Es nuestro esclavo, no nuestro invitado.
- Bueno… agachado estaba. – miro a su tía de reojo – Y… a mi no me parece que le traten tan bien, Bella. De hecho… le golpean a diario y le…
Bellatrix miró inquisitiva a Draco.
- ¿Y le…?
- No sé… yo no sé nada. – Malfoy se revolvió en su butaca y volvió a bostezar – Creo que iré a dormir. Si no te importa, tía.
- Si Potter no ha cumplido sus obligaciones en tus aposentos, dímelo. No voy a consentir que se convierta en un perezoso, – se acercó a su oído y susurró, palmeándole el brazo – y tú… no seas blando, príncipe. No olvides nunca el daño que ha hecho a nuestra familia. Demuéstrale quien manda ahora.
- Sí, tía. – Malfoy guiño un ojo – Cada noche le doy veinte latigazos antes de acostarme, si no, no me puedo dormir.
Bellatrix rió otra vez.
- Sé que bromeas pero aunque lo hicieras, sería un insignificante castigo para lo que merece el bastardo. ¡Ahh…! – suspiró y estiró sus fuertes brazos por encima de su cabeza – Qué dulce es la venganza…
Draco se levantó y con una última caricia al halcón y un beso fugaz a su tía, se despidió hasta el día siguiente.
Mientras caminaba presuroso por los oscuros pasillos, iba pensando en Potter. Adivinaba la escena que le esperaba al llegar a su dormitorio de lujo, uno de los aposentos reservados a los que como él eran algo más que soldados de base en la pirámide mortífaga. La cama abierta, prometiéndole un apetecible descanso, el pijama doblado sobre la almohada. Las cortinas corridas, el fuego encendido. En una silla, pulcramente plegada, su túnica limpia preparada para el día siguiente. La lámpara de la mesilla luciendo acogedora y su libro al lado, dispuesto por si apetecía de un rato de lectura.
También conocía por repetidos, todos y cada uno de los pasos que daría antes de dormirse. De intentarlo, al menos.
Entraría y sin mirar a ningún sitio en particular, se dirigiría a la cama y se desnudaría en silencio. Tiraría la ropa usada al suelo y ésta desaparecería, recogida por una silenciosa presencia. Después del baño, en el lavabo anejo a su dormitorio, se pondría el pijama, se metería entre las frescas sábanas lavadas a mano en las enormes tinas del patio por su criado, y entonces, cogería su varita.
Desde la cama, flemático y un punto magnánimo se volvería hacia el rincón de su izquierda, en la pared contraria a la de la chimenea, junto al armario ropero. Daría las buenas noches, como su refinada educación le dictaba, al desdichado que las pasaría en el suelo, sin más cobertor que su propia ropa ni más colchón que la dura piedra, y lanzaría el hechizo que le haría escuchar el familiar sonido con el que empezaba su duermevela cada noche.
El de las cadenas cerrándose alrededor de las muñecas y tobillos de su ex compañero de colegio.
No esperaría una respuesta agradecida ni la obtendría. Solo el ruido de esas mismas cadenas al recostarse en el suelo aquel que las cargaba y un impuesto pero arrogante “Buenas noches, señor”. Con la dignidad que nunca le abandonaba, Potter se acomodaría como pudiera, y agotado, caería dormido en menos de un minuto.
Mientras, él pasaría las horas muertas dando vueltas. Vueltas en la cama y vueltas a su cabeza. Pensando… intentando entender… lanzando miradas cargadas de fascinación al joven durmiente. Sintiéndose cada vez más confuso y más pequeño.
Llegó frente a su puerta y con desgana la empujó. Los bien engrasados goznes giraron sin ruido y Draco entró a su dormitorio. Ahí estaba… todo tal y como esperaba que estuviera. Con un suspiro cerró y se dirigió a la cama. No quiso mirar al rincón. Sabía que él aguardaba allí, atento a que su ropa sucia cayera al suelo para recogerla, última tarea de su interminable y agotadora jornada de esclavitud.
Draco no podía entender cómo lo soportaba.
Desde que le conoció, con once años, siempre le había intrigado en mayor o menor medida. Pero ahora simplemente, era un definitivo enigma que le exasperaba con la misma intensidad con que le hacía sentir inseguro y perplejo cuando se hallaba a solas con él, compartiendo esa obligada intimidad, dudoso privilegio de su rango.
Con más celeridad que otras noches, pues cada vez su carga era mayor, realizó los ritos nocturnos indispensables, y tras escuchar el tintineo de las cadenas en el rincón y dar el preceptivo “Buenas noches”, apagó la luz.
No llegó respuesta alguna. Sólo un leve quejido y un suspiro, hondo pero contenido. Draco se incorporó a medias en la cama.
- ¿Potter…?
Silencio. Aguzó el oído y captó el esfuerzo del prisionero por acallar más gemidos.
- ¿Te ocurre algo?
Nada.
-¿Potter…?
Draco se levantó. Algo le decía que estaba cometiendo un error, pero otro algo tiraba de él hacia ese rincón.
Harry estaba en el suelo, como era de esperar. Tumbado de lado abrazaba sus rodillas con una mano mientras que con la otra se estrujaba los cabellos, en lo que parecía un intento de calmar algún tipo de dolor. Draco se agachó junto a él.
- ¿Potter… qué te pasa? – sólo faltaba que se muriera ahí, en su cuarto. Eso no tendría ninguna gracia.
Otro débil gemido… el moreno se movió, intentando adoptar una posición menos lastimosa en cuanto se percató de que Malfoy estaba a su lado, mirándole.
Un aroma a jabón inundó la nariz de Draco. Harry acababa de bañarse. Otra imposición diaria de Lucius, que no suya, aunque así lo pregonara el patriarca Malfoy. Sabía que lo hacía en las mismas tinas en que lavaba la ropa. En el patio, al aire libre, sin intimidad y con el agua a la misma temperatura que salía por el caño de la fuente. Un escalofrío recorrió su espina dorsal al imaginarlo y evocar su propio aseo diario, el baño caliente, placentero, espumoso y plagado de aromas exóticos. La bañera de oro y mármol y las toallas aterciopeladas que envolvían su pálido cuerpo al salir. Los aceites aromáticos y las embriagadoras esencias con que se perfumaba antes de acostarse. Con recelo y algo tembloroso, tocó su frente.
- ¿Estás… enfermo?
No le extrañaría nada. Corría el mes de noviembre y ese baño nocturno a la intemperie debía resultar algo terriblemente gélido.
Un manotazo apartó bruscamente su mano de la frente sudorosa, la cadena le golpeó el brazo en el movimiento y Draco cayó hacia atrás debido a la sorpresa. Se frotó el codo, dolorido.
- ¿Qué diablos…? Me has hecho daño, capullo.
- Lo siento… señor.
La voz sonó ahogada, Harry tenía la cabeza enterrada bajo el brazo y no se movía.
- Oye… - Draco se agachó de nuevo y alargando las manos, le cogió de los hombros pretendiendo volverle – sólo intento ser amable. Saber cómo te encuentras.
Que frase más inoportuna… Draco se sentía estúpido. ¿Cómo diablos se iba a encontrar? En la gloria era evidente que no. Nadie se sentiría bien después de soportar lo que él soportaba cada día.
- ¡Déjame en paz! – Harry se desasió y volvió a girarse, dando la espalda a Malfoy. El brusco movimiento le arrancó un involuntario lamento, más desgarrado que los anteriores. Era indiscutible que estaba herido o enfermo.
- Déjame verte. Potter…
Harry ya no opuso resistencia. El dolor debía ser lacerante porque se dejó acostar de espaldas mientras apretaba los párpados y los labios, y permitió que Draco le subiera, temeroso de una reacción que no llegó, la camiseta.
- ¡Por todos los magos!
Un oscuro moretón, rodeado de un sinfín de otros más pequeños en diversos tonos, desde el morado al amarillo, se destacaba en el lado derecho del tórax de Harry. Draco palpó lo suficiente para que sus dedos hábiles y el grito de Potter le confirmaran que había costillas rotas.
- No te muevas. Voy a por una poción.
- No pensaba irme a ningún lado, Malfoy.
Draco le miró desconcertado y se levantó enseguida. No sabía por qué lo estaba haciendo. Simplemente “tenía” que hacerlo. Revolvió por entre los frascos y cajitas del armario de la pared hasta que encontró lo que buscaba. Una poción para el dolor y otra crece huesos. Iba a ser una larga noche.
Volvió junto a Potter y le conminó a tragar los dos viales. El moreno lo hizo sin rechistar. Sabía que con el amanecer vendría otro día de duro trabajo y humillaciones. Igual a cualquier otro para él. Sin conmiseración ni tregua a causa de algo tan trivial como un par de costillas rotas. Siempre que esas costillas fueran suyas, claro. Y más le valía estar entero y fuerte para poderlo contar porque aquí nadie se andaba con miramientos con el “ilustre” prisionero.
Excepto…
Miró a Malfoy intentando averiguar qué mosca le había picado. Por qué se comportaba así con él.
- Es mejor que duermas en la cama, Potter. Necesitas descansar mientras se recomponen tus huesos. Dime… ¿Quién te lo ha hecho? – Draco esquivó azorado la mirada verde que se clavó en su rostro.
- ¿Qué más da? Cualquiera de ellos, de los tuyos. Gracias por todo… - Harry se acomodó en el suelo y le dio la espalda – Dormiré aquí.
- Pero… la poción, el proceso es doloroso y…
- Lo sé. He dicho que dormiré aquí. Y que gracias por todo, Malfoy.
- ¡Está bien, maldito testarudo! Duerme donde te salga de los cojones. – Draco se levantó, impotente y cabreado – Esa actitud tuya solo te llevará a la tumba, Potter. Y no vuelvas a llamarme Malfoy. Llámame señor, como mi padre te ordenó.
El moreno no le respondió.
- ¿Me has oído?
- Sí… señor.
Draco se metió en la cama y se tapó hasta las orejas, hecho una furia.
- Si ahí es donde quieres estar, adelante. No seré yo quien te lo impida, héroe. Bailaré sobre tu tumba, si eso te hace aún más feliz.
Draco murmuraba una letanía enojada bajo las mantas, pensando que Harry no le oía. Y ciertamente, el moreno no entendía sus palabras, pero podía escuchar la sarta de imprecaciones ahogadas que venían de la cama de Malfoy.
No le entendía. Se pasaba un montón de años avasallándole. Y ahora que le tenía en sus manos… le curaba y le ofrecía su cama. ¡Su cama! Antes dormiría en un pozo lleno de serpientes que en la cama de Malfoy.
Y no sólo le curaba, pensó. Allí todo el mundo parecía tener derecho de pernada sobre él, incluido el rubio. Pero éste nunca le había tocado. Y por todos los diablos que era el que más fácil lo tenía. Si llegaba a darse el caso, Harry no sabía como reaccionaría. Era capaz de protegerse con una coraza de acero ante el asalto de cualquiera. Pero de Malfoy…
No quería ni pensarlo.
Las costillas empezaron a dolerle como si las estuvieran descoyuntando, rompiendo a trocitos y volviendo a pegar. Otro dolor, éste ahora sordo pero contumaz, incordiaba en su interior. Eran demasiadas las veces que habían abusado de él desde que llegó. Tantas que ya había perdido la cuenta. Y el dolor no se iba nunca. No importaba que al violador de turno ni siquiera le gustara el asunto. Sólo lo hacían para someterle y si no usaban su propio cuerpo, lo hacían con cualquier artefacto a mano.
Intentó no gemir, no quería que Malfoy se hiciera el santurrón a su costa. Aunque sobre todo, por encima de todas las cosas, no quería darle lástima. Eso jamás.
Pero gimió.
Y Malfoy le oyó.
~*~
Continuará...
Capítulo segundo por Magical Us
Hola a tod@s. Ante todo queremos agradeceros la cantidad de comentarios que nos habéis dejado. No lo esperábamos y ha sido muy estimulante. Muchísimas gracias. Estamos encantadas y eso nos anima a seguir. Aquí tenéis el segundo capítulo, pensamos que la historia se va a resolver en tres, pero en fin… ya no nos atrevemos a decir nada. Esperamos que os guste.
Muchos besos de Eire y Hojaverde.
El prisionero. Capítulo 2
Cuando Draco despertó al día siguiente, Potter ya no estaba. El hechizo que le mantenía encadenado se deshacía en cuanto las primeras luces del alba asomaban por la ventana para que el prisionero reanudara sus tareas. Recordó la noche anterior y supuso que las costillas estarían soldadas y su dueño en funcionamiento desde hacía horas. Ya habría fregado los suelos, de rodillas y a mano, obviamente. Habría preparado el desayuno para los habitantes del castillo, habría lavado su ropa sucia y ahora… Draco miró su reloj… ya debía llevar un buen rato en el sótano, ocupándose de las calderas. Se arrebujó en las mantas y esperó. Pronto la habitación se caldearía gracias a Potter y su eficacia pero de momento estaba helada.
Al cabo de unos minutos volvió a mirar el reloj. Al parecer hoy se retrasaba por algo. Draco sintió erizarse el vello de sus brazos y se los frotó bajo los cobertores, al calor de la cama. Eso le iba a suponer unas cuantas maldiciones más de propina o su variedad de azotes a lo muggle. Si algunos no tenían la temperatura perfecta en el momento de levantarse, se ponían de un humor de mil diablos. Y el mal humor en ese castillo últimamente se descargaba siempre sobre los mismos hombros.
Si Malfoy hubiera sido un ratoncillo de los que vivían entre el carbón, como el que ahora trepaba por los hombros de Potter, sabría perfectamente lo que pasaba. Pero no lo era.
En el sótano la caldera estaba más negra y fría que las plumas de un cuervo en febrero. El prisionero yacía inconsciente en el suelo, desnudo de cintura para abajo, con los pantalones arrugados en los tobillos. Un fino reguero de sangre se deslizaba por el mugriento suelo de cemento desde su cabeza hasta perderse bajo la montaña de carbón. El ratoncillo saltó del cuerpo inerte, olisqueó la sangre y decidiendo que no le gustaba como desayuno volvió a su escondrijo.
A alguien el juego se le había ido de las manos…
Malfoy se levantó cuando la espera empezó a ser demasiado larga y por tanto demasiado sospechosa. El enorme radiador de hierro seguía helado y no emitía los habituales gemidos y gorgoteos matinales. Se vistió con la túnica que Potter le había preparado la noche anterior y fue al baño a asearse someramente, sintiéndose temeroso por algo inconcreto. Potter no había faltado a sus obligaciones ni un solo día desde que llegó, ni siquiera esas dos o tres veces en que los adultos se lo habían pedido “amablemente” prestado y le habían retenido toda la noche en sus habitaciones para una fiesta privada. Incluso en aquellas ocasiones, al amanecer el prisionero estaba siempre donde debía estar.
Algo había pasado, Malfoy estaba seguro. Tal vez esas costillas no habían curado y no podía manejar la pala. Puede que se hubiera desmayado de hambre, debía llevar horas trabajando y su primera comida aún tardaría otras tantas.
Quizá se había…
No, Draco negó con la cabeza, y lanzó un elocuente bufido al aire, Potter nunca se quitaría de en medio. Era un superviviente.
En silencio absoluto salió del baño y se asomó al pasillo. Desierto. Ese atajo de holgazanes y eunucos en que se habían convertido los mortífagos desde que Potter dio pasaporte al Lord seguramente habrían sacado un pie de la cama para volverlo a meter enseguida, con muy poco esfuerzo los podía imaginar arrebujados en sus cálidos lechos, rumiando refinados castigos para el que se estaba atreviendo a privarles de su confortable despertar diario.
Malfoy sintió algo muy parecido a la vergüenza y también un cierto desasosiego. ¿Esto era todo lo que quedaba del lado oscuro? ¿Por lo que había suspirado desde niño? Se levantó la manga mientras caminaba hacia las cocinas sintiendo el frío penetrar hasta el último de sus huesos. Acarició su marca. Recordó el día glorioso en que la recibió de manos del mismo Voldemort. El mentón alzado, la mirada decidida. El pecho henchido, el corazón cargado de ambiciones imperialistas, el orgullo de raza sobrevolando el imponente salón y al centenar de mortífagos allí reunidos, elegantemente ataviados para la ocasión con sus túnicas nuevas y sus enigmáticas máscaras blancas.
Ahora dudaba.
