Una cerveza en el estómago vacío no es un buen plan. Ni mucho menos una gran idea. Pero no le apetecía nada más. Bueno si, un porro. Eso estaría bien. Así dejaría de oír una y otra vez la maldita puerta. Porque… ¿Cuánto tiempo lleva sonando? ¿Cinco minutos? ¿Diez? ¿Todo el día? No dejaba de sonar. La muy condenada puerta no dejaba de sonar. Oh sí, y tampoco dejaba de sonar el teléfono cuyo contestador no paraba y paraba de recoger mensajes insulsos de sus amigos.
Mensajes del tipo: ¿Brian estás bien? Brian no te vemos. Pobre, seguro que estás fatal. ¿Cómo ha podido? Y encima delante de tus narices. Justin… ¡YA! No le nombréis, es la palabra tabú, esa con la que el juego acaba. Con la que pasas a la ronda siguiente si no la dices, aquella que no quiere, de momento, volver a oír. Y todo se empeñan en recordarla…
Justin, Justin, Justin.
-Mierda.
Se levanta pesadamente del suelo y va en busca de otra cerveza. Si no hay porros, otra cervecita. Así al menos caerá rendido y dejará de oír la incesante melodía resonar en su loft.
Toc, toc, toc.
Solo resuenan en su cabeza el siseo de sus pies deslizándose por el loft. Toma la cerveza “Uhm, quedan pocas…” y vuelve sobre sus pasos.
Toc, toc, toc.
“Ay que joderse”.
Se acerca sigiloso, como el gato que pretende cazar a su presa sin ser visto. Movimiento rápido y zas. Ve a través de la mirilla de quien se trata.
“Oh, no. La vieja bruja ataca de nuevo con sus macarrones al atún. Piensa en algo rápido Brian…”
-¿Brian? ¡Brian! Soy Debbie, ¿quieres abrir la puerta de una puñetera vez? Estoy cansada, me duelen las piernas y el bol pesa un cojón. ¡Abre ya!
Se muerde el labio intentando apagar la voz interna que le grita: ¡fuera Debbie! Tú y tus odiosos macarrones con atún. ¡Los odio! Y a Paganini también, como los putos violines de Strawdivarius…
“No, no. Dejemos a Paganini a un lado porque él no tiene nada que ver con Debbie”.
Con menos fuerza de la que se cree capaz, abre la puerta viendo a Debbie un tanto cabreada pero con una sonrisa en los labios que indican lo contrario.
-Brian cariño…
Debbie le ve ahí, apoyado sobre la puerta. Su camiseta favorita de tirantas negra y los pantalones desabrochados y…
-Brian no me dirás que no llevas ropa interior, ¿verdad?
-¿Por? –dijo mirándose y viendo como sobresalía algo de vello entre los botones de la misma- No. Que observadora Debbie.
Ésta entorna los ojos y se abre paso siendo Brian el que se aparta y cerrando la puerta de nuevo. Si no la cierra pronto se colará alguien más…
-Deberías ser un poco más respetuoso ¿no? Un poco más abajo y te veo toda la polla.
-¿Piensas follarme, Debbie?
No le da tiempo a reaccionar cuando siente un tremendo collejón made in Debbie.
-No te consiento esa falta de respeto, ¿te enteras?
-Sí… mamá –esto último suena con tal retintín que Debbie no puede evitar el mirarle de nuevo para ver si de verdad está hablando con Brian o con un espíritu maligno que ha decidido invadir su hermoso cuerpo.
Pero en vez de preguntar decide pasar a la acción y de la mejor de las maneras. Deja el bol de macarrones sobre la mesa mientras ve como Brian, aun sobándose el cogote, se recuesta en el suelo apoyando su espalda sobre el sofá. Se planta frente a él y rebusca algo en el bolsillo de su abrigo mostrándole un par de porros.
Al principio sus ojos evitan los de Debbie, pero cuando ve como ésta sostiene algo entre sus dedos no puede reprimir una sonrisa de victoria. “Por fin algo de alegría en este antro”.
No dice nada. Al ver su sonrisa sabe qué tiene que hacer. No sin dificultad logra sentarse a su lado, echando la espalda hacia atrás buscando una posición cómoda.
-¿Lo enciendes?
Nada de palabras. Brian rebusca en su mesa y ¡bingo! Un mechero. Bendito mechero. Lleva el porro hasta sus labios, aprieta y acerca el mechero al mismo. Un par de caladas y ya está encendido, sintiendo como el humo invade sus pulmones y se siente algo mejor.
Se lo pasa a Debbie quien a la primera calada vuelve a toser como todas las veces en las que sus reuniones se basan en eso. Fumar y comer macarrones con atún. Brian la mira, con los ojos vidriosos. O esa es la sensación que tiene porque, unas cuantas cervezas con el estómago vacío no es buena idea. Nunca lo ha sido.
-¿Lo sabe Michael?
