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Notas del capítulo:
Hola y Feliz Año! Por fin, después de —como siempre últimamente ^^U— más tiempo del esperado, os traigo un nuevo capítulo de AC… y no uno cualquiera, porque ya es el penúltimo! Sí, la historia está llegando a su fin, y me da penita, pero ya no hay más que contar, así que sólo queda el último capítulo, y, esta vez sí, el epílogo ;) Muchísimas gracias por todos vuestros comentarios, lamento en esta ocasión no haberlos respondido, pero se me ha echado el tiempo encima y no quería esperar más a actualizar. A ver si para el próximo al menos me planifico mejor. Un besazo a todas, y hasta el próximo capítulo!
XXV


Sábado, 5 de enero de 2008 (cont.)

Era tremendamente aburrido estar todo el día metido en casa, sobre todo si no tenías televisión por cable y la programación normal te parecía una basura. Pero las órdenes de Jack habían sido claras: ni salir a la calle, mucho menos para acercarse al Fallen Angels, ni responder al timbre ni al teléfono hasta nuevo aviso.
Ian, Nathan y Jack se habían marchado de la ciudad. De Ross y Tom no sabían nada. Y el Fallen Angels llevaba una semana cerrado a cal y canto.
Mickey bufó. ¿Qué demonios estaba pasando?
Continuó haciendo zapping por hacer algo. Despatarrado junto a él en el sofá, estaba Takeshi, leyendo atentamente una especie de folleto publicitario.
—¿Qué es eso? —le preguntó para distraerse, más que porque en realidad le interesara.
—Un anuncio de una agencia de modelos —respondió Takeshi sin despegar la vista del papel.
—Oh.
Le sorprendió un poco que Takeshi siguiera con lo de querer ser modelo, teniendo en cuenta que hacía tiempo que no hablaba del tema. No pudo evitar mirar a su compañero de piso más atentamente, observando su cabello negro completamente liso, sus bellos ojos negros rasgados y su tez lisa y clara como la porcelana. Y su cuerpo no estaba tampoco nada mal, no era muy musculoso pero sí lo suficientemente alto. Podía lograrlo.
—Ey, dime una cosa… —Takeshi levantó la vista hacia él—. ¿Qué pasaría si consigues ser modelo, un modelo de éxito, y un día se descubre tu pasado? Quiero decir, si se descubriera que te has dedicado a la prostitución…
Takeshi se encogió de hombros.
—Más publicidad —murmuró.
Mickey abrió mucho los ojos, incrédulo.
—¿Y ya está? ¿Más publicidad?
—En realidad depende de en qué momento de mi carrera se descubriera. Si esa “publicidad” me ayudara a ponerme en el punto de mira, bendita sea. Pero si ocurre en la cumbre de mi carrera… sería una putada, no lo dudo.
Y explicado esto siguió mirando el folleto.
Mickey se le quedó mirando un rato más sin decir nada. Luego desvió la vista de nuevo hacia el televisor, aunque no le prestaba atención realmente.
Takeshi tenía claro lo que ambicionaba hacer en la vida. Ian se había marchado para recuperar la suya. Nathan estaba por fin con Jack, que era todo lo que quería. Y Eric… Eric debía estar metido en algo que no podía ni imaginar.
Todos estaban siguiendo su camino, con mayor o menor suerte.
¿Qué debería hacer él?


Los minutos transcurrían inexorablemente lentos en aquella sala de espera del Hospital Universitario de Newark. Eric desistió de mirar el reloj para saber con exactitud cuántas horas habían pasado desde su llegada.
Desde que Nicholas se había ido a la UCI para estar con Marc que no sabían nada. El muchacho se decía a sí mismo que la ausencia de noticias eran buenas noticias, pero le costaba convencerse de ello.
En un momento dado, observó el anillo plano y ancho de plata que decoraba el dedo corazón de su mano izquierda. Recordó aquellos tiempos en que tan enamorado creía estar de Sean, el chico con el que experimentó su primer beso; sin embargo, qué nimios le parecían ahora esos sentimientos al compararlos con los que Marc le provocaba.
De vez en cuando, sus pensamientos pasaban de Marc a su madre. Eric la recordaba vagamente como una mujer castaña, pero era incapaz de concretar sus rasgos; y también cariñosa, aunque tampoco podía precisar qué gestos le hacían recordarla de esa manera. No tenía ni idea de qué cara poner cuando la viera, ni podía imaginar qué cara pondría ella. Tenía apenas cinco años cuando su padre se lo llevó de su lado, ¿le reconocería ahora, después de tantos años?
La tercera persona que ocupaba sus pensamientos, después de Marc y su madre, era Nathan.
Distraídamente, llevó una mano a su bolsillo, palpando su teléfono móvil por encima de la tela. Lo había intentado, pero era demasiado para él lidiar con todo aquello solo. Necesitaba a su amigo a su lado. Hacía un rato que se había decidido a mandarle un mensaje, ya que aún no se atrevía a llamar, del que sin embargo no había obtenido respuesta, y empezaba a preocuparse también por él.
«No puede haberle pasado nada. Está con Jack», intentó convencerse a sí mismo.
Le dolía la cabeza de tantas preocupaciones, por lo que empezó a masajearse las sienes.
De pronto, alguien carraspeó muy cerca de él.
Levantó la vista. Frente a él estaba el joven que había llegado con el hermano de Nicholas. Aprovechó para pasear la vista por la sala. Peter seguía sentado al otro lado, muy callado. A Carla la habían avisado de que el secuaz de Abruzzi que había sobrevivido al tiroteo estaba despierto, por lo que había ido a interrogarle, o eso le había parecido oír. Josh, Samuel y Kevin tampoco estaban: seguramente habrían bajado a la cafetería a cenar algo, pues ya había anochecido.