Si una vida regalada y ociosa salpicada por unas cuantas bravuconerías y la tortura constante a un solo prisionero, aunque fuera el que era, iba a ser en esencia el colofón de todo aquello por lo que había luchado, de todos sus sueños de grandeza… era algo considerablemente irrisorio para él. Tanto que en ocasiones, cada vez más numerosas, sentía una inmensa rabia. Su orgullo de sangre limpia se resentía día a día cuando intuía que lo que habían conseguido a base de apilar cadáveres y deshacer familias, tenía bastante más de deshonor que de triunfo.
Sacudió la cabeza y se obligó a arrinconar los incómodos pensamientos. Un nuevo líder sería elegido en breve, el rebaño andaba dividido y confuso por falta de pastor. Eso era. Su padre, si todo iba como esperaban, sería el coloso que levantaría esa torre medio derrumbada. Todo sería como antes… igual de estimulante que antes…
Sonriendo inadvertidamente entró en las cocinas. Todo estaba inmaculado, Potter había hecho los deberes, al menos la primera parte de ellos. La fruta y el café preparados. El pan, los bollos, la mantequilla y las confituras también. Pero parecía que nadie había tocado ni una miga de todo aquello todavía. Claro… todos se tapaban hasta las cejas como gusanos en un capullo esperando el bendito calor, enfureciéndose a cada minuto que pasaba sin llegar, pero sin las pelotas necesarias para bajar al submundo de las calderas y averiguar qué diablos ocurría.
Encogiéndose de hombros tomó una rosquilla de la bandeja y mordisqueándola distraído se dirigió a la puerta del sótano. Nada más posar la mano en el pomo, un relámpago nervioso royó sus entrañas, avisándole. “A Potter la ha pasado algo, lo sabes…” pero después de la autoinyección de optimismo que acababa de inocularse, simplemente lo ignoró. Su único objetivo, intentó convencerse, era investigar qué cojones pasaba con la maldita calefacción, para después ir a dar parte a los adultos de la negligencia de Potter, y si tenía suerte, participar como uno más en la elección del castigo, justo premio por su delación.
El ex héroe había sido un insultante engreído la noche anterior, después de que él, todo un sangre limpia, se hubiera rebajado a curarle y hasta le hubiera ofrecido su cama. Enrojeció de rabia al recordarlo. Semejante ofensa era algo que él todavía no sabía ni quería digerir.
Bien… se iba a enterar.
Bajó canturreando para acallar la vocecita de su conciencia y con un golpe de varita encendió la luz. La magia aún era útil y hasta divertida, sobre todo cuando el esclavo brillaba por su ausencia.
El hechizo lumos cumplió su papel a la perfección, revelando a un aturdido mortífago imberbe, con una rosquilla a medio comer, lo que el sótano ocultaba.
~*~
- Eres un imbécil, Vincent. Tú y tu manía de presumir. ¿Y ahora qué hacemos?
Crabbe daba vueltas por el dormitorio que compartía con Goyle como un becerro entrado en carnes, sudoroso a pesar del frío de cuya existencia era el principal causante. Gregory le miraba desde la cama dudando si levantarse e ir al baño a investigar en sus calzoncillos, tenía toda la impresión de haberlos ensuciado. Antes de tiempo, según la predicción de… de Potter. En lugar de eso, permaneció neciamente sentado, aguantando el malhumor de Crabbe.
- ¡¡Cierra esa raja infecta que tienes por boca, hazme el favor!! Si tú no la hubieras abierto, no habría pasado nada.
- Yo sólo le dije que… que tú y yo nos divertíamos a costa de Potter.
- ¿¿Y te parece poco??
- ¡Pero no la invité a disfrutar del espectáculo, como tú!
- ¡¡Yo nunca hice tal cosa, maldita bola de sebo!! – Crabbe enrojeció violentamente y una vena azulada destacó en su sien. Diminutas gotitas de saliva escaparon de su boca para impactar en el rostro bobalicón de Goyle.
- ¡¡Sí que lo hiciste!! ¡¡Ella me lo dijo!! – se defendió Gregory limpiándose la saliva con una mueca de asco.
Crabbe se acercó despacio, con un inquietante color rojizo extendiéndose por su rostro que a Goyle le recordó a un clavo oxidado y le agarró del cuello de la túnica.
- ¿Qué… Has… Dicho…? Repite eso, por favor, despacio.
- Ella me dijo que… que tú… la habías invitado. Que tú… - tragó saliva, sintiéndose incapaz de seguir mientras el rostro de Crabbe estuviera tan sólo a un centímetro del suyo.
- ¡Que yo qué!
- Suéltame, joder… - los sollozos no se hicieron esperar – Siempre me echas la culpa de todo…
- ¡Lo que me faltaba…! – Crabbe le soltó y caminó en dos zancadas hasta la ventana. Furioso golpeó la pared y se secó la frente con su manaza de ogro – Además de mentecato, plañidero como una nena…
Goyle se sorbió los mocos, algo ofendido. Miró a Crabbe y casi suplicó.
- Dime que no le has… que no le hemos matado, por favor, Vic.
- Y yo que cojones sé, Gregory. Sé lo mismo que tú, que se quedó allí, tirado, sangrando. Al menos le podías haber subido los pantalones… yo estaba… yo no podía.
- Sí… - meditó Goyle imaginando la escena si alguien le encontraba y rezando porque Potter despertara solito mucho antes – Quizá deberíamos volver y… reanimarle.
- ¿Volver? ¿Allí? Ni loco, a estas horas ya andarán por ahí levantados unos cuantos. Vuelve tú si quieres, yo no pienso meterme en más líos. Juro que no volveré a tocarle, lo juro – rogó al aire juntando las manos – por favor… que se despierte y se vista, por favor. Que no esté muerto. Que no le encuentren…
- ¿A quién le ruegas?
- A la madre que te parió, imbécil.
Goyle volvió a gimotear y se levantó, sintiendo una apremiante necesidad en el bajo vientre. Cuando volvió del lavabo, traía algo más que miedo en su cuerpo. Un tufo acre lo revelaba.
- ¿Crees… que ella… que dirá algo? – preguntó temblando de vergüenza y de terror.
- ¿Qué si lo creo? – el rostro de clavo oxidado se volvió lentamente, haciendo dar un respingo a Goyle. Un susurro siniestro salió de la boca de su propietario – Ella… hará lo que le convenga. Como siempre. Y si nuestros culos son los que hay que vender… no dudes que lo hará, amigo.
~*~
- ¡¡POTTER!!
Draco casi se atragantó con la rosquilla. Una intensa arcada le hizo escupir la bola atascada en su garganta, salvándole de paso la vida.
Corrió hacia el cuerpo tendido en el suelo y aterrizó casi encima de él, tropezando con su propia túnica y cayendo de rodillas a su lado. Se despellejó las palmas de las manos al amortiguar el trompazo contra el suelo y se tiznó de hollín la cara al llevárselas a la frente para despejar el flequillo que le tapaba los ojos. Gimió, sollozó y después gritó.
No se enteró de ninguna de esas cosas.
- ¡¡QUE TE HA PASADO!!
“Calma, Draco, calma…”
Tembloroso, miró a su alrededor. No parecía haber nadie allí. Acababa de perder los estribos y de pronto fue consciente de ello. Un Malfoy no era una niña aulladora y eso era justamente lo que él parecía.
“Analiza, reflexiona, evalúa… estudia la situación”
Eso sí. Así estaba mejor. Una actitud digna de su adiestramiento. Inspiró profundamente un par de veces y escogiendo el más insensible de sus empaques fijó sus ojos de estaño en Potter. Tuvo que hacer un esfuerzo digno de titanes para no volver otra vez al estado de chiquillo pusilánime.
- “Enervate”
No sabía si aquello funcionaría. Si Potter estaba muerto, innegable que no. Si estaba malherido, era posible. Si sólo desmayado, más que posible. Muchas veces había tenido que usar el hechizo con un compañero, o alguien lo había usado con él. Y…
Era efectivo…
Sólo era cuestión de segundos…
Venga, Potter…
Vamos, maldito héroe de pacotilla…
Un momento…
Ruborizado se apresuró a subirle los pantalones, cubriendo su desnudez. ¿Cómo había podido ser tan necio? Había faltado poco… Le ahorraría la humillación innecesaria de recobrar el conocimiento expuesto y desmayado a sus pies. Luego, si el orgullo le permitía hablar, le contaría lo ocurrido. Aunque había que ser muy obtuso para no adivinarlo.
Cerró la cremallera del tejano y abrochó el botón. Potter se revolvió bajo sus manos y un gemido de dolor salió de su garganta.
- ¿Qué…? – con una queja ahogada se llevó las manos a la cabeza y abrió los ojos penosamente - ¡Malfoy!
Intentó incorporarse para caer de nuevo como un fardo sobre las rodillas de Draco.
- Espera… no te muevas todavía. Si intentas levantarte te marearás y te volverás a caer.
- Estoy bien… - tozudo intentó de nuevo ponerse en pie con nulo resultado.
- No lo estás, Potter. Y yo me estoy cansando de ser la niñera de un perfecto asno. Está bien, te dejaré en el suelo y así no tendrás que tocarme.
Con exquisito cuidado pero deseando que no se notara demasiado, le depositó en el cemento. Harry suspiró, mareado como si hubiera sigo tragado por un tornado y escupido después. Sabía que de momento era tarea inútil levantarse. Aun así, se sentía más conforme en el suelo que sobre las rodillas de Malfoy.
- ¿Por qué últimamente siempre supones que necesito tu ayuda?
- ¿Supongo? ¡Cómo puedes ser tan… arrogante! Estabas casi muerto. Mira…
Le señaló la mancha de sangre en el suelo y la brecha en su cabeza, el pelo ensangrentado se le pegaba a la oreja izquierda. Le alargó las gafas, que había encontrado tiradas a su lado.
- No exageres, Malfoy – Harry se las puso y enfocó como pudo el rostro del mortífago.
- ¿Qué no…? Ohhhh… Potter.
- Tengo trabajo, si realmente quieres echarme una mano, aunque maldito si entiendo por qué… empieza por ayudarme a ponerme en pie.
- Antes dime una cosa.
- Claro. Tú ordenas, yo obedezco. – Harry le miró desde el suelo, los ojos velados por los martillazos que aporreaban su cabeza desde el interior.
Draco se tragó la lindeza que estaba a punto de soltar y procurando sonar indiferente preguntó.
- ¿Qué ha pasado?
Harry cerró los ojos.
- Me estalla la maldita cabeza. ¿Qué decías?
- Vamos, Potter. Me has oído perfectamente. Contesta.
- ¿De verdad te interesa?
- Eh… sí. Todo lo que ocurre bajo mi… bajo este techo me interesa.
- ¿Por qué?
- Bueno… porque… porque eres mi…
-¿Tu…? ¡Ah! tu propiedad. ¿No es eso?
Malfoy se mordió la lengua y sintió arder sus mejillas de pura ira.
- Tú lo has dicho. Mi propiedad. Así que habla si no quieres que... que te vuelva a bajar los pantalones y…
La expresión de Potter hizo que Malfoy se maldijera instantáneamente por lo que acababa de soltar aguijoneado por un arranque de furia. Una flecha envenenada. Peor. Una daga directa a lo único que le quedaba a Harry frente a él. La dignidad.
Había olvidado lo ocurrido, pero al escuchar el detalle vergonzoso de haber sido encontrado desnudo, el recuerdo se le echó encima igual que un centauro furioso.
Harry se incorporó hasta quedar sentado. Tuvo que agarrarse la cabeza con las dos manos y respirar hondo para no caer desmayado otra vez. Malfoy le sujetó los hombros.
- No me toques. Hablaré, porque tú eres quien manda y yo quien obedece. Pero no me toques.
Malfoy le soltó. Se abstuvo de decir que si realmente era el que mandaba, le iba a tocar quisiera o no. Pero lo que parecía una obviedad, de repente ya no lo era tanto. Sintió su mente como un enjambre donde zumbaban cientos de abejas y perplejo una vez más, obedeció a su siervo. En silencio juntó las palmas de las manos entre los muslos y de rodillas como estaba se dispuso a escuchar.
- Habla.
Harry se mostró reticente de nuevo. No era un chivato. No estaba acostumbrado a hablar sobre la mierda de nadie aunque la situación fuera la que era.
- Puedo sacarte todo con un simple trago, Potter. Lo sabes.
- ¿Lo harías?
- Sí.
Harry se removió en el suelo. Se arrastró hasta la pared todavía fría de la caldera y apoyó la espalda en ella. Al notar el frescor del metal a través de su camiseta pensó que iba a ganarse un bonito lote de maldiciones por el retraso en encenderla. Una risa sarcástica se le escapó sin querer, y miró a Malfoy. Él le atendería por la noche, pensó con ironía, por lo visto en algún momento había pasado a ser su buena acción diaria, quizá estaba haciendo méritos al mortífago peor considerado del año. Allá él…
- ¿De que te ríes?
- De nada. ¿Quieres saber o no? Cuanto antes encienda esto, más disgustos me ahorraré.
- Claro... – respondió Draco visiblemente incómodo – Empieza.
- Hay dos… mortífagos que me hacen el honor de visitarme aquí, cuando vengo a encender la caldera.
- Sigue… ¿Qué quieren?
- Me encontraste con el culo al aire ¿No lo adivinas?
Malfoy carraspeó ante la franqueza de Potter. El niño tímido que se sonrojaba ante el acoso de las chicas ya no existía tras esos ojos verdes, ahora siempre desafiantes.
- Lo imagino. ¿Eso incluye dejarte herido e inconsciente?
- Hoy se les complicaron los planes.
- ¿Por qué?
- Bueno… - Harry pareció perder su aplomo y enrojeció ligeramente. Solo un leve color rosado, advirtió Draco. Nada que ver con el escarlata de que solía hacer gala en Hogwarts – Trajeron público. Y no se lo puse fácil. Creo que me resistí más de lo habitual y… debí caer y golpearme con la caldera al forcejear. Supongo que eso fue lo que…
- ¿Público? – Draco le interrumpió horrorizado - ¿Quieres decir… que… que trajeron a alguien a… a mirar? ¿A mirar como… como… te…?
- Deja de tartamudear, por todos los demonios. No es tan raro, Malfoy – replicó un Harry a quien Draco notaba más azorado por momentos – De hecho, es algo habitual. ¿Qué esperabas? Los gallitos no quieren follarse a las gallinas en soledad, necesitan admiradores que les rían las groserías y que aplaudan cuando… cuando…
Harry parecía a punto de quebrarse. Por primera vez en todo aquel tiempo. Malfoy extendió una mano que volvió a retirar al instante. No quería que ante su contacto no solicitado volviera a alzar la coraza. Si lo hacía, callaría, tal vez definitivamente y eso traería como consecuencia que el velo que empezaba a descorrerse ante sus ojos se cerraría de golpe. Y Draco no quería volver a estar ciego.
- No importa, Potter. No necesito detalles. Sólo sus nombres.
Harry alzó el mentón, aparentemente recuperado de su instante de debilidad. Pareció dudar por un momento. Miró a Malfoy. Sonrió con tristeza y bajó la mirada de nuevo.
- ¿Serviría de algo?
- Tú dime sus nombres, Harry.
El auror sintió un estremecimiento. ¿Harry? Respiró hondo y miró de frente los ojos grises. ¿Qué podía perder?
- Crabbe y Goyle.
Draco se dejó caer hacia atrás en la pila de carbón, tapándose la cara con las manos, espantado. Podía haber imaginado cualquier necedad de esos dos cabestros, pero algo así…
Congestionado y sin poder creer que los había tenido todo el tiempo bajo sus narices, tirándose a Potter y burlándose de su autoridad, se irguió de nuevo, ignorando por completo el hecho de estar literalmente rebozado en carbón.
- ¿Cuántas veces?
- Por favor, Malfoy. No pensarás que me he entretenido en contarlas.
- Lo siento. Quiero decir…
- Sé lo que quieres decir. Cada día. Todos los días.
Al aire abandonó los pulmones de Draco. No podía creerlo. Simplemente no podía. Sabía que habían abusado alguna vez de Harry. Mejor dicho, lo intuía. Esas fiestas nocturnas… seguro que no eran una civilizada reunión para jugar al ajedrez. Pero ¡por Morgana! Aquello habían sido dos o tres veces. Todos los días implicaba… sin darse cuenta se descubrió a sí mismo haciendo la cuenta mental y asqueado no pudo seguir. Y por partida doble. Abrumado, le miró.