-¿Saber qué?
-Esto.
-No –vuelve a dar otra calada pasándole el porro- Y no lo sabrá. No quiero que el petardo de mi hijo venga aquí a darte la vara.
-Ya, de eso te encargarás tú.
-Vaya… estás hablador. Eso me gusta.
“No. No debería gustarte por qué a mí no me gusta. Y no. NO quiero hablar. No de… tabú, tabú, tabú.”
Una calada más y el cerebro parece querer írsele por las orejas. Se está colocando. “Con un solo porro. Joder que rapidez…” No sabe cómo pero un par de tenedores han aparecido al lado del bol de macarrones. Tuerce un poco el gesto y con pocas ganas rebusca en el bol para finalmente llevarse algunos a la boca. Algo sólido a fin y al cabo no le vendrá mal.
Pasan unos minutos así, comiendo macarrones, fumando y bebiendo de su misma cerveza. Nada fuera de lo normal.
-Tenías que habérselo dicho Brian.
“¿Qué? ¿Decir qué? ¿Cuándo? ¿A quién? Deb, me pierdo. Estoy tan pedo ahora mismo que me pierdo…”
-¿Qué?
-A Justin.
Tabú, tabú, tabú. Fin del juego. Se acabaron las preguntas.
-Deb no, por favor… -piensa mientras su corazón se pelea con su cerebro, un mano a mano bastante fuerte.
-A la mierda Brian. Admítelo. Admítelo como aquella vez en Woody’s. Le amas tanto que te duele y… ¡mierda! Si se lo hubieras dicho…
-Nada. Si se lo hubiera dicho mentiría –como te mientes tú ahora mismo- Todos os estáis haciendo ideas que no son Deb…
-Brian, vete al cuerno. Tú y tu puto orgullo. Todos sabemos por lo que estás pasando y te comprendemos. Pero no es bueno que estés como estás, martirizándote.
-Yo no me martirizo Deb. ¿De dónde coño sacas esas chorradas? ¿De la tele?
Iba a pasarle el porro pero decide quedárselo él. Si siguen hablando de Justin “a la mierda el tabú” conseguirá abrir de nuevo esa herida que se ha cosido a mordiscos para no sentir dolor y está consiguiéndolo. Pero él es fuerte.
-Deb, justin ha hecho lo que ha querido. Nunca, óyeme nunca le he obligado a estar conmigo, a quedarse en el loft o a hacer algo que no quisiera. Sabía de sobras qué le podía ofrecer.
-Y tú sabías que quería y no querías dárselo. Por el amor de Dios Brian ¿en qué coño estabas pensando?
Aquello estaba subiendo de tono y no, no. Eso no gusta…
-En si le amo, no Deb. No te equivoques tú tampoco. No puedo hacerle feliz como él se merece.
Da de nuevo una calada y cae en la cuenta.
“Oh, oh. Te has contradicho a ti mismo y acabas de admitirlo. Rectifica, corre”
-A mi no me engañas y a él, puede que le hayas engañado hasta ahora pero a mí no cielo. Aunque no sé si ha sido buena idea el alejarle de tu lado porque verte así me duele.
Tuerce el gesto, coge la botella de cerveza y da un último trago. Algo comienza a resonar en su loft. La tele. Oye el constante cambio de canales y se ve a sí mismo cogiendo un par de cervezas de la nevera para volver de nuevo a su sitio. La noche promete ser larga. Otro trago a su cerveza, un par de macarrones más y el porro de nuevo en su mano. Aunque ahora Debbie es quien pelea por quitárselo. Recuesta su cabeza en el sofá. Sabe que se quedará allí hasta que confiese, como en las películas. Es su modo de torturarle.
Pero nunca confesará que desde que vio a aquel jovencito apoyarse en aquella farola, bajo aquella luz cegándole casi por completo, su vida cambió. Que aquel niñato tenía algo en sus ojos que le invitaba a seguir, y que sus besos habían sido una maldición para él. Que la primera vez que le tocó sintió como su piel quemaba y algo más que deseo comenzaba a recorrerle todo el cuerpo. Cerró los ojos.
“¿Sabes Debbie? Sunshine siempre insistía en que la primera vez que nos acostamos no me lo follé. Que iluso… Dice que le hice el amor. Aunque… ahora que lo pienso puede que sí. No fue amor exactamente pero no fue un polvo salvaje como los del cuarto oscuro. Fue diferente, fui diferente. Con él fui despacio, acariciando… joder en mi puta vida había acariciado a nadie y va este niñato y ¡zas! Y me dolió, claro que me dolió el ver su mirada clavada en mí y el desprecio que le hice cuando vino a verme al loft y le dije que tan sólo fue un polvo. Joder el verle llorar fue demasiado. Nunca me había pasado eso. Siempre iba muy puesto y los que se acercaban a mí sabían a qué venían. Mierda. Me contagió su ilusión y por una vez… ¡joder! Por una vez quise dejarme llevar pero tenía miedo. ¿Miedo a qué? Yo nunca he sabido qué es querer. Mi madre nunca me quiso y mi padre… a la mierda mi padre. Lo único que recordaré serán sus palizas y no es el momento. Porque mira por dónde, también recibió una del padre de Justin que no le dolió tanto como el ver la actitud con su hijo. Y ¡sorpresa! Allí estaba yo con las costillas echas una mierda cobijándole en mi casa, en mi cama.”