—Hola. No nos han presentado… —Acto seguido el joven le tendió la mano con un atisbo de lo que parecía timidez en sus ojos, de un color azul tan claro que le recordaron inmediatamente a los de Álex, y tuvo un estremecimiento—. Me llamo Daniel. Daniel Carter. Soy el novio de Nicholas, el hermano de Marc.
Eric estrechó sin fuerza la mano que le tendían sin saber qué debería responder.
—Yo soy… —¿Cuál era la respuesta correcta? ¿Un amigo de Marc? ¿El chapero que se folló una vez? ¿El ex testigo que el detective había querido proteger a pesar de ser ya inservible? ¿O el culpable de que estuviera en la UCI de aquel hospital en estado grave?—. Yo soy… Eric —dijo finalmente.
Ni siquiera podía decir su apellido porque no sabía ni cuál era. Qué triste.
Daniel se sentó a su lado.
—¿Eres el novio de Marc? —le preguntó sin tapujos.
Eric dio un respingo. Aquello le había pillado completamente desprevenido.
¿El novio de Marc? ¿Él? En tales circunstancias, esa posibilidad se le antojaba de lo más absurda. Miró fijamente a Daniel, preguntándose por qué habría llegado a esa conclusión. Pronto creyó saberlo. Todos los demás ya se habían presentado, unos como amigos, en el caso de Josh, Samuel y Kevin, y otros además como compañeros, como Carla y Peter. Sólo quedaba él en la sala que pudiera tener esa identidad.
Y en el momento en que su mente le jugó la mala pasada de imaginárselo por un breve segundo, se dio cuenta de cuánto quería que hubiera sido así. Novios. Como ese Daniel y el hermano de Nicholas. Novios, tan simple como eso.
—No, yo… Es complicado —contestó finalmente. Y antes de que Daniel pudiera seguir preguntando, se levantó—. Lo siento… —murmuró antes de echar a andar rápidamente.
Ni siquiera le preocupó haber sido descortés por marcharse de esa manera en medio de una conversación. La pregunta del tal Daniel había sido como una puñalada, un perfecto ejemplo de lo que significaba “poner el dedo en la llaga”, y estaba demasiado ofuscado como para permanecer en esa maldita sala de espera ni un minuto más. Salió al pasillo y encaminó sus pasos sin pensar realmente en ningún lugar al que dirigirse.
—Eric…
Se detuvo de golpe y miró a su derecha, el lugar de donde había provenido aquella conocida voz. El alivio y la ansiedad se entremezclaron en la expresión de su cara.
Era Nathan. Estaba allí, de pie, vestido con sus vaqueros desgastados y una chaqueta de chándal blanca, y exactamente la misma expresión que él.
—Nathan… —gimió.
Su primer impulso fue abalanzarse sobre él y abrazarle, pero sus pies parecían haber sido clavados en el suelo. Fue Nathan el que acortó distancias, aunque tampoco parecía decidido a efectuar ningún movimiento más destacado. También se dio cuenta de que el recién llegado le estaba escudriñando el rostro, donde los moratones habían perdido intensidad pero aún eran perfectamente visibles.
—Te lo dije ayer pero te lo repito: no tienes ni idea de cuánto lo siento… —musitó finalmente el rubio.
—Yo también… —Eric tragó saliva con dificultad, pues tenía un nudo enorme en la garganta. Sabía que iba a ponerse a llorar de un momento a otro.
—Tú no tienes por qué…
—Sí, sí tengo. Porque dudé de ti… Creí a ese asesino sin ni siquiera preguntarte tu versión… Lo siento tanto…
Nathan negó con la cabeza a mismo tiempo que su mano derecha se posaba tentativamente en el brazo izquierdo de Eric.
El recuerdo de lo pasado con Álex, la angustia que había sentido durante los días en que había creído que Nathan le había traicionado, sumado al estado de Marc, pudieron con el escaso control del chico y rompió a llorar.
El brazo de Nathan pasó inmediatamente a rodearle por los hombros y lo atrajo hacia él con suavidad. Eric se apresuró a esconder el rostro en el cuello de su amigo.
—¿Cómo está Marc…? —preguntó Nathan con cautela.
—Sigue igual…
—Lo siento…
—No tenías por qué venir hasta aquí…
—Claro que sí…
Eric no discutió más esa cuestión, pues en realidad estaba encantado con que Nathan no se hubiera conformado con responderle el mensaje o llamarle, sino que se hubiera aparecido en el hospital.
—¿Y Jack? —preguntó, acordándose de pronto de su jefe.
—Ahí mismo.
Eric levantó la cabeza, sorprendido, y miró en la dirección que Nathan le señalaba. En efecto, Jack estaba a apenas unos metros de ellos, pero lo suficientemente alejado como para brindarles algo de intimidad en su conversación. Cuando vio que le miraban se acercó a ellos.
—Hola, Eric.
—Hola, Jack…
—Me alegra ver que estás bien.
El muchacho se separó de su amigo para abrazar también a Jack, aunque de forma menos efusiva.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el dueño del Fallen Angels.
Aunque sabía que era la pregunta más lógica, también era la más difícil de responder. Eric no sabía por dónde empezar. Jack notó el agobio del chico y decidió echarle un cable formulando preguntas más concretas.
—Pues… Bueno, después de que ese tipo me atacara, entendí que ya sabían quién era y que iban a por mí, así que busqué ayuda…
A su lado, Nathan se puso rígido. Aún se sentía culpable.
—Y decidiste acudir a ese policía. —El tono de Jack no era de reproche, ni siquiera al pronunciar las dos últimas palabras.