El maldito héroe estaba sublime en su inexplicable arrogancia. No había perdido un ápice de frescura en la piel, ni las chispas sagaces de sus ojos se habían extinguido. ¿Cómo lo conseguía?
Draco decidió en aquel instante que le parecía atractivo. Incluso hermoso, si es que esa palabra se podía aplicar a un… hombre. Y también descubrió con algo más que sorpresa y un cosquilleo en el vientre que tal vez, sólo tal vez, siempre se lo había parecido.
- Potter…
- ¿Sí?
- Una última pregunta.
- Dime
- ¿Quién era… el mirón?
- No estoy seguro que te guste saberlo y esta caldera necesita ser encendida. – con un gran esfuerzo, se levantó y agarró la pala – No querrás hacer de enfermera de nuevo esta no…
- Harry…
Otra vez. ¿Dónde estaba la trampa? Escudriñó en sus ojos y no encontró ninguna.
Con un ligero temblor en los labios, se lo dijo.
~*~
La noche era tan fría que congelaría a un muerto. Era lo que se podía esperar del mes de noviembre en Escocia, pensaba Harry mientras iba llenando con la manguera el barreño de madera que le servía de bañera cada noche. Tiritaba bajo el suéter y los vaqueros y eso que aun estaba seco… Miró al cielo. Olía a nieve y no se veía una estrella. Si hubiera sido de día, tendría ese color blanco inconfundible que precede a los primeros copos.
Se frotó la cabeza. Aun dolía el maldito golpe contra la caldera, pero afortunadamente hoy había sido un día tranquilo. Y sospechaba que Draco tenía mucho que ver. Lo lógico hubiera sido que le hubieran castigado por el retraso en su tarea, pero extrañamente durante todo el día le habían dejado bastante a su aire.
Bastante a su aire significaba un rosario de chistes groseros a su paso, un par de zancadillas y un buen montón de órdenes, la mayoría sobre labores innecesarias escupidas sólo por fastidiarle. Pero lo dicho… todo un paraíso.
A los gilipollas de Crabbe y Goyle no les había vuelto a ver, y a ella…
- ¿Preparado para disfrutar de un agradable baño de espuma, Potter?
Mierda…
Se volvió. Allí estaba, apoyada con indolencia en el muro del patio. Sonriendo y fumando uno de esos apestosos cigarrillos muggles. Mirándole con la burla bailando en los ojos. Bien abrigada, eso sí; guantes, grueso abrigo de piel, botas, bufanda, y un gorro de lana tan encasquetado que apenas dejaba ver su rostro. Pero era ella.
- Tiene toda la pinta de empezar a nevar de un momento a otro. Será divertido.
- ¿Divertido para quién?
- Para mí, por supuesto. Estoy lista para disfrutar del espectáculo.
Harry se demoró más de la cuenta en llenar la tina, vertiendo más agua de la necesaria. Quizá si tenía suerte… alguien la llamaría para… algo. Y podría quitársela de encima.
Miró de reojo. Seguía allí, dando caladas y sonriendo. Hasta en la oscuridad podía adivinar su sonrisa de hiena. No iba a marcharse, y él lo sabía.
Había vuelto de un largo viaje el día anterior y se había encontrado con una morbosa diversión que no esperaba. Ya había saboreado el aperitivo esa mañana. Y no iba a dejar que nada ni nadie le arrebatara el postre. Como tampoco iba a renunciar a su nueva dosis diaria. Eso… Harry también lo sabía.
- Suelo bañarme solo, Parkinson.
- ¡Oh! No me digas que te da vergüenza… esta mañana he visto todo lo que había que ver, Potter. ¿Recuerdas? – Pansy avanzó unos pasos hacia el rincón donde Harry había colocado el barreño, tratando de hacer que su baño fuera lo más íntimo posible – además… soy tan buena persona, y hace tanto frío, que me voy a quedar aquí, vigilándote de cerca, por si te desmayas y te ahogas, o algo parecido. Incluso puede que te ayude a frotarte la espalda. O quién sabe… otras partes…
Harry sabía que era inútil. Cuanto más le dijera, más empeño pondría ella en quedarse y más disfrutaría de su turbación.
- Haz lo que quieras – sin más palabras, se dio la vuelta y empezó a desnudarse.
- No veo… - canturreó.
El suéter quedo detenido a la altura de sus codos. Con un suspiro, se giró hacia la voz y terminó de deslizarlo por encima de su cabeza. El frío le mordió los brazos y le encogió el estomago. Colocó el jersey cuidadosamente sobre una silla para evitar que se mojara, era la única prenda que no iba a mudar por otra limpia. Una camiseta y unos vaqueros le esperaban en la misma silla para ponérselos al salir del baño. También una vieja toalla para secarse, cortesía de la casa.
La camiseta siguió al suéter y los pezones de Harry se endurecieron al instante, la tiró a un lado para lavarla por la mañana. Su piel se erizó y él evocó con ansia la imagen del suelo del dormitorio de Draco. Allí al menos se estaba caliente, relativamente caliente.
- Parece que tienes algo de frío, pobrecito... Y yo que no lo siento… Mmm… duros pectorales, firmes abdominales… - Pansy se acercó y se quitó el guante. Paseó su mano caliente por el torso desnudo de Harry con aire de pantera en celo. El auror cerró los ojos y apretó los dientes.
- No sé si te han informado, pero a los jóvenes os está prohibido tocarme.
Una bofetada se estampó en su mejilla.
- Primero… no vuelvas a tutearme. Segundo… ya lo sé. Tercero… yo-hago-lo-que-quiero. ¿Te queda claro, mestizo? Y ahora… continúa. No me vas a joder la diversión, y ¿sabes por qué? Porque yo no soy como esos dos capones que se te benefician a escondidas, Potter. Tú no me conoces… todavía.
Harry había oído el rumor de que Parkinson era algo así como la medio novia de Malfoy. Cuando le confesó la identidad del mirón, su ex compañero no había dejado traslucir ningún gesto que delatara si le había impresionado o no la noticia. Pero la pose de indiferencia era algo tan habitual en él… Tal vez la altanería de Parkinson tenía algo que ver con esa relación con el favorito. En todo caso, pensó resignado, eso ni era de su incumbencia ni le iba a salvar aquella noche de servir a esa zorra como juguetito a quién humillar.
Cuanto antes terminara con aquello, antes estaría seco y tumbado a los pies de la cama de Malfoy. Y podría dormir…
Pansy salivó literalmente cuando Harry dejó caer los pantalones al suelo. No llevaba ropa interior así que se le mostró en toda su desnudez, altivo y hermoso. Después del espectáculo del sótano, había sentido durante todo el día la necesidad de volver a contemplar ese cuerpo. Y por qué no, de volver a someter esa voluntad. Sintió un cosquilleo intenso en el vientre y tuvo que reprimirse para no lanzarse hacia aquel hombre de complexión perfecta y obligarle a tomarla, a hacerla suya.
¿Pero que sarta de disparates estaba pensando? ¿Acaso deliraba? Ella era la autoridad, la que mandaba. Él era el sometido. No debía olvidar eso. Nunca.
- Date la vuelta.
Harry giró sobre sí mismo. Unos blandos copos de nieve empezaron a caer, fundiéndose sobre su espalda y sus nalgas.
- Vuelve a girar.
Harry obedeció, quedando de nuevo de frente a ella.
Se acercó a él y estirando la mano sin guante, manoseó con descaro sus partes íntimas. Tanteó sus testículos y toqueteó con regodeo su virilidad, ridiculizando hiriente el tamaño, aunque era obvio que la causa del encogimiento era el penetrante frío.
Harry sintió arder su rostro y tragó saliva mientras intentaba pensar en cualquier cosa, lo que fuera. Algo que le distrajera de la intensa vergüenza y la más intensa furia que sentía. La hubiera matado allí mismo, con sus propias manos. Pero tenía muy claro cual era su objetivo. Salir de allí. Vivo.
- No estás mal, Potter… aunque seguro que ganas cuando te quitas la mugre, me han dicho que tu placentero chapuzón es una exigencia del señor Malfoy ¿Acaso te obliga a dormir desnudo?
Harry titubeó. Esa puta podía darle la idea, o la orden, a Malfoy. De momento se había librado de esa variedad de degradación.
- No, no lo hace.
- Es tan refinado… ¿Te gusta mi novio, Potter? ¿Te parece atractivo, deseable?
Harry no contestó.
- Te gusta… - Parkinson rió – debes pasarlo muy mal, tenerle allí, tan cerca y ser sólo su perro. Peor, que su perro. ¡Que pena…! ¿A que no te ha tocado? Yo te diré por qué, a él no le gustan los hombres, y mucho menos, los mestizos. Él sólo tiene ojos para mí, Potter.
Harry tiritó y Pansy manoteó en el aire, espantando unos copos cada vez más numerosos, como si se acabara de acordar de la temperatura bajo cero y del chico desnudo frente a ella.
- ¡Pero que desconsiderada soy! Te tengo aquí, en cueros, con la que está cayendo… Majestad… - se burló – espero que el agua esté de su agrado.
Con un gesto de la mano y una sonrisa obscena le invitó a meterse en la tina.
- ¡Pansy, cariño!
Draco Malfoy irrumpió en el patio con una encantadora sonrisa por bandera y abrazó a Parkinson besándola brevemente en los labios.
- Dray… amor. Estaba… dando unas órdenes a Potter para mañana, tengo toda la ropa del viaje todavía por lavar – nerviosa miró de reojo a Harry, que había conseguido meterse casi hasta la cintura en el agua helada.
- ¿Potter…?
- Sí, amor. Esta ahí, en el rincón.
- Ah… sí… - no había que ser muy listo para adivinar que Pansy había estado divirtiéndose un rato – es su hora del baño, ¿no?
- Sí… y me da la sensación de que no le gusta que le miremos. ¿Por qué crees que será, amor? – Pansy rió, envalentonada por la sonrisa de su novio y el silencio de Potter.
Draco echó una ojeada hacia el rincón, Harry tiritaba y tenía los labios morados, pero aparentemente les ignoraba y daba la impresión de que ni siquiera les oía.
- Bueno… supongo que a nadie le gusta que los demás le observen cuando está desnudo, Pansy.
La chica le miró algo mosqueada.
- ¿Le compadeces?
- ¿Qué dices, amor? – Draco sintió que pisaba terreno resbaladizo - ¿Compadecer a… esa escoria? ¿Al infame que mató a Voldemort? Jamás, nena. Oye… deberíamos irnos, hace un frío de mil demonios y no quiero que enfermes.
Pansy rió otra vez con una especie de graznido idiota que puso los pelos de punta a Draco y después hizo un puchero
- Antes hazle saber quién es el amo, Dray.
- Lo que quieras mi reina, pero luego nos vamos…
- Te lo prometo.
Draco se acercó con paso chulesco hacia la tina.
- No digas nada… - susurró cuando estuvo a un palmo de Harry.
Éste levantó la vista y le miró sin entender, aterido, la pastilla de jabón a duras penas sujeta en una mano rígida mientras con la otra se frotaba el pelo.
- ¡Oblígale a levantarse! – chilló Pansy alborozada – Ahora seguro que ni con lupa se la encuentra.
Draco reprimió un gesto de repulsión y colocándose completamente de espaldas a Pansy asomó con cuidado su varita por entre los pliegues de la túnica.
- “Calefaccere”
- ¡Vamos, Dray! – Pansy palmoteaba de gozo - ¡Esfúmale la ropa! ¡Que tenga que volver en cueros a tu cuarto!
Harry creyó estar soñando cuando sintió que el frío cortante daba paso a un bendito calor que envolvió como una caricia su cuerpo entumecido.
Draco le miró con un destello de complicidad y Harry creyó percibir algo más en esos ojos transparentes. Una enorme compasión. Por él, y por sí mismo.
- Siento tener que pedírtelo, pero levántate, será sólo un momento o esa zorra no callará.
Harry obedeció en silencio y Draco se acercó a el, ocultando con su capa que no hacía nada en absoluto más que bajar la mirada, discreto, a la punta de sus zapatos y esperar un tiempo prudente, fingiendo con un enorme esfuerzo que se burlaba de la desnudez de Potter.
- Suficiente, espero… - murmuró, y Harry se sumergió de nuevo en el abrazo del agua caliente - ¡¡Y te quiero en mi dormitorio dentro de media hora, mestizo!! Ni un minuto más. ¿Me has entendido?
Altivo se dio la vuelta y rodeando por la cintura a una entusiasmada Pansy la alejó por fin de allí.
Harry se quedó solo y pensativo. Acabó de enjabonarse con algo casi parecido al placer, sensación que a duras penas recordaba. Miró hacia la puerta por donde habían desaparecido la arpía y Draco y musitó algo que sólo escucharon la nieve y la noche.
- Gracias…
Exactamente media hora después, Harry empujaba la puerta del dormitorio de Draco. Él todavía no había llegado, supuso que estaría cenando con Parkinson. Le preparó la cama, el baño, el pijama y la ropa del día siguiente. Atizó los leños en la chimenea y dando por concluidas sus tareas de la jornada, se acostó en su rincón, junto a las cadenas, esperando que Malfoy volviera y realizara el hechizo incárcero.
Cuando el rubio regresó, dos horas más tarde, Harry dormía profundamente. Una sacudida en los hombros le despertó. Al principio pensó que Draco querría algo y se apresuró a levantarse, pero él se limitó a permanecer en cuclillas a su lado. Las cadenas ya no estaban y Malfoy le miraba fijamente.
- ¿Ocurre algo, Malfoy?
- Harry…
- No te he dado las gracias por el agua cal…
De momento, sigue tuteándome, es un buen síntoma - pensó Draco.
- Harry…
- ¿Sí…?
- Siento despertarte, sé que estás agotado, pero levántate y escúchame. Necesito hablar contigo…
~*~
Continuará…
Capítulo 3 por Magical Us
Notas del autor:
Bueno... lo prometido es deuda para nosotras. Y como prometimos, aqui estamos con la continuación de la historia. A veces se complica la vida real y eso retrasa los planes que alguien hace con muy buena fe, pero como dijimos, nunca dejamos una historia colgada, y queremos que nuestr@s lector@s tengan esa seguridad. Muchas gracias por todos vuestros comentarios, solo deseamos que la larga espera haya valido la pena y este capítulo os haga disfrutar tanto como los otros.
Un beso y gracias de nuevo por vuestra paciencia.
Eire y Hojaverde
EL PRISIONERO
Capítulo 3
Era una locura.
Desde que había hablado con Draco la pasada noche, Harry no había parado de repetir esa frase. Sin embargo, como cada mañana muy temprano, bajó a cumplir su cometido en el sótano, dispuesto a seguir el guión que el rubio le había marcado. Y no es que aquél hubiese tomado el cariz de obligación, sino más bien el de súplica.
Era una locura, y atentaba contra todo lo establecido hasta ese momento, generando en Harry una tensión que había estado siempre muy lejos de sentir en sus anteriores días de cautiverio. Mientras seleccionaba el carbón y lo repartía entre las calderas, no podía evitar que sus manos temblasen, ni tampoco un ligero tic en su ojo derecho. Resultaba gracioso que la expectativa diaria de una violación tempranera le causase menos desasosiego que lo que hoy tenía por delante. Estaba claro que debajo de esa inquietud, latía el temor a que nada fuese diferente esa mañana, algo mucho más doloroso y difícil de asumir una vez concebida cualquier clase de esperanza.
- ¡Aughh! ¡Maldita sea!
Ahí tenía otra prueba de su ansiedad. El pequeño ruido que un ratoncito había hecho al salir de su agujero, había provocado el sobresalto de Harry y un consiguiente golpe en la cabeza por levantarse tan de golpe y sin calcular las distancias con una arista de metal. Un pequeño hilillo de sangre se escurrió por su sien izquierda.
“Estupendo, chicos. Hoy ya no necesito vuestra ayuda para ver mi sangre”
De cualquier forma, los chicos fueron generosos y asistieron puntuales a su cita. No importaba ya el pánico que habían sentido el día anterior al pensar que podían haberse cargado al juguete de los mayores. Ya se habían olvidado de la variada lista de terroríficos castigos que habían imaginado para su escarmiento. Todo lo que contaba en ese momento era que Potter seguía vivo, en pie y con los pantalones puestos. A partir de ahí, tenían muy claros cuáles eran los pasos a dar.