-Yo…
“Aun recuerdo su sonrisa al verme aparecer en aquel baile… Todo rodeado de niñatos imberbes, niñas con cuerpos a medio hacer y allí estaba él. Con una sonrisa que iluminaba toda la sala. Deb deberías haberle visto, estaba… radiante. Y me sentí bien, bailando entre tanto niñato, sosteniéndole la mano, llevándole al ritmo de la música. Y sentí la imperiosa necesidad de besarle, sentirle. ¿Sabes? Sentí un cosquilleo recorrer todo mi cuerpo. Jamás había sentido algo igual y…”
-¿sí?
“Fue algo maravilloso… hasta que ese Hobbs. Puto Hobbs se encargó de hacerlo añicos. ¿no lo entiendes? Cada vez que creo en algo, alguien se encarga de destrozarlo delante de mis narices. Y él hizo lo mismo. Pensé que moría. ¿Cómo alguien podía hacer algo así? Y a él, a sunshine. No, él no lo merecía. En todo caso tenía que haberme dado a mí para poder acabar así con aquello que sentía. Y aunque fui… todas las noches a verle, una vez que se recuperó decidí darle tiempo. No verle. Dejar que todo siguiera como antes pero…”
-Mmmm
“No. Es un cabezota, un jodido cabezota. Se emperró en verme y ale… hasta que su madre decidió poner los puntos sobre las íes. Y otra vez, otra vez dolía. Otra vez me lo quitaban de las manos, me lo arrebataban…”
-Por su bien, supongo…
“Pero volvió. Claro que volvió. Encima su madre, ¡quién lo hubiera dicho! Me lo entregó a mí. Y Deb, ahí morí. Claro que morí. Pero no podía reconocerlo, soy Kinney, Brian Kinney. El gran Brian Kinney que sólo folla, no cree en el amor. Sin excusas, sin remordimientos… Ese soy yo. O era yo… Mierda, tengo que dejar de beber.”
-Sí… ya… ¿Quién te ha vendido esto?
“Se lo dije. Le dije que podía esperar de mí y aun así… no sé que pretendía. ¿Qué cambiara? Venga ya. Eso déjaselo a las bolleras. Ellas son las que quieren, las que entienden de esto. Ellas… o Michael. ¿no?”
-No lo sé Brian... pero me está dando la risa floja
“Joder eres su madre, mejor que tú no puede saberlo nadie. Mierda todo iba tan bien… ¿Por qué tuvo que irse con el tal Ean… Pudimos hablarlo, pudimos pero no. Le dejé ir y por eso…”
-Duele. Duele mucho.
Se giro y vio a Debbie sobresaltarse, mirándole con los ojos bien abiertos. Parpadeó un par de veces.
-¿Qué has dicho Brian?
“Que duele, que me arde el pecho, siento mi alma quebrarse cada vez que entro y no está. Que le echo terriblemente de menos y que nadie, excepto tú y yo lo sabremos. Porque seamos sinceros, no volverá. No soy ni seré capaz de darle aquello que ese violinista le da. Y porque si él es feliz así… yo también lo soy.”
Le devuelve la mirada, aun más confuso.
-¿Qué?
-Duele… ¿verdad?
De nuevo todo vuelve a nublarse y mierda, esta vez no está fumado. Hace un rato que el porro se acabó, la cerveza y la mitad, oh mierda, la mitad del bol de macarrones con atún también. Tuerce el gesto pero no tiene ni fuerzas para levantarse. Siento algo correr por su cara y sabe que es. Se gira, no quiere que le vea así pero ¡tarde, demasiado tarde Kinney! Porque ya te ha visto y hace girar tu cara sosteniéndola entre sus manos. Y ve reflejado ese dolor que sientes y que no quieres expresar en tus ojos y las lagrimas que comienzan a caer de los mismos. Para tu suerte y la suya no dice nada. Te acerca hacia ella dejando que cabecees un poco y te pierdas allí, entre sus rizos pelirrojos durante un rato.
Como hacía años, cuando llegaba desde su casa corriendo con más de un moratón y sin decirle nada le achuchaba tan fuerte que consiguiera olvidar esa paliza, ese dolor. Por un momento volvió a ser ese Brian Kinney que buscaba en alguien el calor que en su casa no tenía. Y ésta vez, como aquel día necesitaba aunque solo fuera por un instante sentir ese calor que sólo una persona podía darle.
Justin, Justin, Justin.