—Él me llevó a un hospital, y luego a su casa. Me convenció de que atestiguara sobre lo que me había pasado y también sobre lo que pasó en casa de Robert, que me protegerían, pero el tipo que me atacó apareció muerto, y luego no sé qué pasó pero Marc me hizo saber que habían decidido no contar con mi declaración…
Ambos, Nathan y Jack, abrieron la boca de la indignación.
—¿Así, sin más? —inquirió Nathan.
—Sí… Y claro, no me quedaba otra que marcharme de la ciudad, así que fui a Penn Station y pillé el primer tren de Amtrak que salía, pero otro secuaz de Abruzzi se metió en el tren, me hizo bajar en la primera estación… Allí estaba Marc, y…
Se le quebró la voz al llegar a ese punto. Nathan y Jack dedujeron rápidamente el final de la historia y no siguieron preguntando. El primero colocó su mano en el hombro del muchacho.
—Lo siento mucho… —repitió.
Eric negó con la cabeza, pues seguía sin voz.
—Te ofrecería para llevarte con nosotros, pero supongo que te vas a quedar aquí con él —dijo Jack.
Asintió.
—Yo tampoco me voy a mover de aquí —dijo Nathan mirando a Jack—. Si tú quieres irte y luego…
—No me voy a ningún sitio sin ti —le cortó Jack.
—Nathan, no hace falta que te quedes… —musitó Eric, haciendo un enorme esfuerzo para hablar sin echarse a llorar otra vez.
—Claro que sí. Ya te he fallado lo suficiente…
—No digas eso…
—En ese caso, voy a pasarme por la cafetería a cenar algo —dijo Jack mirando su reloj—. Y luego deberíais ir vosotros. O mejor ir vosotros primero…
—No, ve tú antes. Luego iremos nosotros —dijo Nathan.
Eric asintió, aunque sabía que sería incapaz de tomar nada.
En cuanto Jack se alejó por el pasillo, Eric se volvió hacia Nathan.
—Tengo que contarte algo…
—¿El qué? —preguntó Nathan, preocupado.
—Es sobre… mi madre.
—¿Tu madre?
—Sí… Ven, volvamos a la sala de espera. Allí podremos sentarnos…
Ambos chicos empezaron a caminar.
—¿Qué ocurre con ella? —preguntó Nathan, curioso.
—¿Recuerdas que te conté que había muerto cuando yo tenía cinco años? —Nathan asintió—. Bien, pues no es así. Mi padre me mintió; mi madre está viva y esta noche llegará a la ciudad.
Nathan detuvo sus pasos de golpe, impactado.
Al ver su cara de estupefacción, Eric pensó que la suya propia al oír la noticia de boca de Peter habría sido peor, y no pudo evitar sonreír levemente.
—¿Cómo…? —empezó Nathan, pero estaba tan asombrado que no fue capaz de formular coherentemente la pregunta.
—Marc lo averiguó todo —respondió Eric, aún sonriendo. Marc no sólo le había salvado la vida, también le había devuelto a su madre…
Entonces el chico miró hacia el interior de la sala de espera, a la que estaban a punto de entrar, y la sonrisa se le borró de la cara.
De pie, hablando en voz baja pero nerviosa con Peter, había una mujer de unos treinta y tantos años, alta y delgada, con el cabello castaño claro recogido en una coleta baja. A su lado había un hombre, de unos cuarenta, también alto y complexión mediana tirando a robusta, con el cabello cobrizo lleno de canas y expresión algo más tranquila.
Al escuchar sus pasos, Peter y la mujer se giraron hacia él. La mujer abrió los ojos como platos, y luego lentamente se llevó una mano al pecho.
—Eric… —susurró.
El aludido se quedó paralizado en el sitio. No reconocía a la mujer, pero la identidad de la desconocida resultaba evidente. Su madre ya había llegado.
El hombre que la acompañaba, presuntamente su segundo marido, colocó momentáneamente una mano en su hombro en señal de ánimo.
La mujer empezó a caminar lentamente hacia Eric. En ese momento todos los demás presentes desaparecieron del campo de visión del muchacho, quien sólo era ya capaz de prestar atención a la recién llegada. Permaneció quieto y esperó a que la mujer llegara a él.
Cuando Laura Cullen finalmente se plantó delante de Eric, éste se dio cuenta de que tenía los ojos rasgados y de color gris al igual que él. También reconoció la nariz respingona como rasgo común. De hecho, aquella mujer se parecía increíblemente a él. Recordó la apariencia de su padre, con el que no guardaba ningún parecido. Era evidente que había salido a su madre.
Algo que ahora ya entendía, era el por qué de la actitud de su padre con él. Frank sólo le había llevado con él por venganza hacia su madre, no sentía ningún cariño fraternal hacia su hijo. Por un lado era descorazonador, pero por el otro… poco le importaba eso ya.
—¿Te… te acuerdas de mí…? —preguntó la mujer, que a cada segundo que pasaba parecía más nerviosa.
El timbre de su voz le resultaba familiar, pero no estaba seguro de si su mente, ansiosa por recordar, le estaría jugando una mala pasada.
—Vagamente… —murmuró.
Los ojos de Laura se aguaron. Eric se sintió mal por ello, pero no iba a mentirle. Sus recuerdos eran en verdad muy difusos, ni siquiera podía ponerles cara. Si sabía que esa mujer era su madre era sólo por el parecido físico.
—Lo siento mucho, cariño… —Y el muchacho supo al instante a qué se refería: el que su padre le llevara con él.
—¿Me buscaste al menos…? —preguntó en voz baja.