- ¡Qué sorpresa, mestizo! No estábamos muy seguros de que pudieras bajar las escaleras esta mañana...
Harry se mordió la lengua, haciendo acopio de voluntad para no responder a Goyle y siguió recogiendo carbón del suelo con la pala.
- Lástima que hoy no tengamos público, Gregory, ayer Pansy se quedó muy satisfecha con el espectáculo. Y estoy seguro de que hoy también nos dará una buena performance.
- Empecemos de una vez. Apostaría a que lo está deseando.
- Tienes razón, ¿para qué hacerle esperar más?
Con paso decidido Crabbe se acercó a Harry y le arrancó la pala de las manos, para seguidamente arrinconarlo contra la pared más cercana y bajarle los pantalones, siempre bajo el amparo de la varita de su compañero apuntando a la nuca del prisionero. Cuando ciertos sonidos le indicaron a Harry que aquel cerdo estaba poniéndose duro para violarle, no pudo más que mirar hacia la puerta, desesperado por algo que podía llegar demasiado tarde.
- ¿Pensando en escapar, Potter? Tranquilo, hoy procuraré no dejarte inconsciente. Además, tienes menos gracia esta mañana. Ya estás sangrando...
- Eres un cabronazo, Vincent. Haz lo que tengas que hacer y hazlo ya.
- ¡Cierra la boca, escoria! – un fuerte golpe en la espalda, hizo a Harry callarse y resignarse a lo que parecía ya inevitable. Ser de nuevo ultrajado por aquellos dos peleles.
Cuando el miembro enhiesto de Crabbe comenzó a forzar su entrada, sólo pudo cerrar sus ojos y retener el impulso irrefrenable de llorar, porque estaba claro que se había confiado y nuevamente le habían engañado. Sin embargo, la puerta se abrió antes de que aquel desgraciado pudiese deslizarse por entero en su cuerpo, y provocó que Vincent saliese de él con una rapidez inusual en sus movimientos.
- Vaya, vaya, vaya. Uno baja a protestar por el condenado frío de la mañana y se encuentra esta... sorpresa – Draco se apoyaba en el quicio de la puerta con una frialdad e indiferencia absolutas, que conferían a su presencia un matiz aún más amenazante.
- ¡D-Draco! Y-yo...
- ¿Todavía sin saber hablar, Crabbe? No te molestes. Una imagen vale más que mil palabras.
- Nosotros... yo... ¡las habitaciones estaban heladas! Vinimos a ver qué sucedía y nos encontramos a esta basura haraganeando.
- Y decidisteis tomar el calor de una fuente distinta.
- ¡Era un castigo! – Draco miró a Goyle, quien hasta el momento había permanecido en silencio y que, ahora más pálido que su amigo, intentaba defenderle.
- ¿Desde cuándo en los castigos de los jóvenes se incluye la violación, Goyle? Más aún si está expresamente prohibido tocar al culpable por orden de vuestro superior – Crabbe tembló de pies a cabeza al imaginar la furia desatada de Lucius al enterarse. Se acercó al hijo de aquél implorante, con todo el tacto con que fue capaz.
- Draco, eres nuestro amigo desde que éramos pequeños. Te juramos que no volverá a pasar, era la primera vez. No digas nada a los mayores, por favor...
- Por Merlín, Crabbe... eres patético suplicando. – El rubio se acercó con pasos lentos hacia Harry, evaluando si había llegado demasiado tarde. Pese al fino hilillo de sangre que se escurría por su cara, no parecía que aquellos dos bastardos hubiesen tenido tiempo a nada. Draco lo borró con sus dedos y subió los pantalones de Harry, cubriendo su desnudez.
- Nosotros no le tocamos, la sangre ya estaba ahí cuando entramos. ¡Tienes que creernos!
- Os creo, Gregory. Os creo...
- Oh, Draco... Gracias. Te aseguro que no te defraudaremos nunca más.
- De eso estoy seguro.
Cuando Draco se giró despacio y miró a sus dos antiguos esbirros, lo primero que éstos vieron fue un color verde esmeralda, magnético y envolvente. Y no era el de los ojos de Harry.
“Avada kedavra”
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El resto del día avanzó con calma para estupor de Harry. Después de matar a los que fueran sus escoltas durante años, Draco había dejado las dos varitas en el suelo entre ambos, le había dicho que no se preocupase por nada y había salido de las calderas sin mirar atrás. Y realmente, no tuvo de qué preocuparse. No más de lo habitual, al menos. Gritos, insultos, desprecios y humillaciones, pero nadie que le culpase de asesinato cuando Pansy encontró los cuerpos de Crabbe y Goyle esa misma tarde, mientras buscaba a Harry para divertirse otra vez a su costa.
Y todo había sido gracias a Draco. El moreno tuvo que reconocer que sintió escalofríos cuando lo vio plantado delante de todos los mortífagos adultos, mintiendo con suma desfachatez, inventando una historia de peleas constantes entre los dos fallecidos que se saldó con un duelo letal para ambos, ejecutado con dos varitas ilegales robadas al mismo Lucius. Ninguno de los mayores desconfió de sus palabras; ninguno de los jóvenes osó contradecirle. Y Harry pudo al fin mantener sus pantalones y su dignidad intactos durante todo el día.
Misteriosamente, aunque no tanto en realidad, el agua del barreño bajo la nieve permanecía caliente cada noche, asegurándole un poco de alivio a su cuerpo cansado de tanta esclavitud. Ya no había cadenas que le atasen mientras dormía y el suelo había sido sustituido por unos mullidos cojines que desaparecían en cuanto Harry hacía el primer amago de levantarse. Dentro del horrible calvario que había sido todo aquello, aquella semana podría llegar a llamarse agradable. Aunque Draco fingiera no enterarse. A lo sumo una mirada de soslayo respondiendo a la sonrisa de agradecimiento que Harry le daba todas las mañanas, cuando despertaba caliente y sin dolor de cuello. Y, sobre todo, con el orgullo entero.
Para mayor fortuna del moreno, Pansy no daba señales de vida y, las escasas veces que lo hacía, le rehuía sin disimulo. Parecía claro que no se había tragado la historia de Draco, pero ella menos que nadie iba a discutir los motivos del rubio. Eso sí, prefería mantenerse al margen de los avadas de Potter, ahora que su novio le protegía, Merlín supiera por qué. Harry disfrutó como un niño atormentándola con su mejor mirada asesina y viéndola escurrirse por los pasillos con unos pasos muy diferentes a los provocativos contoneos de cadera que daba delante de Draco.
Tanto que, a veces, agachado delante de las botas de Dolohov, esbozaba una sonrisa.
***
Dos semanas más tarde, después de su baño caliente, Harry llegó a la habitación de Draco y se encontró al rubio frente al espejo anudándose la pajarita, vestido completamente de gala. Casi como en un acto reflejo, Harry le miró de arriba abajo, admirando la caída de la túnica negra hasta los pies, contrastando con el pelo dorado que rozaba sus hombros. ¡Hacía tanto que él no vestía en condiciones! siempre llevando puestos esos vaqueros rotos y esas camisetas desteñidas que alguno de los muchachos de la fortaleza había desechado...
Aún perdía su mirada en la lustrosa tela cuando Draco se volvió y dijo su nombre, sobresaltándolo.
- Lo siento... hace tanto que... mucho tiempo que... – el rubio fingió no darse cuenta del leve rubor que se había instalado en las mejillas de Harry, debido más a su actual pobreza que a la exhaustiva revisión de sus ropas, y con naturalidad se colocó la capa sobre los hombros.
- No me esperes despierto. Esta noche llegaré tarde. Procura lavar a primera hora de la mañana la ropa que he dejado encima de la cama. Es importante que esté seca a mediodía.
- De acuerdo, señor.
- Harry... ¿qué te he dicho?
- Es algo difícil acordarse de que puedo utilizar tu nombre cuando me paso catorce horas diciendo “señor”... Draco – el rubio detuvo todos sus movimientos y se acercó a Harry, preocupado.
- ¿A alguno se le ha ido la mano? ¿Han vuelto a...? Ya sabes, a...
- ¿A follarme sin permiso? No. – un leve suspiro de alivio se escapó de labios de Draco.
- Bien, porque no dejaré que vuelvan a hacerte daño. No, si puedo evitarlo – antes de que Harry pudiese contestar, Draco caminó hacia la puerta y salió al exterior de la habitación – No te olvides de la ropa. Buenas noches.
La puerta se cerró tras la elegancia vestida de negro y Harry aún sentía el calor de su protección. Era ridículo que él, claramente más poderoso que Draco en circunstancias normales, se sintiese ahora amparado por el poder del rubio. Pero aquella situación era cualquier cosa menos normal, y cuando se dirigió a su rincón para dejarse caer y dormir hasta el amanecer, los cojines mullidos y confortables le esperaban, para salvarle del frío y la dureza de un suelo olvidado ya.
***
- OH, Dray... ¡Esto es maravilloso!
Draco arqueó su ceja por enésima vez en las últimas tres horas, justo el tiempo que había pasado en compañía de Pansy desde que habían abandonado la fortaleza rumbo al París mágico. Gracias a Merlín, dos horas habían transcurrido en oscuridad y silencio, con sólo el inevitable y presumible gesto de sus manos entrelazándose. Nunca Draco había disfrutado tan poco de una ópera. Aunque presumía que el disfrute de la cena iba a ser aún peor...
- ¡Las vistas son increíbles! ¡Qué iglesia más hermosa!
- Es la Basílica del Sacré- Cœur.
- Amor, tú siempre lo sabes todo. Te quiero. – Draco supo que si recibía uno más de aquellos besos húmedos en la boca con sabor a barra de labios de frambuesa, no acabaría la noche como había pensado.
La empezaría así.
El mundo mágico parisino era un calco a la hermosa ciudad muggle, su misma estructura, sus mismos edificios, idénticos monumentos y plazas, pero todo sazonado con el pintoresco toque de la magia. La entrada se situaba en el Arco del Triunfo. Un hechizo de ilusión facilitaba que aquella puerta permaneciese oculta a los muggles, pero cualquier mago que pronunciase un sencillo conjuro de entrada, daría un paso bajo los relieves de las campañas victoriosas de un tal de Napoleón y, al siguiente, se plantaría en unos Campos Elíseos de árboles con vida propia, con remolinos de hojas de colores y cientos de doxys entre sus ramas.
Draco y Pansy habían cruzado la frontera entre ambos mundos, habían asistido a la ópera, y se disponían a cenar en el restaurante giratorio de la Torre Maxime, con una altura doble a la de su inspiradora Eiffel y mucho más extravagante; pero con el mejor y más lujoso restaurante de comida francesa de todo el país: “La tour d´argent”. La mesa era una de las mejores, con un ambiente manifiestamente romántico que dibujó la ambición en los ojos negros de la joven.
Draco trataba de concentrar toda su atención en los exquisitos manjares que se iban sucediendo uno tras otro sobre la mesa y distraerse un poco del incesante parloteo de su acompañante. La hors- d´ouvre, el terrine de canard, los escargots y las huitres estaban deliciosos.
- Ha sido un placer que me hayas invitado, cariño. La gente habla, ¿sabes? Y últimamente, esa gorda de Millicent no paraba de soltar por cada rincón de la fortaleza que mi novio me hacía menos caso que al mal nacido de Potter. ¿Te lo puedes creer? Cuéntame cielo, ¿cómo le va al mestizo? ¿Aún no murió, para nuestra desagracia?
Corrección. Habían estado deliciosos.
- Sigue vivo, Pansy. Gracias por tu preocupación – Draco se limpió con la servilleta y apuró un sorbo de su Borgoña. El cacarear de la risa de la morena le aguó el trago.
- Qué gracioso eres, amor... El día en que tu padre decida acabar con el bastardo, haré la mayor fiesta que se haya visto en mucho tiempo.
- ¿Y quién encenderá las calderas que te calientan cada mañana, entonces?
- Espero tener otra fuente de calor mucho más cerca, Príncipe – a la vez que Pansy mordía su labio, su pequeño pie se hacía un hueco entre las piernas de Draco, quien estoicamente aguantó el embate y se concentró en dar como fuese muestras de excitación - ¿Adónde vamos después?
- Volvemos – Pansy hizo una mueca de fastidio y retiró su pie, que había ido aumentando sus caricias.
- ¿Ya?
- Padre no quiere apariciones en la fortaleza después de ciertas horas. Por la noche, el flujo es menor y se detectan mucho más fácilmente. Bastante ha cedido ya al dejarnos venir a París.
- El conjuro de ilusión nos ampara, amor. Tú eres un latino del mediterráneo y yo una rubia escandinava, ¿o ya no te acuerdas?
- No te engañes, cariño. La mejor máscara que tenemos es que ningún auror se espera que dos marcados salgan a la ópera y a cenar como si estuviesen en su casa.
- ¿Entonces a qué estamos esperando? Volvamos a casa, con tu papá.
El tono de Pansy estaba cargado de sarcasmo y despecho. Con un golpe seco de su varita, París desapareció. Ambos permanecieron en silencio, mirando el techo y las paredes frías y pétreas que antes habían mostrado tanto. Sobre la mesa, la comida francesa de importación y la botella de Borgoña a medio llenar. De su cena romántica no quedaba nada más.
- ¡Estoy harta, Draco! ¡Si sigo en esta cárcel voy a estallar!
- A ninguno nos gusta esto, Pansy.
- Entonces, ¿por qué no nos vamos de verdad? Cojamos la primera red floo que veamos y ¡adelante!
- Estás loca; al único sitio al que llegarías sería a Azkabán. Y entonces comprenderías lo que significa una cárcel de verdad.
- ¡Agggghhhhh! ¡Odio esto!
Draco observó con cierto deleite cómo la morena perdía los nervios. Todo estaba saliendo como había previsto, y faltaba muy poco para que su plan se concretase. Se acercó a ella con sensualidad y rodeó su cintura.
- ¿Quieres salir a ver las estrellas? No es París, pero... – el enfado de Pansy se derritió como helado bajo el sol del verano.
- ¿Mi novio, romántico? No podría desaprovechar eso. Vamos...
El patio estaba cubierto por una fina capa de hielo. No llegaba a nevar, pero probablemente un par de horas más tarde lo haría. Los dos, enfundados en sus capas, caminaron con cuidado de no resbalar, hasta el extremo donde un pequeño porche les ampararía de una posible granizada, muy cerca del barreño donde Harry se aseaba todos los días.
- Ahí está la lujosa bañera del mestizo. Tienes que dejar que me divierta más a menudo con él, Dray. Últimamente está muy tranquilo.
- Deberías verle cuando llega por las noches; está destrozado, Pansy.
- Pero está entero, y yo le quiero ver romperse en pedazos, empezando por uno en particular... – la mano de Pansy se aventuró a la entrepierna de Draco y acarició sin pudor - ¿Vamos adentro?
- ¿No querías desesperadamente aire puro?
- Cariño, de un momento a otro voy a pedirte que me arranques la ropa. ¿Pretendes que me hiele de frío?
- ¿Crees que te helarías conmigo? – sin darle tiempo a contestar, el rubio la empujó contra la pared de piedra, levantó su vestido y se hizo sitio entre sus piernas. Pansy no tardó en rodear con éstas sus caderas, cosa que Draco aprovechó para besar su generoso escote, provocando los primeros gemidos de la morena.
- OH, Dray... está claro que no voy a tener frío... – el vestido de seda azul resbaló por sus hombros, quedando colgado de su cintura y descubriendo su pecho. Unas manos femeninas forcejearon con el cinturón de Draco, pero nunca lograron su objetivo.
- Pues yo creo que sí.
Fue tan solo un revuelo de tela negra, un rápido movimiento de varita, y Pansy quedó suspendida en el aire, sobre el barreño, a sólo un metro del agua congelada. Una soga de seda negra rodeaba su cuello, ciñendo sin llegar a ahogar... todavía. La morena pasó saliva por su garganta y trató de no ponerse nerviosa. Era posible que Draco pudiese llegar a ser retorcido en sus relaciones sexuales; al menos, las malas lenguas de la fortaleza, decían que lo había sido antes. Y ella estaba dispuesta a darle una buena réplica.
- ¿Quieres jugar, príncipe?
- He pensado que ya que te gusta tanto el barreño de Potter, lo pruebes de primera mano.
