- Dígale que vendré entre semana. Que quiéralo o no, Atarí es mi hijo y tanto su hermano como yo tendremos que verlo... su madre está loca... – repetía Richard a Orlando lo que el hombre, el padre de Atarí, había dicho al traerlo pasadas las diez y no a las nueve como había dicho.
Desde entonces, Atarí no se veía bien. Ya demacrado había hablado con su madre y Orlando. Tristemente había fingido, sacarle una palabra de la verdad era tan imposible como extender los brazos y alejarlo de la triste realidad en la que se veía inmerso.
Habló de cuanto había visto, lo que había comido y el dinero que le habían dado de regalo para que se comprase lo que quisiera. La única razón para la que se refirió de su padre nuevamente, fue para confirmar las amenazas veladas que Richard ya había dicho a su madre cuando había regresado: “Era su hijo... tenía derecho a ver que fuera bien”.
“¡Maldito hijo de puta!”, la amenaza había degenerado en una impotencia de la cual Marín Alioth no era capaz de sobrellevar. Se podría negar a que lo viera... ¿Pero bajo que pretextos? ¿Maltrato? ¿Abandono de hogar? ¿Qué simplemente no quería que lo viera por que su medio hermano había abusado de él hacía cuatro años? Sonaba inverosímil, a mentira, por que hasta para quienes lo tenían en certeza como ella, Orlando y Atarí, eso sonaba falso. Y en todo caso, no querían remover algo que ya creían enterrado.
Tenía que ceder y eso la desgarraba. Partía en dos la de por si delicada relación de madre e hijo. “Lo siento cariño”, pero decirlo sonaba como ‘no me importa’ ó ‘qué se le va a hacer’. Quizá, a pesar de lo que podía llegar a sonar de su boca, pese a la falsedad con que hubiera sido expresado, no hubiera estado tan mal. Atarí no le habría importado. Pero de sus labios, no salió nada...
- Quédate con él... sé que no debería de pedirlo, pero duerman juntos... cuídalo... – y no fue necesario más. Orlando lo haría, se lo hizo saber cuando tomó la mano de Atarí y lo guió por los oscuros pasillos de Bruselas casi a punto de ser medianoche.
***
- ¿Cómo es? – y quería una confirmación de lo monstruoso que podía llegar a ser Deneví. Quería oír una historia cruenta de maltratos interminables, un abuso seguido de otro y Atarí, por encima de todo ello, callando en eterno silencio por el bien de la unión de la familia sin importar que en ello estuviese su dolor particular.
Era demasiado novelesco, él lo sabía. Sonaba a falacia una tras otra. Los ojos de Atarí, reluciendo ante la pequeña lámpara de noche que no había querido apagar por un repentino terror a la oscuridad, se lo decían. Silenciosos, enmarcados en ambas cejas arqueadas de escepticismo que le decían: “No, él no es así. Él es bueno. Es alguien que se equivocó una vez”. El mohín divertido con el que su rostro se burlaba ante la idea tan errónea y pueril del ‘bien’ y el ‘mal’ y la falta de visión de un sencillo punto medio en el que el ser humano solía fluctuar por su naturaleza. Bien, Orlando lo sabía, pero quería la confirmación que no llegaba.
Lo abrazaba más estrechamente, hundiendo su cara burlona en su cuello y haciéndolo estirarse desde la punta de los pies hasta el último hueso de la espalda. Oyéndolo respingar levemente contra la piel de su pecho y en agradecimiento por la cercanía de su postura, implacablemente prodigar un beso tras otro.
- Que se yo... – murmuraba de pronto, lejano y distraído, como si nada de eso tuviera sentido.
Ellos dos, juntos, solos y sin miedo. A sabiendas de la generosidad de su madre por dejarlos dormir juntos y reprimir las ganas de cruzarle el rostro a Orlando –o al mismo Atarí, si se enteraba de que no era ‘la dulce víctima’ de la historia de su extraño amor-. Era paz, todo ello era paz. No quería mandarla lejos, tanto que jamás la pudiera encontrar en el propio mundo de sus terrores vagos y silentes.