—¡Claro que sí! —exclamó ella—. Llamé a la policía, a los federales, pagué a un detective, e incluso investigué por mi cuenta… pero tu padre borró muy bien vuestro rastro.
—Vivíamos en Odessa… —murmuró Eric.
—Ahora lo sé, me lo dijo el agente Miller esta mañana…
—¿Dónde vivíamos antes?
—En Chicago…
—Eso es donde vives ahora.
—Nunca me atreví a mudarme… Siempre tuve la esperanza de que tu padre recapacitara y te llevara de vuelta conmigo algún día…
Por la expresión desolada de su rostro y el tono quebrado de su voz, Laura Cullen parecía sincera, pero Eric también observó que parecía a punto de desmayarse. El hombre que la acompañaba también debió notarlo, puesto que se acercó a ella y la agarró por los hombros.
—¿Por qué no os sentáis? —preguntó mirando a Eric con amabilidad.
—De acuerdo… —murmuró Eric.
—Por cierto, yo soy Richard… —saludó el hombre, tendiéndole la mano derecha, sin soltar a su mujer con la otra.
Eric le estrechó la mano al que supuso era su padrastro, y luego les siguió a él y a su madre hacia un rincón de la sala bajo la mirada mal disimulada del resto de presentes.


Mientras observaba a su hermano menor, Nicholas se sentía cada vez peor. No sólo por verle en ese estado, sino porque cada vez era más consciente del alejamiento que habían protagonizado ambos. Desde que invitara a Marc a celebrar con él la Navidad en Jacksonville, no había sabido nada de él, hasta que Peter Hodges le había llamado para decirle que le habían disparado en el transcurso de una operación policial y que estaba grave.
Mantuvo la vista la frente durante un tiempo indefinido, hasta que de pronto un casi imperceptible movimiento captó su atención. Bajó la mirada de inmediato y la posó sobre el rostro de su hermano. Unos pocos segundos después el movimiento se repitió: Marc estaba contrayendo el rostro, como si estuviera sintiendo algún tipo de dolor. Y si sentía dolor, era porque estaba recobrando la consciencia: una muy buena señal.
Nicholas se inclinó hacia él, a la vez que le cogía de la mano.
—¿Marc? —le llamó—. Marc, ¿me oyes?
Observó cómo Marc contraía el rostro un par de veces más, y luego lo relajaba un poco.
—¿Nick…? —musitó el detective sin abrir los ojos—. ¿Eres tú…?
Demasiado feliz por escuchar su voz, Nicholas ignoró que le hubiera llamado por ese diminutivo que tanto le desagradaba.
—Soy yo… Hola, Marc…
—¿Q-qué haces aquí…?
—Bueno, me llamaron a casa para contarme que a mi hermano pequeño le habían pegado un tiro, y me pareció una excusa perfecta para hacerle una visita —saltó Nicholas con ironía contenida.
Marc intentó sonreír, pero sólo le salió una mueca. Seguía con los ojos cerrados.
—Es una b-buena excusa, sí… —Poco a poco el sopor que le invadía iba desapareciendo y su mente se despejaba—. ¿Qué hora es…? —preguntó.
—Casi las once de la noche. Llevas horas inconsciente.
—¿Q-qué daños tengo…?
—La bala te ha perforado el estómago, el intestino delgado y el colon, además de perder mucha sangre… —Nicholas apretó su mano más fuerte—. Marc… —empezó.
—Nick… —interrumpió el detective—. N-no irás a darme la charla ahora, ¿verdad…?
Fue el turno de Nicholas de intentar sonreír.
—Debería hacerlo. Me has dado un buen susto, ¿sabes…?
La voz de Nicholas tembló. Marc lo notó, y tuvo la necesidad de abrir los ojos, lo que no le resultó fácil, ya que sentía los párpados pegados. Cuando lo consiguió, buscó con la mirada desenfocada los ojos color miel de su hermano.
—Lamento… haberte asustado.
Nicholas no dijo nada. Siguió apretando su mano.
La mirada de Marc vagó por la figura de su hermano. Estaba más moreno que la última vez que le había visto, durante aquella visita fugaz que su hermano le hizo en abril. Llevaba un jersey blanco, arremangado hasta los codos, que resaltaba aún más el tono tostado de su piel. Se fijó en que en la parte interior del codo izquierdo tenía una mancha amarilla, presumiblemente yodo, con una tirita encima.
—¿Y eso…? —preguntó.
Nicholas siguió la mirada de su hermano hasta su brazo.
—Ah, eso. Sí, por lo visto has acabado con todas las reservas de A- del hospital…
—¿Y has donado…?
—Claro. Además, tú podrías necesitar más…
Marc esperó unos segundos antes de volver a hablar.
—Sabes, precisamente ayer estuve pensando en ti…
—¿Ah, sí? ¿Y qué pensabas? —se interesó Nicholas.
Pero el detective no respondió, ya que entonces recordó algo muy importante y se tensó.
—Nick, ¿sabes si Carla está aquí…? —preguntó—. Tengo que hablar con ella… y con Lucas…
—Marc, no te alteres —le reprendió Nicholas.
—Vale, ¿pero está aquí o no? —insistió.
—Sí, Carla está aquí —respondió el psiquiatra—. Y Peter también. Y esos dos amigos tuyos, eh… Josh y Samuel, ¿puede ser? Y otros dos que no conozco.
—¿Cómo son…?
—Uno es un hombre pelirrojo, de veintimuchos o treinta y pocos, y el otro es un chico joven, castaño con…
—Kevin y… Eric… —murmuró Marc.
—Y también está Daniel, que me ha acompañado —añadió Nicholas, sin reparar en el tono con el que su hermano había pronunciado el segundo nombre—. Mira, por fin vas a conocerle.