- ¿Y te meterás conmigo aquí dentro? – Draco sonrió de una forma que no presagió nada bueno.
- Aún no lo entiendes, ¿verdad? No estoy aquí para jugar ni para que disfrutes. No voy a follar contigo, Pansy. Voy a matarte.
Podría haber sido una broma de evidente mal gusto. Pero el brillo glacial de los ojos de Draco y su expresión de auténtica determinación, le confirmaron a Pansy que todo lo que el rubio decía era cierto. Gritos de terror salieron de su garganta sin tan siquiera proponérselo.
- ¡Reducto!
El agudo tono de voz de Pansy se convirtió en un murmullo que, a duras penas, llegaba a los oídos de Draco, pero que más era suficiente para escuchar sus futuras súplicas y para tener constancia de que había entendido todo lo que aún iba a decirle.
- Vas a morir, Pansy. Tu altura bajará veinte centímetros cada hora. Si no te mata el frío antes, lo hará el agua congelada que te espera, o tal vez tu ejecutora sea la soga que rodea tu cuello, la cual apretará más y más fuerte a cada minuto, hasta ahogarte. Tal vez tengas esa suerte...
- Dray... Dray, amor... ¿por qué me haces esto? – Pansy había empezado a llorar desesperada.
- ¿Por qué? Porque eres cruel y no dudarías en destrozar a nadie, excepto a ti misma. Y porque has hecho daño a la persona que amo.
- ¿De qué estás hablando?
- ¿Seguro que no lo sabes? ¿De verdad crees que alguna vez sentí algo por ti? ¿Desde cuándo no me ves con mujeres, Parkinson?
- Pero tú... tú me... Yo soy tu novia, tú... ¡a veces te acuestas conmigo!
- Cada vez que te hacía el amor pensaba en él, y me mordía la lengua para no decir su nombre. Quiero que mueras con la certeza de que amo a Harry y que, por cada humillación que ha recibido de ti, pagarás esta noche.
- No... ¡NO!
- ¿Recuerdas las calderas, amor? ¿Te gusta mirar, no es cierto? – el vestido de Pansy se esfumó bajo el hechizo de Draco – Ver cómo dos bárbaros someten a una persona debilitada y desarmada. Está bien, mañana todos van a mirarte. La mortífaga que no soportó estar recluida en su torre – Pansy entró en pánico, pero sus gritos no conseguían ser más que débiles susurros.
- ¡NO TE CREERÁN! Muchos saben que he cenado contigo... ¡Todos lo saben!
- Claro que lo saben, princesa. Mi rechazo de esta noche desencadenó tu inevitable destrucción – un frío invadió el cuerpo de la joven, uno muy distinto al de la gélida noche.
- Has pensado en todo, ¿no, bastardo? ¡No tienes sentimientos ni conciencia!
- No grites, preciosa. Nadie puede oírte, y a mí no me importa. Hasta siempre, Pansy. Suerte en el infierno.
Las súplicas desgarradas de la morena acompañaron a Draco hasta que volvió a entrar en la casa. No despertaron en él ni un ápice de lástima; en ese momento, Draco era una máquina sin más interior que un sentimiento negro y envolvente, que anulaba al resto. El mismo que dominó su voluntad el día que había matado a Crabbe y Goyle, y que le inundaba de un extraño calor.
Venganza.
Sin embargo, en cuanto puso un pie en su habitación, otro sentimiento mucho más poderoso se agitó dentro de su pecho y derrocó al anterior. Harry dormía plácidamente en los cojines, y siguiendo una necesidad acuciante, Draco se agachó a su lado, cuidando no despertarle, apartó con delicadeza su flequillo y besó tiernamente su cicatriz, percibiendo el olor a jabón que el moreno aún emanaba.
- Nadie te hará más daño. Jamás.
Con un pase de varita su túnica de gala fue suplantada por un vaquero y una camiseta, negros los dos. Extrajo del cajón de su mesilla una cajetilla de tabaco, vicio inconfesable ante ninguno de los suyos, y salió a fumar al jardín de la fortaleza.
Estaba terminantemente prohibido salir después de medianoche, pero pese a que eran casi las dos de la madrugada, esa noche nadie podría detenerle. Sentado al pie de un árbol, aspiró el humo de su cigarrillo y contempló las estrellas.
Y se sintió libre.
***
Lucius estaba sentado detrás de su vetusto escritorio con ínfulas de ser supremo. Las ropas negras y holgadas heredadas de su antiguo señor le conferían un aire amenazador. Aunque en su mirada se atisbaba un brillo de orgullo hacia su vástago, hacia el sucesor en que tenía puestas todas sus esperanzas. La muerte de esos dos buenos para nada, había conformado la prueba definitiva de que aquel joven prepotente y distante que era su hijo, podría en un futuro ser su viva figura. Lucius sabía muy bien que sólo Draco sería capaz de sustraer esas varitas sin registrar de su propia colección. Sólo él la había visto, sólo él sabía cómo entrar a su despacho y buscar.
Draco había ajusticiado a alguien por debajo de él en la jerarquía de poder, ¿y qué? Lucius había sonreído para sus adentros debajo de su bien conseguida máscara de preocupación, al descubrir los cuerpos de Crabbe y Goyle hijos. Y se había carcajeado observando cómo el suyo propio mentía con la habilidad de un maestro, para no ser descubierto.
Había madera en él, siempre lo había sabido. Y ahora le pedía algo que, en otro momento no le hubiese dado, pero ahora era distinto.
- ¿Puedo tenerla, padre?
- Creo que...
La puerta se abrió con un estruendo bastante irrespetuoso tratándose de los aposentos privados del Lord.
- Mi Señor, disculpad mi atrevimiento pero es algo importante – Draco se volvió para ver enseguida la cara sádica de Bellatrix, lo bastante emocionada como para dejar traslucir su sed de sangre.
- Me temo que nada justifica esta invasión de mi intimidad, Bella.
- Oh sí, Milord. Sí lo hay. Potter ha asesinado a Parkinson en el patio, Nott lo ha visto todo. ¡Entra, Theodore!
Draco sintió el color huyendo de su cara. Nott apareció sosteniendo a un Harry jadeante, con visibles síntomas de una buena sesión de cruciatus. Se clavó las uñas en las palmas de las manos para reprimir sus ganas de correr hacia él. Lucius se levantó de su asiento.
- Potter, Potter... ¿Es eso cierto?
- ¡Nott lo vio todo, Milord!
- Bella, silencio. ¿Qué has visto, muchacho? – Theodore se veía bastante impresionado por hallarse ante el nuevo Lord.
- Potter... él apretaba la soga alrededor del cuello de Pansy, señor. S-supongo que remataba la faena cuando yo le descubrí.
- ¿Qué me dices de eso, mestizo? – con su eterno bastón, Lucius elevó el mentón de Harry - ¿Mataste a una sangre limpia a la que ni deberías atreverte a mirar, escoria?
Harry alzó como pudo sus ojos verdes y enfrentó sin miedo la mirada de Lucius. Intentó que su voz no vacilara al responderle, pese a lo que le costaba mantener el ritmo de su respiración.
- No lo hice. Sólo trataba de ayudarla.
- ¡Mentiroso! – Bella se disponía a alzar de nuevo su varita cuando el brazo de Lucius la detuvo.
- Sólo yo decido cómo castigarle. ¿Esperas que me crea eso, Potter?
Pese a la incredulidad de Lucius, era verdad. Harry había despertado para encontrarse solo en la habitación. Sobre la cama la túnica elegante con la que Draco se había marchado la pasada noche y en el suelo, la ropa que esperaba urgente que él la lavase. Sin demora, se había dirigido con ella en brazos al patio, y con una mezcla de alivio y repulsión había descubierto el cadáver de Pansy entre las aguas, desnudo, asfixiado y absolutamente amoratado por el frío. Justo cuando la sacaba del agua y desataba la soga, Nott había hecho su aparición.
Draco miraba la escena con terror. Nunca había supuesto que Harry la tocaría e intentaría sacarla del agua. Simplemente le había mandado a lavar temprano para que también obtuviera su venganza. No se había parado a pensar en el noble corazón del león. Ahora, si no hacía algo para evitarlo, estaba seguro de que le matarían.
- Padre... Potter estuvo en mi habitación toda la noche – no sabía si había sonado demasiado temeroso, tal vez precipitado, incluso interesado en defender a quien supuestamente odiaba a muerte. Su padre le evaluó por unos segundos y luego pareció no notar nada raro, excepto tal vez el deseo de llevarle la contraria a Nott, alguien con quien nunca se había llevado demasiado bien.
- ¿Puedes asegurarlo?
- Por supuesto.
- ¿Desde cuando duermes tan mal, Draco? – Bella le miraba suspicaz y resentida. Se negaba a soltar a la presa que tenía en sus garras - ¿Cómo sabes que no salió de tu cuarto mientras dormías?
- Porque duerme atado como un perro en una esquina de mi habitación. Ni siquiera él podría abrir las cadenas sin su varita.
- ¿Y qué tal si fuiste tú quién se las abrió? Siempre has sido un blando frente al mestizo. En siete años en Hogwarts nunca le pusiste en su sitio.
Esa vez fue Bella quien rodó por el suelo sacudida por un crucio extremadamente violento.
- Cuidado, Bellatrix. Ése a quien le hablas es mi hijo. Tu futuro señor, que no se te olvide. – un gemido de rabia salió de boca de la mujer y luego calló vencida - No voy a dudar de la palabra de mi propio hijo; aún así, tu presencia, Potter, ha vuelto a incomodarme. Me apetece ver tu sangre regando estas piedras de nuevo... ¡Bella! Convoca a los adultos, en el salón negro, ¡ahora!
Un escalofrío recorrió a Harry de pies a cabeza. Aún recordaba la última vez que había estado en ese salón, un lugar hecho expresamente para la tortura. A Draco no le pasó desapercibido que Harry parecía a punto de quebrarse. No pudo soportar el temor que emanaba de una persona tan acostumbrada al valor, como él a la astucia. Pero precisamente ese instinto de supervivencia que como buen slytherin había desarrollado, le decía que no podía intervenir sin arriesgar su vida y con ella la última esperanza de Harry en aquel infierno macabro. La voz de su padre le sacó de su debate interior.
- Nott, lleva a esa basura allí ahora mismo. Draco, hablaremos en otro momento.
- Pero padre... – No había opción. Los ojos acerados de Lucius llevaban implícitos la orden de que se callase. Draco supo que si quería a Harry vivo, no podía rebelarse. Sin embargo, en cuanto Nott cruzó la puerta, el hombre caminó hacia uno de los cuadros, pronunció un conjuro y después otro, y una varita se materializó en el óleo azul.
- Aquí tienes, la varita de ese desgraciado. Humíllale como se merece, si es que algo queda de él cuando te lo devolvamos. Ahora, lárgate.
Draco tomó en su mano los veintiocho centímetros de acebo y pluma de fénix y obedeció por última vez a su padre.
***
Las horas se sucedieron como un rosario interminable. Afortunadamente, Draco estaba enfrascado en la elaboración de todas las pociones que presumía iban a ser necesarias, porque estaba casi seguro de que nadie iba a curar a Harry.
Sin embargo, mientras mezclaba ingredientes con extrema habilidad y pulso de acero, su mente se empeñaba en imaginarse cada una de las torturas que el moreno podía estar sufriendo en ese momento, y los ojos se le nublaban cada vez con mayor frecuencia.
El calvario terminó cuando caía la noche. Unos golpes en su puerta y uno más seco contra el suelo, fueron el anuncio de que Harry había vuelto a su lado. Si Harry podía llamarse a ese guiñapo de tela roída y sangre que habían dejado como un saco en el umbral de su cuarto. Haciendo de tripas corazón, Draco lo tomó en brazos, lo tumbó en su cama y se dispuso a recomponerle trozo a trozo, con la mayor perfección posible, porque Harry huiría de ese horror al día siguiente.
Fuese como fuese.
***
Lo primero que sintió es que tenía entumecido todo su cuerpo. Lo segundo, que moverlo era algo imposible de conseguir. Así que se conformó con abrir poco a poco esos párpados que pesaban como si fuesen de plomo. Cuando enfocó su vista, creyó que o estaba muerto, o que tantos crucios le habían vuelto loco de remate. Unos ojos verdes iguales a los suyos le miraban con profundo alivio.
- Por fin vuelves al mundo de los vivos – Harry hubiese jurado que aquella voz era la de Malfoy – No te asustes. Además de las cien pociones que te habré dado, has tomado multijugos. Soy Draco.
- ¿Q-...qué? – la voz de Harry salía entrecortada de sus labios.
- Voy a sacarte de aquí, y la única forma que se me ocurre es que sea yo el que salga. Mira... – Draco puso un espejo frente el rostro de Harry que ya no era Harry, sino Draco.
- ¿Qué...? ¿Cómo...? ¡Draco!
- No tenemos mucho tiempo. Es noche cerrada, pero en cuatro horas amanecerá y necesitas la oscuridad para resguardarte.
- No entiendo nada... la cabeza va a estallarme. ¿Qué día es hoy?
- Has dormido veinticuatro horas. Y hoy es el día en que volverás a ser libre.
- ¿Me estás diciendo que vas a ayudarme? ¡Te matarán!
- Tengo mis influencias. No te preocupes por mí, Harry Potter. No sabes. – Draco parecía incómodo con el cariz que estaba tomando la conversación. Así que se levantó y preparó algunas pociones que Harry debía llevar en su viaje. Sin embargo, el moreno no se rindió.
- ¿Por qué lo haces? ¿Por qué me ayudas? – Draco siguió a lo suyo sin contestarle – Draco, ¿me estás diciendo que te quedarás aquí en mi lugar para que yo sea libre y pretendes que no me extrañe?
- No exageres, Harry. El efecto se pasará y seré Draco de nuevo, el intocable.
- El sarcasmo no va a ayudarte. Sabes que eso no será así, serás cómplice del mestizo, te matarán, sea quien sea tu padre. Al menos, dime por qué lo... – Draco arrojó con fuerza el fardo al suelo.
- ¡¿Quieres dejar de insistir?! Asume que voy a ayudarte, porque es lo que voy a hacer. Mis motivos son míos, sé inteligente por una vez y aprovecha tu buena suerte. Corre lejos de aquí y olvida lo que sufriste.
- No me iré sin ti.
Draco suspiró cansado. Había esperado algún acto noble como ese, y estaba preparado.
- Los dos no podremos irnos.
- No me iré sin ti, Draco. Idea otro plan porque eso no es discutible.
- ¿Por qué, Harry?
- Mis motivos son míos, ¿recuerdas? Sé que no eres como ellos, o no harías lo que estás haciendo. No te mereces estar aquí.
- Este es mi sitio. Yo pertenezco a...
- Olvídalo. Los dos o ninguno, de otra forma no sería justo. Si no estás dispuesto a irte, bajaré a atender a mis amos de nuevo –
Draco le observó con atención. Sabía que hablaba en serio, pero haría cualquier cosa porque Harry no volviera a pasar por aquello. Cualquiera... Porque le amaba. No porque fuera justo, que era la única razón que Harry esgrimía. Estaba claro que jamás despertaría en el gryffindor mucho más que agradecimiento. Toda esperanza que hubiese albergado hasta ese momento se hizo nada.
- ¡Está bien, cabezota! Tú saldrás primero. Con suerte, no notarán mi ausencia. Cuando de noche todos te supongan atado en mi cuarto, yo ya tendré mi imagen y me tocará huir a mí.
- ¿Lo prometes?
- Prometido.
Por supuesto, la promesa de un Slytherin era poco más que vacío.
***
La fortaleza permanecía en silencio. Sus corredores en calma. Dos sombras se escurrían por ellos con sigilo, una sosteniendo a la otra, aunque la más débil sabía que aquellas paredes tenían ojos.
- Ponte más derecho, si te encuentras con alguien no le mires a los ojos. Tú mandas aquí.
- Me duele todo, Draco. Si pudiera ir derecho lo haría.
- Finge que es porque tiras de mí. Vamos, queda poco...
Unos pasos pusieron a ambos en tensión. Nott se acercaba por el pasillo.
- Maldito desgraciado...
- ¿Qué hago?
- No le hables, mírale con desprecio y sigue adelante.
Harry trató de seguir el consejo y escabullirse, pero Theodore parecía decidido a encontrarle. A encontrar a Draco.