Entristecido de una forma repentina, comprendió que tenía que ser así, por que Orlando así lo pedía, lo suplicaba – si no eres tú el que me diga, entonces no tendré a quien preguntarle – repetía a modo de terquedad su razonamiento. Aflojaba el agarre que sus manos tenían detrás de la espalda de Atarí, que por primera vez usaba ropa pues temía, si en ello cabía, que su madre entrara y tuviera que imaginar lo que hacía una media hora hacían con fogosidad y acariciaba la piel en movimientos alargados que en vano usaba como estrategia para convencerlo.
- ¿Para qué quieres saber? – preguntaba, no pudiendo reprimir la mueca de desprecio que esbozaba de recordar los detalles.
- Por qué... – “Por que te quiero, idiota. Por qué me preocupas y quiero que seas débil para protegerte...”, pensó, formando las palabras en sus labios como un soliloquio, conforme avanzaban con rapidez en su pensamiento, pero sin atreverse a decirlas por miedo a no expresar lo que quería – realmente no lo sé... supongo que quiero que seas una victima... quiero oír una violación... una de verdad y no como... como cuando te colabas en mi cama y me hostigabas hasta tener lo que querías...
Y cerraba los ojos. Veía, reflejado en si mismo y en sus palabras, la idiotez suprema y la falta de tacto. Veía, como si sólo con los ojos del alma se aparecieran, las miles de personalidades entre las que Atarí se debatía en desaparecer. Barajaba las posibilidades como si estas fueran en verdad naipes de una baraja: Brusco... mudo... burlesco... loco... ¿Sexual?... la manera en que éstas le podían sacar la vuelta al asunto ya le daban a la conversación un matiz fúnebre. La sorpresa, la verdadera en mucho tiempo, se la llevó al ver que aceptaba todo con una madurez impropia a su personalidad, a la verdadera, que a todo le sacaba vuelta, y actuaba como si mismo.
- Bien, pregunta, pero tendrás que ser específico... tendré que agregar que... – y remolón hundió el rostro entre las cobijas y su cuerpo, susurró – me apena que sepas tanto... lo de la violación, me refiero... no me gusta que mi madre sea tan soplona – y tras sus palabras, Orlando ya lo veía con las mejillas arreboladas y los ojos cerrados, ocultando su verdadero color por un rato, al menos mientras la hora de las confidencias estuviera...
¿Qué preguntar? Ante todo, tenía que salir de dudas grotescas...
- ¿Te golpeó?
- No...
- ¿Te gritó?
- No...
Dos preguntas, dos nulas respuestas que le pusieron los pelos de punta.
- ¿Entonces qué? – y en su tono de voz, la exasperación se hizo presente - ¿Acaso me dirás que te engatusó con palabras de amor y que te las creíste? – sin quererlo, había escupido su teoría con un veneno inusitado en si. Ni él mismo se reconocía de pronto tan malvado...
- No, él me violó, así de sencillo – y ahora si, haciendo gala de su berrinche, usaba sus manos como barrera para tenerlo tan cerca.
Se sentaba en la cama, no intentando ir más lejos, pues la mano de Orlando se cerraba con celo en su muñeca, sabiendo que con ello su escapatoria era nula, pero no por ello más agradable.
- ¿Tiene que ser hoy, ahora precisamente? – preguntó sin ocultar el dejo de fastidio en que su voz, exitosamente, ocultaba su desazón.
- Si, hoy. Creo que si no lo haces me ocultaras algo. No quiero que tengas tiempo de darles vueltas. ¡Dilo ahora, por que si no luego me mentirás!
- Bien, pero quiero que sepas que tienes la sensibilidad de un vegetal... – masculló con los ojos entrecerrados – jugábamos y....
- ¡Por favor, no salgas con tonterías! ¿Era a las escondidas con partes del cuerpo? ¿Un juego de mesa de quitarse prendas? – estallaba en tensión, de pronto no quería oír, pero no tenía corazón para decirlo.
Había rogado, para después amenazar por una respuesta a sus preguntas. La tenía, pero de pronto no sonaba tan apetecible. Se calló, no soltando su mano por si huía, y como si ello fue se una señal, Atarí seguía... encorvado, ligeramente más niño, más menor a pesar de que acababa de cumplir catorce años. Pequeño, casi comprimible en un abrazo que no le quería dar hasta que en su comprensión estuviera todo junto.