—Nicholas, tengo que hablar con Carla…
—Está bien, está bien, voy a decirle al doctor Morgan que estás despierto, y luego voy a por Carla… —Nicholas se levantó, e iba a soltar la mano de Marc cuando éste le retuvo—. ¿Qué…?
—Antes de hablar con Carla… me gustaría hacerlo un momento con el chico, con Eric… —En realidad sólo quería verle, comprobar con sus propios ojos que estaba bien después del tiroteo en el que se había visto envuelto.
Nicholas le miró extrañado; quiso preguntar, pero intuyó que no era el momento.
—Está bien. Tú espera aquí, ¿vale? —Le guiñó un ojo.
—Vale… —Marc hizo otra mueca, más parecida esta vez a una sonrisa.


Después de que entre Laura y Richard Cullen le contaran a Eric cómo Marc se había puesto en contacto con ellos y luego Peter, haciéndole saber que sentían mucho lo que le había pasado al detective de narcóticos, Eric supuso que era su turno para explicar lo sucedido en la estación de Newark.
—Supongo que querréis saber por qué me perseguía ese hombre que ha disparado a Marc… —empezó.
Laura y Richard se miraron entre ellos.
—El agente Hodges nos lo ha contado todo por teléfono… —murmuró Laura.
Eric sintió por un momento que se ahogaba.
—¿Todo…?
—Sí…
Se hizo un tenso silencio entre los tres durante casi un minuto.
—Yo… he traído esto... —dijo Laura al fin, rebuscando en su bolso—. Bueno, en realidad lo llevo siempre en la cartera.
Eric miró el papel que le tendían. Era un dibujo de un castillo muy rudimentario, dibujado seguramente por un niño de cuatro o cinco años de edad. En un lado había una mujer dibujada, y debajo, en letras grandes y toscas, ponía “mamá”.
No reconoció el dibujo, pero entendió a dónde quería llegar la mujer.
—¿Es mío? —preguntó, aunque conocía la respuesta.
—Sí… —contestó Laura—. Sé que ahora mismo no recuerdas mucho, pero he pensado que si veías esto… Y tengo muchos más dibujos tuyos en casa, y tu ropa, tus juguetes… Cuando estemos de vuelta en Chicago te mostraré todo lo…
Eric alzó bruscamente la mirada.
—¿Qué? —exclamó.
—¿Qué he… dicho? —preguntó Laura, confusa.
—¿Volver con vosotros a Chicago? —repitió.
El dolor y el desconcierto fueron evidentes en el rostro de Laura.
—¿No vas a venir con…? —empezó la mujer, pero de pronto cambió de expresión a una más resuelta—. Eric, por supuesto que vas a venir con nosotros. En Nueva York no estás seguro, y no voy a dejar que te marches a ningún lado y que sigas pros…
No pudo terminar la frase. El rostro de Eric ardió, tras confirmar que, efectivamente, Peter se lo había contado “todo”. Miró fugazmente al agente del FBI, aún sentado junto a Carla, pero éste no se percató.
—Además, eres menor —intervino Richard—. Tienes que venir con nosotros.
El muchacho quiso replicar, pero no había argumento posible.
—Eric… —musitó Laura, y seguidamente, de forma lenta y dubitativa, posó su mano abierta sobre la nuca de su hijo, obsequiándole con una leve caricia.
El contacto provocó en Eric un estremecimiento. No porque le desagradara, al contrario: ese gesto de su madre se le hacía muy agradable y familiar. Y recordó que ya en el hospital Monte Sinaí, mientras esperaban noticias de Nathan tras su desmayo, ya había observado el mismo gesto en una mujer hacia su hijo y había tenido una extraña sensación nostálgica. Ahora ya sabía por qué: acababa de recordar que su madre solía acariciarle la nuca cuando era pequeño para tranquilizarle cuando estaba triste o lloraba.
En ese momento Nicholas Miller entró en la sala, y Eric, olvidando todo lo demás, se levantó de un salto y avanzó hacia él. Lo mismo hizo Peter.
—¿Cómo está? —El agente del FBI fue el más rápido en efectuar la pregunta.
—Ha despertado y parece que todo va bien; el doctor Morgan está ahora con él… —respondió Nicholas, mirando directamente a Eric.
Por su parte, Eric estaba tan aliviado que ni se dio cuenta de esa rara atención que estaba recibiendo. Peter también suspiró con alivio.
—Gracias a Dios… —murmuró.
—Eric… ¿Eres Eric, verdad? —preguntó Nicholas, mirando al muchacho.
Entonces sí, el aludido se extrañó.
—Sí… ¿Por qué?
—Marc quiere hablar contigo.
Eric respiró hondo. Eso era lo que él más quería, ver y hablar con Marc, comprobar por sí mismo que Nicholas no mentía al decir que su hermano estaba bien. Sin embargo, al mismo tiempo sentía mucha ansiedad al respecto.
—Bien… —murmuró.
—Y también quiere hablar con Carla. ¿Dónde está? —preguntó Nicholas mirando a Peter.
—Está interrogando a uno del tiroteo que ha sobrevivido. En cuanto regrese aquí se lo diré.
—Gracias. —Nicholas se giró de nuevo hacia Eric—. Ven, te acompaño para enseñarte dónde es.
—De acuerdo.
Eric dio un par de pasos en dirección a Nicholas; Laura hizo un amago de ir tras él, pero desistió de inmediato. No estaba ciega, y había visto perfectamente la cara de su hijo cuando el hermano de Marc les había dado la buena noticia.
Al parecer, Peter Hodges no les había contado “todo”.
Al ver la tirita en el brazo de Nicholas, Eric recordó algo y se giró un momento hacia su madre.