- Te has convertido en toda una niñera, Draco... Tu padre estará orgulloso de ti – Harry siguió adelante sosteniendo a Draco que fingía estar herido todavía – ¿Adónde lo llevas ahora, eh? ¿A que mate a otro de los nuestros?
Draco se tensó al momento pero una caricia disimulada de Harry en su espalda consiguió dominar su genio.
- Algún día te cogeré, Malfoy. ¡Algún día!
Y el día llegó para Nott mucho antes de lo que hubiese imaginado. La manga de Draco se había subido mientras sostenía a Harry, y en su antebrazo no había nada. La marca oscura era intransferible a otra persona, incluso por medio de la multijugos, algo que Draco había pasado por alto. Theodore no tardó en hacer sus conjeturas y cuando se alejó por el otro extremo del pasillo, tenía muy claro a quién debía contárselo.
***
La puerta estaba allí, delante de sus narices, y cruzándola, la libertad que tanto había ansiado. Draco le apoyó contra la pared y le entregó la pequeña bolsa con pociones y agua.
- Te ayudará a llegar.
- Gracias. Te esperaré.
- Ni se te ocurra. Iré detrás de ti, no pierdas tiempo.
- Voy a protegerte como tú lo hiciste conmigo. Te prometo que todo esto se sabrá y haré que no te condenen.
- Te creo.
Pero Draco sabía que no tendría la posibilidad de defenderse. Sabía que moriría a manos de los suyos y que ante ellos, no habría conmiseración posible. Pero no le importaba, no si veía a Harry salvarse. Y estaba a punto de conseguirlo.
- Toma, tus gafas. Cuando recuperes tus ojos no harás nada sin ellas. Y... – metió la mano en su bolsillo y sacó la varita – esto es tuyo también. Supongo que te alegrarás de tenerla de vuelta, aunque a veces no te haga falta.
Por la forma en que Harry acarició la madera se colegía que así era.
- Draco, yo... gracias.
- Debes irte antes de que nos vean aquí. Buena suerte – la mano que Draco tendió al entonces rubio que era Harry no pareció suficiente a éste, que le abrazó sin ambages. Draco se agarró a ese abrazo con toda su alma, con una intensidad que dejaba muy claro lo que tanto había ocultado.
- Draco...
- Vete. Ahora ya sabes por qué hago esto. Vete, Harry.
- Pero...
- ¡Vete!
- ¿Qué demonios está pasando aquí, Draco?
Lucius Malfoy, rodeado de sus más leales llegaba caminando desde el vestíbulo. Harry se quedó paralizado por un momento, pero Draco fue más rápido. Tomó su brazo, abrió la puerta y le empujó con violencia.
- Voy a matarte, ¿Me oyes, Malfoy? ¡¡A ti, igual que a Crabbe y a Goyle y a Pansy!!
Harry cayó al suelo y se dio cuenta de lo que intentaba Draco, supo que iba a entregarse en su lugar y quiso evitarlo. Pero ya era tarde. Un crucio cayó sobre el rubio, aún moreno debido a la imagen cambiada de su cuerpo y Draco le miró desde el suelo, mientras la puerta se cerraba en lo que a Harry le pareció un movimiento lento, como detenido en el tiempo, pero que en realidad era un fuerte portazo.
- Corre, Harry... Corre...
Lo último que Harry pudo ver antes de echarse a correr como un loco, sería una imagen que su mente retendría durante el resto de su vida. Una imagen que reaparecería en sus sueños felices y en sus pesadillas, y un sinfín más de veces, aunque no estuviera dormido. Una imagen que no le abandonaría jamás. Y que cambiaría el resto de su vida.
Sus ojos verdes llorando y la voz de Draco diciendo te quiero.
Continuará...
N/AA: Bueno, aquí se acaba esta locura que se nos ocurrió un día y se ha convertido en fic. Ahora que ya le hemos dado fin, pondremos todo nuestro empeño en el Violín del Cielo. Contamos con vosotros también en esa historia. ¡Besitos! Eire y Hojaverde.
EPÍLOGO
Cinco años más tarde…
Harry despertó en mitad de la noche, sobresaltado y bastante confuso. Alargó la mano hacia la mesilla y palpó a ciegas, buscando sus gafas. La cabeza le iba a estallar gracias a la sobredosis de whisky escocés consumida la noche anterior y al retumbar de los ronquidos a su lado. Por todos los magos… ¿Quién coño dormía con él esta noche? No conseguía recordarlo. Pero se juró a sí mismo que para ese tipo, fuera quien fuera, era la última; no quería en su cama a nadie que le recordara más a un búfalo enfurecido que a un ser humano, ya tenía bastantes problemas para dormir sin necesidad de la “ayuda” de nadie. Se caló las gafas y miró al durmiente en la penumbra de la habitación, levemente iluminada por la luna. Un hombre moreno, desnudo, con perilla y pelo muy corto dormía despatarrado a su derecha. En el suelo, ropas tiradas en desorden. Sobre la mesilla un cenicero a rebosar de colillas, y sobre la cómoda dos copas y una botella vacía.
Harry se dejó caer de espaldas en el colchón desconocido del motel desconocido, junto al hombre desconocido. Empezaba a procesar la información. Había llegado hasta allí la noche anterior conduciendo su automóvil muggle, un Toyota poderoso y caro, un coche robusto y espacioso, con el que le gustaba perderse por acantilados desiertos y parajes a los que nadie parecía encontrar motivos para ir. Cada día que pasaba, su vida era más parecida a la de un muggle cualquiera, a pesar de que conservaba su flamante cargo al frente de toda la brigada de aurores del Ministerio. Y también, cada vez, su vida era más miserable.
Había buscado a Draco Malfoy sin descanso durante los últimos cinco años. Sin descanso y sin éxito; contra toda lógica y haciendo caso omiso de las voces amigas que intentaban convencerle de que el mortífago arrepentido estaba irremisiblemente muerto. Había restaurado el nombre y la memoria de su ex compañero de colegio, relatando lo sucedido hasta quedar afónico en despachos, periódicos y ruedas de prensa. Buscándole, había caído agotado en cientos de hoteles sórdidos como éste o lujosos como palacios, haciendo el amor, si es que podía llamársele así, a hombres desconocidos, a admiradores entregados y a novios que le duraban tan poco como la ilusión de encontrar ese día, por fin, a Draco.
Pero nada le detenía. Ni el tiempo que pasaba inexorable, como burlándose de su vana esperanza de encontrarle algún día, ni la falta de pistas sobre su posible paradero, ni la convicción absoluta de todos y cada uno de los que le rodeaban de que acabaría perdiendo la razón si continuaba en su loco empeño por resucitar a un cadáver.
Volvió a mirar al tipo a su lado. Habían subido a la habitación después de que, en el comedor del motel, no hubiera dejado de insinuársele con la mirada. Sin palabras. Sin preguntarse siquiera los nombres. Habían pedido en el bar una botella de Jack Daniel’s y se la habían trasegado, al igual que dos paquetes de cigarrillos. Y después, el otro había pretendido follarle. Vano intento. Harry jamás se dejaba poseer. Era él quien tomaba, y el otro, el amante de turno, el que concedía. O eso, o no había tema con Potter. Así de simple. Así de tajante. Nada de excepciones. Eso sí… ninguno de sus amantes o fugaces polvos de una noche podía quejarse. Potter era adusto pero atento. Tan seco en su forma de amar como en su parca conversación. Pero jamás desconsiderado, tosco o abusivo. Justamente lo contrario, todo un caballero.
Miró la hora en el reloj de pulsera. Las cuatro de la madrugada. Apenas había dormido dos horas y su intención era continuar, al despuntar el día, hasta el final de la pequeña carretera que bordeaba la costa. Cada fin de semana, cada día libre, cada periodo de descanso en el trabajo, la misma historia. Una búsqueda incansable y tozuda. Tan tozuda como él mismo.
Cerró los ojos dudando si conseguiría volver a dormirse, pero al cabo de media hora, contra todo pronóstico, él también roncaba, frito como un leño.
Y el sueño repetitivo, insistente, que nunca le abandonaba, volvió.
“Te quiero…”
Los ojos verdes estallaron en una confusión de amor y dolor por el crucio que impactó en él mientras se cerraba la puerta.
Harry volvió sobre sus pasos durante unos segundos, enloquecido de horror. Frenético al comprobar que no había marcha atrás. Que si volvía allí, el sacrificio de Draco no habría servido para nada. Así que se detuvo, miró con infinita impotencia la puerta cerrada, y dando media vuelta, corrió. Corrió todo lo que su cuerpo maltratado le permitió hasta poner tierra de por medio entre él y la fortaleza. Sin sentir las lágrimas que brotaban de sus ojos y el viento secaba casi al mismo tiempo, ni los gritos que emitía su garganta, reseca por la carrera y el agotamiento. Corrió hasta que oscureció y la nieve empezó a caer, puntual como cada día. Mansa y blanda.
Exhausto y desorientado, se acurrucó bajo el saliente de unas rocas y durmió durante horas.
Al despertar, comprobó dos cosas: la primera, que volvía a ser él mismo, y la segunda, que había tenido la prudencia y la astucia de cubrirse con un hechizo aislante antes de caer dormido, de lo contrario a esas alturas sería un cadáver congelado en lugar de un guiñapo dolorido, hambriento y desesperado. Pero vivo.
Cuando apareció de esa guisa en el Cuartel General de Aurores, muchos creyeron estar viendo una aparición y le rodearon, tocaron e interrogaron, con un mal reprimido punto de histeria. Las vías de comunicación mágica y la red floo empezaron a echar humo y pronto se colapsaron, con un ir y venir continuo de amigos, compañeros y periodistas ávidos de noticias. Pero Harry no estaba para perder el tiempo. Como si tan sólo hubiera desaparecido el día anterior, se aseó, se vistió con una túnica de auror, esquivó preguntas y evitó explicaciones y comenzó a dar órdenes. En sólo unas horas, formó una brigada de búsqueda, de rescate, en realidad. Gracias a la impronta en su varita y a la legeremancia a la que se sometió voluntariamente, fue posible rastrear el emplazamiento de la fortaleza mortífaga y plantarse allí sin más demora.
Cuando tres escuadrones de aurores armados y protegidos hasta los dientes asaltaron el ignominioso castillo al amanecer, sólo encontraron los restos de una apresurada huida. Harry atravesó fuera de sí los corredores desiertos, las habitaciones vacías, el patio, donde todavía su barreño permanecía lleno de agua helada, el salón negro con su suelo de piedra salpicado de manchas de sangre… De su sangre. ¿Tal vez también la sangre de Draco?
Se arrodilló frente a esas huellas del terror y las tocó con la punta de los dedos. Eran recientes, podía sentirlo. El maldito Slytherin nunca había tenido intención de escapar, le había mentido desde el principio, en ese momento lo veía claro. Y no la había tenido, sencillamente, porque sabía que era imposible. Se había autoinmolado para que él fuera libre.
Harry se dobló sobre sí mismo y escondió la cabeza entre las manos.
"¿Por qué? Sabías que esto iba a pasar, lo sabías, lo sabías… ¡¿Por qué, maldita sea?!”
- Señor… - el joven auror le miraba prudente desde la puerta, incómodo por invadir el íntimo desahogo de dolor de su jefe - Lo siento, no queda nadie. No hay rastro de él, ni de ninguno. No hay cadáveres, no hay pistas… Esperamos órdenes, señor.
- Nos vamos… - Harry recompuso su porte y se levantó del suelo como si no pasara nada, como si en esa sala nunca hubiera sentido el infierno rozarle con los dedos - Volvemos al Cuartel. Aquí no tenemos ya nada que hacer. Esperadme fuera, enseguida salgo.
Sus pasos desangelados se dirigieron casi sin pensarlo hacia el sótano.
Miró la caldera, ahora muda y fría. Miró la pila de carbón y la pala. El hueco por donde su único compañero, el huidizo ratoncillo, aparecía y desaparecía cada día. La pared contra la que era estampado y forzado cada mañana. O la otra variedad, la caldera pequeña, sobre la que le hacían apoyarse de bruces mientras le arrancaban la ropa, así ellos le follaban más cómodamente y a la vez imaginaban que resultaba más humillante para él. Al fin, miró al lugar donde Draco le había encontrado inconsciente y le había recostado sobre sus piernas. Recordó como le había limpiado la sangre con sus propias manos, sangre mezclada, sangre impura, sin sentir que se mancillaba por ello. Y sintió un nudo en la garganta cuando recordó que allí, en aquel preciso instante, Draco le había llamado Harry por primera vez en su vida. Y también que allí, él pudo ver un extraño destello de entendimiento en sus ojos. Cuando empezó a intuir que la luz no dañaba tanto como había pensado, no tanto como la oscuridad.
“Te encontraré, Draco Malfoy. Aunque me cueste la vida entera. Aunque necesite más vidas que ésta. Te encontraré…”
Volvió a despertar bruscamente al sentir un cosquilleo en la entrepierna. ¿Qué diablos…?
El tipo de la perilla se la estaba mamando. Con toda desfachatez, sin permiso ni invitación.
- ¡Oye! – Harry apartó la cabeza intrusa de sus muslos de un manotazo - ¿Crees que soy tu desayuno o algo parecido? ¡Lárgate de aquí! ¡YA!
El otro detuvo el entusiasmado succionar, más sorprendido que si le hubieran atrapado desnudando una virgen.
- ¿Qué diablos te pasa? – preguntó ofendido – Anoche no ponías tantas pegas. ¿O es que ya no te acuerdas? Fue el polvo más excitante de mi vida.
- Pues me alegro mucho por ti. Pero anoche era anoche. Ahora es de día y yo tengo que irme. Aparta, por favor. – se levantó y encendió un cigarrillo. Procurando contener su irritación, se volvió hacia el sujeto, que seguía en la cama con cara de no saber qué hacer – Oye, disculpa, no quiero ser maleducado, pero… de verdad tengo prisa. Así que si no te importa… - señaló hacia la puerta.
- ¿Sabes? Los tipos como tú son los que me la ponen más dura. Pero no hay quien os entienda. Y mucho menos quien os aguante. ¡Que te den!
Resentido, recogió sus ropas del suelo, se las puso de cualquier manera y salió dando un portazo.
Harry se sentó en la cama, desnudo y cansado, esperando que su erección desapareciera mientras miraba las volutas de humo que ascendían perezosas desde la punta de su pitillo. Ni siquiera había llegado a saber su nombre. ¿Cuántos habían pasado por su cama en los últimos cinco años? Del tipo de éste, es decir, “polvo anónimo”, ni lo intentaba averiguar. Del tipo “novio formal”, unos cuatro o cinco. No… seis, contando al actual, Harvey. Y del tipo “admirador al que acabas cediendo” pues… para qué molestarse, tampoco se acordaba. Triste y patético record.
Apagó con saña la colilla en el cenicero ya atestado y miró su sexo. Había vuelto al orden. Se levantó y se fue a la ducha, dispuesto a seguir con el único empeño que le mantenía en pie.
Encontrarle.
*
Cuando bajó a recepción a pagar la cuenta, el gordo dueño del motel le esperaba con una sonrisa siniestra en su rostro de luna llena, mientras le tendía un papel doblado.
- ¿Qué tal ha pasado la noche, señor?
Por la entonación de la pregunta, Harry se temió lo peor. El tipo de la perilla, resentido, habría formulado alguna queja del estilo, “el de la 210 me ha drogado y abusado de mí”, o algo parecido. Ya le había pasado en una ocasión, y no fue nada agradable dar complicadas explicaciones sobre su vida privada en una comisaría muggle.
- Bien, gracias. Prepáreme la cuenta, por favor.
- Alguien dejó esta nota para usted – le insistió, acercándole más el papel doblado en cuatro partes, ya que Harry no parecía darse por aludido. El folio había sido desdoblado y leído, era evidente. Harry lo cogió suponiendo lo que iba a encontrar. Una sarta de lindezas dirigidas a él y a su polla, o a su culo, o a sus parientes. Lo desdobló con desgana y leyó mientras el gordo miraba con evidente avidez la pantalla de su ordenador, haciendo caso omiso de la petición de liquidar la cuenta de Harry.
“Puedo darle información sobre el asunto que le interesa. Encuéntrese conmigo en el faro. A las dos en punto. Ashley”
Caramba… eso no tenía nada que ver con amantes despechados. Su corazón pareció emprender una carrera contrarreloj y de pronto, la desgana del gordo se le hizo difícilmente soportable. Miró la hora. La una.