- No... – y al parecer, no podía seguir hablando así, algo en el pecho le asfixiaba cada fibra de su ser, amenazando con colapsarlo.
Con una mirada, regresó a los brazos de Orlando. Rehuyendo de sus ojos, pero dispuesto a darle lo que deseaba...
- ¿Alguna vez has jugado a preguntar? Tienes que decir si o no, y hacerlo bien. Si no, hay castigo... jugábamos mucho a eso... era divertido hacerle preguntas difíciles y hacerle lavar la vajilla en la cena... no importaba tampoco perder, eran cosas simples...
- Con Hil, antes de venir... me mojó con una manguera y yo a ella, nos prohibieron jugar de nuevo – “A si que no era tan monstruoso”, pensó mientras hablaba como autómata, recordando el peor resfriado de su vida - ¿Qué tiene que ver eso?
- ¿Símbolo químico del mercurio?
- No entiendo que...
- Hg... ¿Ves? – se giró para quedar de frente y le hizo ver, soportar el dolor en sus ojos acuosos – ¡No sabía siquiera que era un maldito símbolo químico! ¡No era un sí o un no! ¡Era trampa y me había hecho perder! Me dijo que me desnudara bailando, que era mi castigo... pensé... yo pensé que la gracia en ello era por que hacía frío... pero él no se reía... me abrazó diciendo que temblaba... dijo que el suelo estaba frío y me senté en sus piernas... me pellizcaba y creo que lloré mientras lo hacía, temblé cuando le pregunté si me podía vestir... me dijo no, y ganó... quise que sufriera y lo hice desnudarse... que se arrodillara para sentir el piso helado... lo hizo, pero me atrajo hacía él, apretando mi espalda entre sus manos, hundiendo su lengua entre mis piernas... ¿Suena soez, verdad?
Furioso, Orlando soltó su mano húmeda, no de miedo, si no de nervios. No era Atarí con quien hablaba...
- Si, lo suena... pero es que también me gustó... – aplastado contra la cama por Orlando, aun sonreía - ¿Te molesta que lo diga a-así? – la palma que se cerró en torno a su cuello intensificó su fuerza y en un instante torció los ojos y sacó la lengua en una fingida muerte dramática – No lo harías... – retó con sorna.
- No, la mejor puta de mi harén tiene que vivir – y haciendo gala de un valor y un descaro que no poseía, apretó... - ¿Te gustó?
Miró en sus ojos la chispa de la vida que creía extinta y ahí estaba, tan repulsiva e insolente, la verdad: un si rotundo...
- Has ganado... pero igual me dirás...
- Fue en extremo doloroso... en la cama y con calma... había perdido de nuevo... no cesaba de repetir que tenía las nalgas heladas... ¡Demonios, él me había sentado en el suelo y luego lo reclamaba! – hizo un gesto torvo – fue lo que más me hizo enojar: una simple tontería. Pude haber aguantado por que así era el juego, no quejarse... pero me hizo llorar... sentir menos por algo que ni era mi culpa... que no podía cambiar... ¡Unas nalgas heladas! ¿Lo puedes creer?
- Si... – y en su mente estaba una de las últimas peleas con su tío; la humillación que experimentó al ver ofendida a Hil, cuando esta no venía al caso en la discusión, un deseo irreprimible de vergüenza que aun prevalecía como una herida sangrante; en definitiva, la sensación le era conocida - ¿Y luego? ¿Aceptaste seguir jugando?
- No, yo le pedí jugar... ¿Vas a apretar por ello? – con un hilo de voz señaló la mano que ya mostraba los nudillos blancos en demostración de su esfuerzo. La aflojaba, pero no era ello lo que quería ‘la victima’...
Quería serlo en verdad, digna de una lástima suprema. Soportar estoicamente los golpes por venir y las ofensas; obtener con ello un moretón... sangre... algo, que demostrase su valía y su actitud de mártir, aun cuando todo ello fuera fantochada.