—¿Tú sabes cuál es mi grupo sanguíneo?
La pregunta tomó por sorpresa a Laura, aunque pronto asintió.
—Claro… Eres A+, como yo y Emily.
Eric esbozó una sonrisa triste, y se giró de nuevo hacia Nicholas.
—Vamos…
Salieron de la sala de espera y avanzaron por un largo pasillo.
Mientras caminaban, Nicholas le lanzaba miradas a Eric, quien ni se percató, pero no llegó a preguntarle nada.
Entraron en la zona de cuidados intensivos y se detuvieron frente a un tabique acristalado con una puerta del mismo material en un lateral. En el interior estaba la cama donde reposaba Marc.
Aunque Eric había intentado prepararse mentalmente para afrontar la situación, pronto se dio cuenta de que se había quedado corto.
Eric tenía a Marc por una persona fuerte. No sólo físicamente, también tanto la personalidad como el aura del detective le habían parecido infranqueables. Para él, Marc era un punto de anclaje fijo, algo a lo que aferrarse cuando todo lo demás se tambaleaba. Siempre había sido así, desde la primera impresión.
Sin embargo, la imagen que tenía ahora frente a sus ojos no correspondía a esa idea. Aquella imagen era demasiado… frágil.
Marc estaba acostado, con la cara ladeada ligeramente hacia el lado contrario al tabique. Una fina sábana de color blanco le cubría sólo hasta la mitad del torso, dejando el tronco superior descubierto, pues no llevaba camisola, donde llevaba pegados unos pequeños electrodos. Un gran vendaje se asomaba por encima del abdomen. En la nariz tenía insertado un tubito que le suministraba oxígeno. En cada brazo llevaba clavada una aguja unida por un fino cable hasta su correspondiente bolsa, una estaba llena con un líquido transparente que supuso sería algún tipo suero y la otra con sangre. Tragó saliva y desvió la mirada de la bolsa de sangre al rostro de Marc. Estaba inusualmente pálido, y tan quieto que no daba la impresión de estar siquiera respirando.
—¿No entras?
Dio un pequeño respingo. Se había quedado tan ensimismado con la imagen de Marc que se le había olvidado que Nicholas estaba a su lado.
—Sí…
Sacando fuerzas de donde no tenía, Eric colocó la mano en el pomo de la puerta y empujó suavemente. La puerta se abrió y Eric dio un paso vacilante hacia el interior.
—Volveré en unos diez minutos, después de hablar con el doctor Morgan… —le dijo Nicholas.
—Vale…
Entró por completo en la habitación y cerró la puerta tras él. Vio de reojo que Nicholas se alejaba. Tragó saliva y anduvo un par de pasos más hacia la cama donde yacía Marc.
De cerca, la imagen era aún más desoladora. Incluso le costaba creer que el hombre que permanecía allí tumbado, inmóvil, fuera Marc.
Pero lo era. Se trataba de Marc, recién operado y todavía sin garantías de que se recuperara.
El hombre tenía los ojos cerrados y no parecía haberse percatado de su presencia.
Tras unos segundos de duda, Eric finalmente se decidió a alargar la mano para posarla sobre la del detective. Le sorprendió un poco notarla tan fría, pero seguía igual de suave que la última vez que le había acariciado con ella.
Entonces Marc abrió los ojos, giró la cabeza y le miró fijamente.
Eric tragó saliva e inconscientemente retiró su mano.
—Hola… —saludó Marc con voz débil.
—Hola… —saludó Eric.
—¿Cómo estás…?
—Eso debería preguntarlo yo, ¿no…?
Marc sonrió levemente y Eric se relajó un poco.
No había ninguna silla ni sillón en la habitación, sólo un estrecho taburete pegado a la cama. Eric se sentó en él, sin apartar la vista de Marc, y unió ambas manos sobre su regazo, sin saber muy bien qué hacer.
—¿Cómo te encuentras…? —cuestionó finalmente el muchacho.
—Pues… como si hubiera engordado cien kilos de golpe y no me pudiera mover…
—Mejor que no te muevas… —convino Eric.
—¿Tú estás bien…?
—Eso creo…
Se hizo un breve silencio.
—Hay algo de lo que pasó en la estación que no recuerdo bien… —dijo Marc de pronto.
—¿El qué? —preguntó Eric.
—Antes de que perdiera el conocimiento, te estaba contando algo… ¿Llegué a hacerlo?
—¿Lo de mi madre…?
—Eso es…
—Me lo contó Peter al llegar aquí… Y, bueno, de hecho ya está aquí en el hospital con su marido…
—Ah…
Marc estudió la cara del chico. Como habían pasado ya horas, era normal que ya no pareciera sorprendido… pero tampoco parecía muy animado, y eso le preocupaba.
—Pensé que te gustaría saber que estaba viva… —empezó.
Tras un segundo, Eric se dio cuenta de que Marc le estaba malinterpretando.
—Oh, claro que me alegra saber que está viva y además aquí conmigo… —replicó—. He alucinado bastante, positivamente, quiero decir… Pero es… raro…
—¿Raro en qué sentido?
Eric se cruzó de brazos, incómodo.
—Para empezar, Peter le ha contado que he estado… prostituyéndome…
—Tenía que hacerlo, Eric. Yo también lo habría hecho de haber tenido la ocasión.
—¿Por qué?
—Porque ella es tu madre y tú sólo tienes diecisiete años. Debe saberlo.
El muchacho le miró algo sorprendido.
—¿Tú también sabes que yo…?