- Dese prisa, por favor.
- Ya va… ya va… ustedes los de la ciudad siempre con prisa. Se piensan que son los únicos que tienen algo importante que hacer, creen que los de pueblo nos tocamos la tripa todo el día, ¿verdad? Pues no señor… nosotros estamos tan ocupados como ustedes, para que lo sepa. – se relamió los labios ante algo que veía en la pantalla, y sin apartar la vista del ordenador, cogió una calculadora mugrienta.
- No dudo que esté usted muy ocupado, señor. Pero yo lo estoy más, y si no se da prisa con la cuenta, le aseguro que a partir de ahora tendrá que hacer las sumas con el culo.
- ¿Quiere esperar un minuto, maldita sea? Le he dicho que ya voy. – cabreado se apartó del ordenador y empezó a teclear números en la calculadora.
Harry echó un vistazo disimulado a la pantalla. Lo suponía. Por la expresión de repugnante lascivia en la sudorosa cara del tipo, lo había imaginado. Era uno de esos babosos mirones de páginas pornográficas infantiles en Internet. Un pedófilo de mierda.
El tipo le miró, dándose cuenta que Harry había descubierto su secreto. Pero sabía que había pasado la noche con otro hombre, así que por consiguiente era un degenerado. No sólo no diría nada sino que hasta le podía sacar jugo. Con un guiño cómplice y una sonrisa repulsiva giró el monitor hacia él.
- ¿Qué le parece? Mire que culitos tan sugerentes para darles unos cuantos azotes. Usted entiende de esto, supongo. Si lo desea, por muy poco dinero, puedo suministrarle jovencitos tiernos y complacientes que se dejarían bajar los pantalones sin decir esta boca es mía.
Harry se sintió asqueado. El fofo dueño del hotel era uno de esos cabrones que se la cascaban contemplando la humillación de seres indefensos. Y él sabía demasiado sobre eso. Lo había sufrido dolorosamente en su propia carne. Sintió hervirle la sangre y deseó colgarle de los huevos y dejarle allí hasta que muriera de inanición.
- ¿Sabe que le digo? Que no me apetece dar mi dinero a cerdos como usted. Así que ahórrese las cuentas porque no voy a pagarle. Y además… - de un plumazo el hombre quedó completamente desnudo y atado por las muñecas a una columna en su espalda. – ya me contará si le ha resultado divertido cuando sus próximos clientes vengan y le encuentren… así. Tal vez entonces pensará que la vergüenza no es tan excitante. Buenos días, señor.
Dejando al hombre boquiabierto y demasiado impactado para siquiera protestar, Harry salió del establecimiento, no sin antes asegurarse de conjurar una columna de humo con la varita. Parecería que se había desatado un incendio y en cuestión de veinte minutos, el local rebosaría hasta la bandera de vecinos cargados de mangueras y cubos de agua. El cerdo iba a tener ración de humillación hasta el fin de sus días.
Cogió el coche y condujo hacia el faro sin pérdida de tiempo. Ashley era una mujer que había conocido el día anterior en un pueblo próximo al que se encontraba ahora. Era veterinaria, de unos cuarenta años, soltera, y por lo que dedujo en el poco rato que pasó con ella, amable e inteligente. Cuando Harry le describió a la persona que buscaba, como siempre hacía, le pareció que la mujer había tenido la intención de hablar y luego se había arrepentido. Se había marchado con la sensación de que sabía algo. Y por lo visto, no se había equivocado.
Su deseo de dar con Draco era tan apremiante que durante todo el trayecto fue repitiéndose mentalmente que no debía hacerse ilusiones, que tal vez todo quedara en nada, que llevaba cinco años buscándole, que decenas de veces le habían asegurado conocer a un rubio como el de su descripción y luego había resultado ser otra persona. No quería volcar sus esperanzas en este encuentro y que luego todo quedara en una ilusión convertida en humo, como tantas veces antes.
El faro se destacó imponente sobre el espigón y Harry aparcó el coche a un centenar de metros de allí. Caminando llegó hasta donde había quedado con la mujer. Ella ya había llegado. Se levantó de la piedra donde estaba sentada y tendiéndole la mano se acercó a él. Harry la saludó, e impaciente, le ofreció un cigarrillo que ella rechazó. Con mal disimulado apremio, encendió el suyo y le pidió que hablara.
- Verá… - empezó la mujer, mientras caminaban hacia el rompeolas – Ayer, cuando me preguntó por su amigo… - le miró, escudriñando su reacción – el que está buscando desde hace tanto…
- ¿Sabe algo? Por favor… tengo que encontrarle. Ya le expliqué que está enfermo y es mi… un amigo especial.
- Sí, sí… - Ashley agitó la mano en el aire – no es esa la cuestión. La cosa es que… que sé donde está, – Harry la agarró del brazo y la detuvo en seco – pero… no me podía fiar de usted a la primera, ¿comprende? Otros antes que usted indagaron acerca de él y… resultaron no ser de fiar. Lo supe luego. Por él.
- ¿Quiere decir que… que está aquí? ¿Con usted? – Harry no podía creer en su buena suerte.
Ashley asintió.
- En algo me mintió ayer, no está enfermo.
- Bueno… - Harry dio una larga calada al pitillo – Es cierto. Era por dar pena. Por sonar más convincente. Pero le juro que es un buen amigo. Y que… ha sufrido mucho.
- De eso no tengo ninguna duda. El caso es que… antes de decirle a usted nada, quería hablar con él. Cuando le describí cómo era la persona que había preguntado por él…
- ¿Accedió a verme?
- Al principio no. Me hizo jurar que no le diría nada. Pero por la noche, pareció pensarlo mejor y me dio permiso para hablar con usted. Así que aquí estoy. Supongo que él mejor que nadie sabe lo que hace.
- ¿Cuánto hace que le conoce?
- Llegó aquí hace cinco años. Le encontré medio muerto en la playa y con ayuda de mi perro y unos arneses conseguí subirle al coche y traerle hasta aquí. Estaba tan malherido que me parecía imposible que aun viviera. Le curé, no le hice preguntas, y se quedó conmigo un tiempo.
- ¿Un tiempo? Pero… ¿entonces?
- Cuando estuvo recuperado del todo se marchó. Pero hace ahora un año, volvió. Dijo que tenía una deuda conmigo y que… - sonrió y tomó una calada del cigarrillo de Harry – no había encontrado un lugar mejor para quedarse. Así que desde entonces vive conmigo. Me ayuda con mi trabajo y me hace compañía. Esto es muy solitario, pero a él parece gustarle. Y a mí me gusta que viva conmigo.
Harry sonrió también.
- Yo también tengo una deuda con él. Una enorme. ¿Vamos ya? – miró alrededor, ansioso por irse cuanto antes - ¿Dónde está su coche?
- Está ahí detrás, aparcado, pero no hace falta, – señaló el faro – vivo aquí. Los dos vivimos aquí. Este faro hace tiempo que no se usa, hay otro nuevo a diez kilómetros. Así que lo compré y ahora es mi casa.
Harry miró hacia arriba, impresionado. Desde la terraza circular que bordeaba los potentes focos, Draco le miraba, con los antebrazos apoyados en la barandilla de hierro. Desde abajo podía distinguir su indefinible pelo rubio, largo hasta los hombros y recogido en una coleta. Iba vestido de oscuro, como solía ser de su agrado. El corazón se le paró momentáneamente. ¿Y si había cambiado? ¿Y si no tenían nada que decirse? Nunca habían tenido ocasión de hablar mucho, ni de conocerse, pero en aquellos pocos días sus almas habían estado cerca, muy cerca la una de la otra. ¿Y si ahora todo eso no era nada? ¿Si no quedaba nada de ese “entendimiento”? Draco le había dicho incluso que le amaba. Pero habían pasado cinco años y aquello parecía haber ocurrido en otra vida. En una paralela o soñada. Ahora que le había encontrado, que le tenía tan cerca, sentía miedo. Puntualizando... Sentía pánico.
- ¿Señor Potter? – Ashley le sacó del estupor - ¿No quiere subir?
- Sí… claro. Aunque…
- Tal vez desee que sea él quien baje.
- Pues…
Ashley hizo una seña a Draco. Era evidente que el moreno estaba acojonado y empezaba a darle lástima. El rubio desapareció de la barandilla y dos minutos más tarde apareció por la puerta del faro.
Harry tuvo que controlarse para no dejar que el mareo que sentía le hiciera caer redondo. Estaba hiperventilando y la veterinaria se percató de su malestar.
- Relájese. Ya le he dicho que quiere verle. Si no, no estaría aquí. – apoyó la mano en su brazo – Les dejo solos. Ah… me gustaría que se quedase a cenar. Si todo va bien, ya me entiende…
Harry asintió con la cabeza. Ashley desapareció tras la puerta y Draco se acercó a él, muy despacio. En su rostro, esa medio sonrisa tan suya. Delgado pero condenadamente atractivo, vestía unos vaqueros negros gastados y una camiseta azul oscura. Harry no sabía que hacer con sus manos, con sus pies, con su cuerpo, con sus palabras…
- Eh… hola… estás… aquí.
- Hola, Harry.
Se abrazaron, algo cortados al principio, pero el abrazo se hizo algo más intenso unos segundos después. Se miraron a los ojos y… se separaron.
- Al final me has encontrado.
- ¿Al… final?
- Conociéndote, me juego el cuello a que me has estado buscando. Para darme las gracias.
- Pues… sí. No tuve ocasión de hacerlo entonces. Me diste con la puerta en las narices, – ironizó - ¿Recuerdas?
- Sí, lo recuerdo. ¿Y qué es de tu vida? Supongo que te colmarían de honores en el Ministerio, – Draco anduvo hacia el camino de tierra que bajaba a una pequeña playita junto al faro, Harry le siguió – lo mereces.
Harry no contestó.
- ¿Qué fue de la tuya, Draco? ¿Qué… qué pasó cuando me fui?
- Oh, bueno. Lo normal en esos casos, ya sabes. Unas cuantas sesiones de caricias a modo de escarmiento para el resto de mi vida y… desbandada general. Debían suponer que ibas a volver a por mí.
- Lo hice, Draco. Al día siguiente. Y ya no estabas; no había nadie.
- Los mortífagos son rápidos huyendo.
- Dime… ¿Por qué no te…?
- ¿Mataron? Mi padre era el jefe, Harry. Eso me salvó. Después de destrozarme me sacó de allí sin que nadie me viera. Me echó sin más, como se tira un saco de basura. Supongo que debo estarle agradecido.
- Sí… supongo.
Una vez en la playa, se sentaron en la orilla y Harry sacó el paquete de tabaco. Ofreció a Draco, que aceptó y durante un rato fumaron en silencio, aparentemente absortos en el movimiento y el sonido rítmico y relajante de las olas.
- ¿Te quedarás a cenar? – preguntó Draco por fin rompiendo el silencio, al cabo de un rato. Le miró fijamente y Harry sintió una repentina e inesperada punzada de deseo.
- Si no te importa…
- Has llegado hasta aquí, no vas a marcharte ahora con el estomago vacío. – se puso en pie y se sacudió los pantalones - ¿Vamos? Quiero ayudar a Ashley con la cena.
A Harry le pareció detectar cierto resentimiento en la voz de Draco. Se puso de pie y le detuvo agarrándole del brazo.
- Draco… yo…
- Lo sé, Harry. Has venido para darme las gracias.
- Necesitaba encontrarte, ¿Lo entiendes? Necesitaba saber que estabas bien, que habías sobrevivido. Quería que supieras que…
- ¿Qué…? – una débil esperanza latió en el corazón de Draco.
- Que… que dije a todos lo que pasó. Tu buen nombre está restaurado. Puedes volver cuando quieras.
La esperanza murió, como la llamita de una cerilla en medio de un vendaval.
- No voy a volver, Harry. Pero te lo agradezco. Al menos no me recordarán como un monstruo. Vamos a casa, anda. Empieza a refrescar.
Después de cenar, Ashley insistió a Harry para que se quedase a dormir. Era tarde y estaba cansado, además, se resistía a dejar tan pronto a Draco ahora que le había encontrado, así que aceptó la oferta. La mujer le mostró su habitación y les dio las buenas noches, suponiendo que tendrían mucho de qué hablar.
Harry fue hasta el coche y recogió su exiguo equipaje. Al volver, Draco le esperaba en la puerta.
- Tengo que cerrar con llave. Ashley es algo miedosa.
- Claro – Harry se apresuró a entrar y Draco dio una cariñosa palmada en las ancas a Thor, el gran mastín de Ashley, para que saliera a dormir a su caseta.
- Es un perro precioso. – apuntó Harry, dejando su bolsa encima de un sillón.
- Sí… él fue quien me encontró. Y después me arrastró hasta el coche, según me contó Ashley. Es un animal noble. Se puede confiar en él.
Draco cerró la puerta y se volvió hacia Harry.
- ¿Quieres tomar algo?
- Bueno… un whisky estaría bien, gracias.
- Siéntate. ¿Con hielo?
Harry se sentó en el sofá frente a la chimenea apagada.
- Solo, gracias.
- Harry… deja de darme las gracias a cada frase, ¿vale? – colocó en la mesita frente a él dos vasos y un cenicero y se sentó a su lado.
Con gesto nervioso, Harry cogió su vaso y dio un largo trago.
- Ashley y tú… ¿Estáis…?
- ¿Liados? – Draco dio también un sorbo a su bebida y sonrió – No. Nada de eso. Las mujeres no tienen nada que hacer conmigo, Harry.
- Pero… yo pensaba… Parkinson era tu novia. Antes de…
- Mi novia impuesta, sí. Nunca la amé. Ni siquiera disfruté uno sólo de los polvos con ella. Sólo era una farsa. Lo que se suponía se esperaba de mí, de los dos.
- Ya…
- ¿Y tú? ¿Cómo te va?
- Yo, he tenido varios ligues. Nada duradero. Ahora salgo con un chico de mi departamento, Harvey.
- Genial.
- Sí, supongo.
- ¿Otro whisky?
- Claro, grac… ¡Oh!, lo olvidaba, – levantó las manos a modo de disculpa - no más gracias por esta noche.
Los dos rompieron a reír y encendieron sendos pitillos con la misma llama. Después, un tenso silencio se instaló entre ellos. Harry habló el primero.
- Hace frío.
Draco se levantó y cogió una caja de cerillas de la repisa de la chimenea.
- Déjame hacerlo – dijo Harry sacando la varita.
- Adelante, yo perdí la mía. Bueno, para ser más exactos, mi padre no tuvo el detalle de dármela cuando me expulsó.
Un agradable fuego ardió tras la orden mágica y un pase de varita. Draco miró con una punzada de envidia la maniobra.
- ¿Ella es muggle, no? – preguntó Harry.
- Cien por cien, sí. Auque tuviera varita, no podría usarla, así que tampoco la echo demasiado de menos.
- Oye… - Harry carraspeó y miró fijamente sus manos.
- ¿Sí?
- Nuestro encuentro de antes… ha sido un tanto frío. ¿No crees?
- Es posible – Draco miró de soslayo a Harry, intentando descifrar a donde quería llegar.
Harry se aproximó a él unos centímetros.
- Tenía tantas ganas de verte que… me parece que actué como un gilipollas.
- Quieres decir, ¿igual que yo?
- No sé si tú lo hiciste, pero yo sí. – le miró de hito en hito - Draco…
- Dime, Harry.
Un suspiro prolongado salió de la boca del moreno.
- Tengo tanto que…
- ¿…agradecerme?
- Dijimos no más agradecimientos por hoy, – rió Harry – no, no era eso.
- Touché. ¿Qué era entonces? – preguntó Draco, acomodándose mejor en el sofá.
- Tengo tanto que decirte, que no sé por dónde empezar.
- Shhh… No digas nada, Harry. No es necesario – Draco posó sus dedos en los labios de Harry, acallando lo que imaginaba iba a ser una sarta de disculpas por no haberle encontrado antes, o una nueva andanada de agradecimientos por haberle salvado la vida.
- Déjame hablar, Draco – protestó Harry retirando su mano con delicadeza - Aquel día… el último día, cuando me ayudaste a escapar. Dijiste algo, me pareció entender algo, pero… no estoy seguro.
- Dije que te amaba – admitió Draco con serenidad. – Entendiste bien, Harry.