- ¡¿No era eso lo que querías, Orlando?! ¡Eh! – y sin más, tiraba de la muñeca hacía arriba golpeando con la palma de la mano su rostro - ¡Eh! – y arremetía desde su posición, incrédulo de que ante el segundo golpe, no hubiera una represalia.
Orlando se había limitado simplemente a no verlo, temía que de hacerlo le iba a dar lástima y sabía cuanto la detestaba el verdadero Atarí. Que era imposible ver piedad en ojos ajenos por él, por que de haberla, se alteraba aun más.
- Ya no quiero que sea así... – dijo de pronto Orlando; los golpes cesaron, pero las manos no bajaron. Atarí lo aferraba como se debe aferrar a lo que se ama... pero incrédulo de no recibir al menos lo que merecía, no se atrevía a demostrar nada más – no te quiero golpear... no me obligues siquiera a desearlo...
Lo soltaba, completamente seguro de que eso no le agradaría a Atarí, pero por primera vez, lo que él deseaba no era algo que deseara cumplir. Sentado en la cama y sopesando sus acciones venideras, fue que se alzó en amago de irse de una vez. Acción que no llegó a realizarse, por que Atarí se había aferrado a su cintura y negaba su huida.
- ¡No te puedes ir! ¡No me puedes dejar solo por que yo te quiero! ¡Eres cruel! – y con el sentimiento de perdida tan intenso que experimentó, verdaderas lágrimas fluyeron de sus ojos y fueron a dar contra la espalda de Orlando.
Mas que conmovedor, resultaba irritante. Al punto en que, exasperado, Orlando le empujó bruscamente y lo hizo soltarse de su espalda. Con fuerza desmedida, se arrancó del brazo la mano temblorosa de Atarí, quien veía lo lejos que había llegado para hacerlo enojar y lo equivocado que había estado.
- ¡No te vayas! – y se afianzaba de nuevo contra él, abrazándolo en el proceso y dando torpes besos que no le eran correspondidos mas que con una mirada torva.
- No me voy a ir... – y uniendo la acción con las palabras, se dejaba caer de espaldas en el mullido colchón – le prometí a tu madre que no lo haría... – palabras equivocadas...
- Pues si sólo es por eso, te puedes ir – y olvidando su resolución de unos segundos atrás, ahora indignado, lo corría - ¡Lárgate!
- No – y recibía un puñetazo contra la quijada. Uno furioso, de fuerza desmedida que no iba en proporción con el cuerpo atacante. El entumecimiento que seguía y la rabia que bullía en su interior encontraron la excusa perfecta para responder con una sonora bofetada que le cruzó el rostro a Atarí e interpuso una distancia entre los dos - ¡Madura, no me puedes golpear cuando lo desees! – se tocaba el labio y miraba con coraje las pequeñas gotas de sangre que manchaban sus dedos - ¡Maldito mocoso berrinchudo! ¡Ya no te aguanto!
- ¡Pues vete! – e indignado, aun con la mano cubriendo su mejilla y los ojos llorosos, señalaba la puerta con un dedo - ¡De una jodida vez, lárgate y déjame en paz!
Se saboreó, decirlo le dio poder que vio reflejado en el llanto que al fin soltó y que limpió de golpe, arañándose el rostro; un simple: No.
Y sin más que decirse, que una mirada de un profundo desprecio, se bajaba de la cama y tomaba lugar en el frío piso. Contenía el barboteo de malas palabras que acudían a su cabeza y dando la espalda a la cama en la que Atarí aun lo veía incrédulo, cerraba los ojos para disponerse a dormir.
Lo mismo hizo Atarí, quien rechinando los dientes, se metió en la cama y se arropó hasta por encima de la cabeza.
- Buenas noches, Orlando – y tiraba la almohada de enseguida al suelo. Quizá un afán de molestar, pero ambos sabían... el ‘gracias’, llegó sin veneno instantes después...
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retrasos =_= no por que no tenga escrito, si no por que no tengo pc disponible.
¿Comentarios?
Besucos de la Marbius!
p.d. T_T Artemisa, te extraño, plis, mándame un correo, tengo que saber de ti...