—¿Que tienes diecisiete años, y no diecinueve ni veintiuno? Sí, en tu ficha de desaparecido sale tu verdadera fecha de nacimiento…
Las mejillas de Eric se tiñeron de rojo. Recién había decidido sincerarse con Marc, y ahora éste le pillaba en otra mentira. Y encima el detective parecía ahora bastante enfadado.
—¿Sabes que de habernos acostado sólo unos meses antes, habría cometido un delito? Y menos mal que la edad de consentimiento en este estado es de diecisiete y no dieciocho…
—Lo siento…
—Da igual, en realidad fue culpa mía… No debería haberme fiado de ti, y menos en el tema de la edad.
«Pero yo quiero que te fíes de mí…», pensó Eric, pero no lo dijo en voz alta. Supuso que eso ya era una tarea imposible. Marc no volvería a confiar en él nunca más.
—Marc…
—Dime.
—¿Qué va a pasar a partir de ahora?
—¿Qué quieres decir?
—¿Crees que Abruzzi intentará matarme de nuevo…?
Un profundo suspiro escapó de los labios de Marc.
—Por desgracia, me temo que sí. Pero con Alexandrovich y los Gemelos muertos, Abruzzi ha perdido de un plumazo a sus tres mejores hombres… Tardará un tiempo en reorganizarse, y eso nos dará una pequeña tregua…
—Uno de los Gemelos está vivo… —replicó Eric.
—¿Qué? —Marc abrió mucho los ojos—. ¿En serio?
—Sí, le trajeron a este mismo hospital, y ahora Carla le está interrogando…
El detective se quedó pensativo. Que un Gemelo hubiera sobrevivido al tiroteo era la mejor noticia que le habían dado en semanas. Podrían interrogarlo, y en el caso de que se negara a hablar, ofrecerle un trato… Normalmente no era partidario de los tratos, pero si gracias a uno podían llegar a Abruzzi, bienvenido fuera.
—En ese caso, aún mejor. Con un poco de suerte, le sacaremos la información suficiente para, al menos, poner a Abruzzi en prisión preventiva un tiempo… En cuanto a ti… —Marc vaciló un instante—. Supongo que te irás con tu madre a Chicago, y después de lo que ha pasado, seguro que esta vez sí que os concederán algo de protección… Aunque sólo yo y Peter conocemos la dirección de tu madre allí, no sé si sería mejor que eso siguiera así…
Después de descubrir la posible traición de su propio jefe, Marc ya no sabía en quién confiar. Quizás con que Eric se mudara con su madre y cambiara de apellido, sería suficiente para despistar a Abruzzi.
Miró al chico, quien se había quedado callado y con el rostro cabizbajo.
—¿Eric…?
El aludido levantó la mirada con expresión triste.
—¿También piensas que debería irme a Chicago con mi madre…? —preguntó.
Marc tardó unos segundos en contestar, consciente del doble sentido de la pregunta de Eric.
—Sí… —respondió finalmente—. Claro que deberías irte con ella… Es tu familia…
—Entiendo… —murmuró el muchacho.
—Eric…
—Marc, yo te quiero.
Marc parpadeó un par de veces, aturdido. Las palabras y el cambio de tono de Eric le habían pillado completamente desprevenido.
—Te dije que tenía miedo a enamorarme de ti, pero es mentira, ya estoy enamorado de ti —continuó Eric con voz firme. Ni él mismo sabía de dónde estaba sacando el valor para declararse, pero lo que sí tenía claro era que quizás ésa sería su última oportunidad—. No sé exactamente cuándo pasó, pero ha pasado, y ahora que por poco te pierdo lo tengo más claro que nunca, así que no pienso irme a ningún sitio, porque cada vez que me alejo de ti me duele más…
—Eric…
—Y tú… Tú dijiste que yo te gustaba, ¿es que eso ha cambiado? ¿Por qué quieres que me vaya?
—Eric, ni eso ha cambiado ni quiero que te vayas. Pero a veces con querer no basta, ¿entiendes? Y ahora mismo no puedes quedarte en Nueva York, ni yo puedo acompañarte a ningún otro sitio. Además, acabas de recuperar a tu madre después de doce años, ¿de verdad no prefieres estar con ella?
—No es justo que tenga que elegir…
—Pero es que no es una elección, Eric. Es tu madre y tú eres menor, debes irte con ell… Ay…
Un dolor tirante en el estómago hizo callar a Marc. Eric se levantó de un salto y se inclinó hacia él.
—¡¿Estás bien?! —preguntó preocupado.
—Sí… Me he movido sin querer… —musitó Marc—. Hazme un favor, y mira si se me han saltado los puntos… Basta que compruebes que el vendaje no esté manchado de sangre…
—De acuerdo…
Con cuidado, Eric retiró un poco la sábana que cubría a Marc y examinó atentamente el vendaje de su abdomen en busca de alguna mancha que esperaba no encontrar.
—No hay nada…
—Menos mal…
Eric colocó de nuevo la sábana. Al hacerlo, se dio cuenta de que su rostro y el de Marc estaban muy cerca. El hombre también se había dado cuenta y le miraba fijamente.
Tras un momento de indecisión, Eric agachó la cabeza y posó sus labios suavemente sobre los de Marc.
Se mantuvo así unos segundos, saboreando aquel beso robado que muy a su pesar tenía claros tintes de despedida.
Así se lo confirmó Marc cuando se separó.
—Es muy tarde —comentó el detective—. Deberías irte…
—Está bien… Pero mañana volveré para ver como estás.
—Tu madre…
—Sí, me iré con mi madre —interrumpió Eric—. Pero no creo que tengamos que marcharnos esta noche mismo, y además, hay más gente de la que quiero despedirme…
—Ten cuidado y no vayas solo a ningún sitio… Pídele si acaso a Peter que te acompañe…
—Lo haré, no te preocupes. Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Inesperadamente, Eric le dio un segundo beso, y luego dio media vuelta para salir de la habitación.