- Yo… - terminó el whisky de un trago y rellenó el vaso por tercera vez – Todos estos años, no he dejado de pensar en aquello, ¿sabes? He soñado casi cada noche con aquel instante. Me he preguntado miles de veces si…
- Harry. – le interrumpió Draco – Aunque yo te ame, y tú estés agradecido, eso no te obliga a corresponderme.
- ¿Todavía sientes algo por mí?
Draco se recostó contra el respaldo del sofá.
- ¿De verdad quieres saberlo?
- Sí. De verdad.
Si le decía que sí, que le amaba todavía, que cada mañana de esos cinco años se había despertado con su imagen en la retina, con su olor envolviéndole, y el sonido de su voz acariciándole, si le decía todo eso… ¿Se quedaría? ¿Cambiaría algo para él? ¿Le diría lo que tanto deseaba escuchar, que él también le amaba, más que a nada en el mundo? ¿O le miraría con lástima, y disculpándose le diría justo lo que no quería oír, que lo sentía mucho, pero no podía corresponderle?
- El tiempo pasa y las cosas cambian. Ninguno de los dos somos como entonces, Harry. – contestó al fin, con deliberada ambigüedad.
Harry dejó el vaso sobre la mesa y se acercó a Draco. Parecía aliviado, pensó el rubio con algo de pesar. Pero sintió un delicioso e inesperado escalofrío cuando de improviso, empezó acariciarle despacio el pelo y tirando de la goma que apresaba su melena, la soltó sobre sus hombros.
No obstante, aun sintió mucho más, algo muy parecido a una corriente eléctrica, cuando muy bajito, le preguntó a bocajarro.
- ¿Puedo besarte?
- ¿Tú que crees…? – intentó parecer relajado, casi indiferente, aunque el corazón galopaba desbocado en su interior.
Sin soltar la melena del rubio, Harry le atrajo hacia sí y cerrando ambos los ojos, unieron por primera vez sus labios. Segundos más tarde y sin despegar la boca de la suya, Harry le acostó sobre el sofá, a la vez que seguía acariciando su pelo.
- Creo que puedo – jadeó.
- Sí, es evidente que sí, Potter.
Impacientes ya, y desenfrenado el deseo, sobraron las palabras. Ambos lucharon contra la ropa del otro, sin dejar de mirarse a los ojos y devorarse con la mirada. Pronto, botones, cremalleras y cordones dejaron de cumplir su función y las ropas volaron hacia la alfombra, como los molestos impedimentos que eran para sus ardientes pretensiones.
- ¿Y si baja Ashley? – se interrumpió Harry de repente.
- No bajará, tranquilo. Nunca lo hace cuando estoy con un hombre aquí. Pero si quieres ir a mi habitación…
- No creo que en este momento consiguiera llegar hasta allí, Draco.
- Entonces olvídate de Ashley. Piensa que estamos solos. – Draco se levantó un momento y avivó las llamas de la chimenea con el atizador. Cuando volvió al amplio sofá, se colocó sobre Harry, ya los dos desnudos y preparados para el combate del amor. – Así está mejor. Buen fuego, buen sexo.
El moreno atacó de nuevo con avidez la boca de Draco y acarició sus nalgas firmes y suaves, notaba el sexo endurecido contra su vientre, sentía su calor y su avidez, le sentía lleno de vida, de ardor. Draco besó enloquecido el pecho de Harry, lamió sus pezones, rastreó su vientre con la lengua y llegó hasta su sexo ya henchido, besando, lamiendo, succionando. Se incorporó sobre las manos y con suavidad, separó las piernas de su amante.
Siempre tenía la precaución de guardar un tubo de lubricante en una caja, en el estante inferior de la mesita. Ashley lo había visto y había decidido dejarlo allí, condescendiente. Su rubio compañero era joven y se sentía muy solo. No sería ella la que pusiera impedimentos para que se solazara cuanto pudiera.
Draco lo cogió y extendiendo una generosa dosis en sus dedos, se agachó entre las piernas de Harry y procedió a aplicarlo en su entrada. Tan pronto el moreno sintió el frío y resbaladizo ungüento entre sus nalgas, cerró las piernas y se retiró hacia atrás, sentándose tan bruscamente que casi tira a Draco del sofá.
- ¿Qué… qué te pasa, Harry?
- ¡No! – negó con vehemencia el moreno – No puedo.
El rubio se maldijo a sí mismo por haber sido tan poco inteligente. Todas las experiencias dejan huella, y aquellas por las que había pasado Harry, todavía más, se dijo. Tenía que haberlo imaginado.
- Vale, tranquilo. Lo siento. No importa. – dijo con voz tranquila, a la vez que le acariciaba los hombros. Haciéndose sitio entre el cuerpo de Harry y el sofá, se acostó debajo de éste y se ofreció a él, separando sus piernas – Hazlo tú. Házmelo tú, Harry.
Harry cogió el tubo de lubricante de manos de Draco y esforzándose por serenar su respiración, lo presionó con manos temblorosas.
- Lo siento… pero no soy capaz de hacerlo de otra forma.
- Te he dicho que está bien, Harry. Ahora, hazme el amor.
La súplica no demoró en ser atendida. Entre besos y abrazos, palabras entrecortadas y caricias, Harry le penetró con tanta dulzura que el rubio sintió como si por primera vez en su vida estuviese realmente haciendo el amor. Experimentó una total plenitud por dentro, en cuerpo y alma. Se maravillo de cómo alguien tan maltratado era capaz de amar con tanta dulzura.
Draco volvió a comprender que le amaba, que le necesitaba a su lado. Para dormirse y despertar junto a él, todos los días del resto de su vida.
Harry descargó su deseo y su simiente en el interior de Draco en un orgasmo intenso y prolongado, contagiando rápidamente al rubio, que se sumó junto a él en el éxtasis. Se abrazaron y besaron con tanta pasión que hasta ellos mismos resultaron sorprendidos. Como si no hubiera en el mundo nada más importante. Como si no hubiera un mañana.
Y cuando Harry se dejó caer al lado de Draco, extenuado, éste pensó que realmente no lo habría. Creía conocer algo al gryffindor y presentía que al día siguiente se marcharía. Volvería a su vida. A un mundo que Draco sabía no le hacía feliz, pero que le reclamaba porque le necesitaba. Era auror, un servidor de la sociedad y del mundo mágico, y tenía unos compromisos. Con la humanidad y consigo mismo. Potter parecía destinado a no complacerse nunca a sí mismo. A vivir siempre su vida para otras vidas, a entregar su felicidad y su futuro a otros. Y si Draco se había hecho ilusiones de que él iba a formar parte de ese futuro, en ese momento, mientras le sentía respirar tan cerca de él, supo que más le valía ir deshaciéndolas. Cuanto antes. Antes de que dejarle ir por segunda vez, doliera tanto que no fuera capaz de soportarlo.
Exhausto, triste y demasiado lleno de amor para separarse de él tan pronto, evitó recordarle que a cada uno le esperaba una mullida cama en un dormitorio individual, y le acarició, confortó y arrulló el resto de la noche. Le cobijó entre sus brazos y cuando su respiración se hizo lenta y profunda y supo que dormía, le habló en susurros.
- Ahora responderé a tu pregunta, león. Te amo. Sí, te amo y ojala tú sintieras lo mismo. Ojala no salieras mañana otra vez de mi vida, porque ya no sé que voy a hacer sin ti, maldito gryffindor. He evitado verte todos estos años pero tú, terco como una mula, has tenido que buscarme. Y cómo no… encontrarme. Mañana cuando te marches, moriré por dentro. Pero aun así, me alegro de que me hayas encontrado. Porque el recuerdo de que hayas estado dentro de mí me salvará de la locura el resto de mi vida, amor. Te amo, Harry Potter. Te amo, puñetero héroe. Te amo…
***
Harry se marchó al día siguiente, como Draco había temido que haría.
Las siguientes semanas fueron como un lento rosario de tristeza y frío para el rubio, que veía pasar los días en una lánguida agonía, teñida de desesperanza y de resignación.
Ashley se enfadó mucho con el misterioso visitante, que había dejado a su amigo en tal estado. Se preguntó a qué demonios había venido, para qué le había buscado durante tantos años para ahora, una vez que le había encontrado, volver a dejarle solo. Draco suspiraba por los rincones, le seguía ayudando en sus visitas, cuando tocaba vacunar a los rebaños, aliviar a algún caballo de una indigestión o desparasitar a perros y gatos. Pero lo hacía con la mente muy lejos, y con la mirada muy triste. La mujer le propuso unas vacaciones al sur de Francia, a climas más calidos y amables que ése, tan sombrío que resultaba a la fuerza contraproducente para un alma atormentada. Pero Draco rechazó la amable oferta. No iba a disfrutar, le dijo, sería una pérdida de tiempo y de dinero. Sin embargo, él sí se iba a marchar. Se quedaría con ella hasta la primavera, para que no pasara el invierno sola en aquellos parajes tan desolados. Pero en primavera se iría. Ya era tiempo de enfrentar su vida solo. Y lejos.
Ashley no pudo más que asentir. Le aseguró que iba a echarle mucho de menos, pero que lo comprendía. Le agradeció que hubiera decidido pasar el invierno con ella y le intentó animar, afirmándole que tendría mucha suerte en su nueva vida. Que la merecía. Y que de vez en cuando le iría a visitar en donde quiera que estuviera su nuevo hogar.
*
Una noche especialmente desbrida, Draco salió al exterior, alertado por los insistentes ladridos del perro. Una ligera capa de escarcha cubría los brezos y las piedras del espigón. Thor no dejaba de ladrar y el joven pensó que algún zorro le habría puesto los dientes largos y los bigotes tiesos. El perro estaba adiestrado para no dar caza a ningún animal que se le pusiera a tiro, pero eso no significaba que su instinto no le instara a ladrarle como un loco.
- ¡Thor! ¿Dónde estás? ¡Ven aquí, perro malo y deja de alborotar! – el perrazo se acercó obediente, moviendo el rabo - A Ashley le duele la cabeza y como no te calles te va a cortar las pelotas.
Draco se agachó y palmeó el lomo peludo del animal.
- Buen chico… así se hace. Ahora calla, vigila, y deja de meterte con los que son más pequeños que tú, ¿vale?
Un ladrido bronco fue la respuesta de Thor.
- ¿Pero no me has oído? ¿Qué te acabo de decir?
- Draco…
Draco se volvió como si le hubieran pinchado con un tenedor, y sintió como si toda la sangre le hubiera bajado a los pies.
Harry estaba parado frente a él. Abrigado con una parka enorme y una bufanda roja que le hizo evocar tiempos pasados. Le miraba a través de las gafas húmedas con una expresión que, si Draco no hubiera quedado tan impactado, le podía haber resultado graciosa, mezcla de arrepentimiento y ternura. Con cara de niño malo que ha roto el jarrón de porcelana china y no sabe como empezar a dar explicaciones.
Cuando Harry despertó aquella mañana, después de hacer el amor a Draco sobre el sofá y caer dormido a su lado, supo que tenía que marcharse. Había cerrado el círculo. Le había encontrado, habían hablado y habían unido algo más que sus almas. Era el momento de volver a su vida y de dejar a Draco vivir la suya.
Volvió a Londres, a su trabajo y a los brazos de Harvey. Intentó no pensar más en el pasado, pasar página y empezar de nuevo. Intentó ser moderadamente feliz, dedicarse a su desatendido novio con más ahínco y retomar al fin las riendas de su vida.
Pero no resultó.
Harvey le invitó un día a comer para decirle que le agradecía mucho los esfuerzos, pero que él le amaba de corazón y sabía que nunca se iba a sentir correspondido. Harry asintió en silencio, no intentó replicar, ni convencerle de lo contrario. El muchacho tenía razón. Nunca conseguiría hacerse un sitio exclusivo y especial en su corazón.
Nunca como Draco.
- He vuelto.
- Ya… Ya lo veo.
- Yo…, quiero…, quería…, venía a…
Draco suspiró. Éste era el Harry del colegio. Balbuceante y patoso. Pero encantador. De pronto lo tenía delante, con su bufanda gryffindor, sus mejillas encendidas por el frío y sus gafas empañadas. Mascullando no se sabía qué.
- Harry. ¿Quieres pasar? Estás helado, y yo corro el riesgo de estarlo si sigo aquí un minuto más.
- ¿Estás solo?
- No, Ashley está en casa, pero se ha acostado con dolor de cabeza. Pasa, anda…
- No…
- ¿No? – Draco nunca entendería a este elemento. Por más que le adorara. Y por más que creyera conocerle.
- Draco. Yo…
- ¿Sí, Harry? – el rubio tiritó violentamente, sólo llevaba puesto un jersey de lana, a todas luces insuficiente para el viento cortante y gélido. Harry parecía no enterarse de que iban a salirle carámbanos en la punta de la nariz de un momento a otro.
- Yo… Te quiero.
El frío desapareció de golpe para Draco.
- ¿Cómo dices?
- Que te quiero.
- Harry… - le cogió del brazo, apeteciendo con envidia su cálida parka – ya te dije que no confundieras agradecimiento con am…
- He dicho que te amo, Draco Malfoy. Me ha costado lo mío darme cuenta, venir hasta aquí y decírtelo después de lo estúpido que he sido todo este tiempo. Así que no me lo pongas muy difícil, o de un momento a otro perderé la dignidad y empezaré a suplicarte de rodillas que me des una oportunidad.
Draco levantó una ceja y volvió a tiritar.
- ¿De verdad me amas, Harry?
- De verdad, Draco.
- Pues abre esa parka, méteme dentro, abrázame, y no dejes que salga nunca más.
- ¿Qué…? ¡Ah…! – Harry rió tontamente - ¿Tienes frío? Ven aquí…
Desabrochó los botones del chaquetón y lo abrió, invitador. Draco se acurrucó en su interior y Harry cerró la prenda sobre los dos. El rubio aspiró el aroma familiar, amado, añorado, y sintió un repentino e intenso golpe de felicidad. Se arrebujó en el calor que emanaba de Harry y supo que éste le acompañaría siempre. Que Harry era suyo. Que le amaba. ¡Le amaba!
Y sonrió, feliz.
***
Diez años después…
Draco dibujaba indolente con sus dedos sobre el pecho sudoroso de Harry. Sonrió con ternura recordando a su valiente auror, tan firme y autoritario al frente de sus brigadas, y tan tierno aquella vez, hacía ya diez años, cuando fue a buscarle al faro. Estaba tan… gryffindor. Tanto como ahora. Desnudo y abandonado a sus caricias.
- ¿Qué diablos haces, amor? – preguntó Harry alzando la cabeza y mirando su torso.
- Escribo… - contestó Draco, evasivo.
- Ah… ¿Y qué pones?
- Pues… - Draco garabateó sobre el estomago de Harry y luego depositó un besito suave sobre su ombligo – Pongo que acabo de hacer el amor al hombre que amo. Y que me ha gustado tanto, tanto, que… - un nuevo beso aterrizó algo más abajo – que quiero hacérselo todos los días. Si él me deja...
Harry se estiró perezoso y le miró.
- ¿Todos, todos los días?
- Todos, amor.
- Humm… tengo que pensarlo. – sonriendo, abrazó al rubio y se enredó entre sus piernas – Draco…
- ¿Mmmm…?
- Ya lo he pensado. Quiero que me hagas el amor todos los días.
Había sido duro, habían llorado juntos y hasta se habían planteado, más de una vez, abandonar. Pasaba el tiempo y Harry no conseguía entregarse a Draco. Por más que lo intentaba, era incapaz de dejarse ir, de ofrecer su cuerpo a la amorosa invasión. Pero poco a poco, beso a beso y caricia a caricia, Draco lo había conseguido. Y Harry se sentía por fin completo.
Completo y libre.
- ¿Todos los días? – Draco le miró con cara de susto.
Harry se tumbó sobre él y besó sus labios, apartó el flequillo rubio de la frente y le miró a los ojos.
- Bueno… podemos negociarlo, amor.
- Lo negociaremos mañana. Te toca, leoncito – contestó mimoso. Rodeó con sus piernas la cintura de Harry y se preparó de nuevo para el amor.
Los fantasmas del pasado habían sido definitivamente desterrados. Ya no tenían sitio en sus vidas, no tenían ni siquiera derecho a un mal recuerdo o una inoportuna pesadilla.
El prisionero y el mortífago ya no existían.
Harry y Draco los habían sustituido.
Y eran, al fin, libres.
FIN
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