Sin tiempo para recuperarse de la conversación, Carla entró en la habitación.
—Hola, campeón —saludó la mexicana con una gran sonrisa—. Me han dicho que has tenido un día movidito.
—Qué graciosa…
—Ahora en serio… —La mujer se sentó en el taburete donde segundos antes había estado Eric y le acarició la mano—. ¿Cómo estás?
—Creo que bien… Y el doctor Morgan también lo cree.
—Me alegra oír eso… Vaya susto…
—Ya…
—Oye, ¿qué le has hecho?
—¿Eh? ¿A quién?
—A Eric. Me he cruzado con él y estaba llorando…
Marc suspiró. Ya le extrañaba que el muchacho se lo hubiera tomado tan bien… cuando a él mismo se le estaba haciendo un mundo. Eric se le había declarado… justo antes de que sus caminos se separaran.
—Me han dicho que has ido a interrogar a uno de los Gemelos que ha sobrevivido… —comentó interesado, aunque también necesitaba cambiar de tema.
—Así es, y está dispuesto a hacer un trato —dijo Carla.
—¿En serio? ¿Cómo lo has conseguido? En la mafia no suelen quebrantar el silencio.
—Me ha costado, pero cuando le he mencionado las palabras “cadena perpetua”, ha empezado a flaquear.
—¿Por cuál crimen se supone que lo iban a condenar a cadena perpetua? Nunca hemos tenido pruebas concluyentes contra él ni contra su hermano…
—Por el tuyo.
—¿Cómo?
—Le he dicho que habías fallecido a causa del disparo que efectuó, y que, por lo tanto, le podrían condenar por homicidio en primer grado de un policía estatal, ya que ya estabas herido y eso es un severo agravante. Si vieras cómo le ha cambiado la cara…
—Espera, espera… —Marc no entendía nada—. Pero si él no llegó a disparar…
—Pero eso él no lo sabe. —Carla sonrió—. Sólo recuerda hasta que te apuntó…
Lentamente Marc comprendió la trampa que Carla le había tendido al Gemelo. Sonrió.
—Carla… eres la mejor.
—Lo sé. Lo malo es que no va a hablarnos de Abruzzi…
—¿Ah, no? ¿Y de quién sino?
—Resulta que ha insinuado que Abruzzi tiene un infiltrado en narcóticos…
—Oh, ya veo… Eso es muy inteligente por su parte: consigue el trato dejando el papelón de traicionar a Abruzzi al infiltrado… O eso cree él, porque si el infiltrado nos lleva hasta Abruzzi, los dos pueden darse por muertos.
—No pareces muy sorprendido… —observó Carla, frunciendo el entrecejo.
—Ya… —Marc no sabía por dónde empezar.
—Huffman en cambio ha alucinado.
A Marc le entraron los siete males.
—¿Se lo has contado a Huffman…?
Carla le miró extrañada.
—Claro…
—¿Hace cuánto?
—Le he llamado hace un cuarto de hora, justo después de hablar con el Gemelo. —Carla vaciló—. Espera… No creerás que el infiltrado sea Huffman, ¿no?
—No lo creo… ¡Lo sé!
—¿Pero qué dices…? —exclamó la mexicana.
Marc trató de incorporarse, pero un doloroso tirón se lo impidió.
—¡Ouch!
—¿Qué haces? ¡No te muevas!
—¡Dame tu móvil!
—¿Mi móvil?
—¡Sí, tu móvil! ¡Dámelo!
Carla le pasó su teléfono. Marc marcó el número de Lucas y esperó impacientemente a que éste respondiera, con la mirada de la mujer clavada en él.
—Hola Carla, ahora mismo iba…
—Lucas, soy yo, Marc.
—¡¿Marc?! ¿Estás bien? Qué alegría oírte…
—Ya, escucha, ¿cómo va la investigación sobre Huffman? ¿Has averiguado algo?
—Pues sobre él quería hablarte, pero como no sabía que ya estabas consciente, estaba pensando en hacerlo con Carla…
—¡Lucas, al grano!
—Oh, sí, perdona. Todavía estoy esperando listas de pasajeros de las diferentes compañías aéreas, pero es que ha pasado algo que creo que puede ser importante.
—¿El qué?
—Hace unos cinco minutos que Huffman se ha marchado. Le he preguntado así como casual que a dónde iba, pero me ha lanzado una mirada asesina y ha seguido su camino. Antes le había visto en su ordenador, así que me he metido en él para indagar qué estaba haciendo, pero ha borrado el historial de búsqueda del explorador y vaciado la papelera de reciclaje, así que…
—Un billete… —susurró Marc.
—¿Qué?
—Ha comprado un billete…
A su lado, Carla le miraba con una mezcla de sorpresa y confusión.
—Oh… ¿Quieres que intente averiguar a dónde?
Marc negó lentamente con la cabeza, olvidándose de que Lucas no podía verle. Lo más probable era que Huffman hubiera usado un nombre falso, y aunque no fuera así, en ese momento no tenían nada contra él. Primero tenían que cerrar el trato con el Gemelo, y luego convencer al director de la policía estatal de Nueva York de que ordenara la búsqueda y captura de uno de sus jefes de división, todo ello teniendo en cuenta que la declaración del secuaz de Abruzzi fuera lo suficientemente consistente. Para entonces, Huffman ya estaría fuera del país.
—¿Marc…? —insistió Lucas al no obtener respuesta.
El detective soltó el teléfono, que cayó sobre su regazo, y fue recogido por Carla, que le miraba ahora preocupada.
Era inútil. El pájaro había volado.
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